El lunes 7 de marzo se cumplieron 100 años del nacimiento de Mireya Bravo en Zaachila, Oaxaca. Perdió a su padre en el tumulto de la Revolución y su madre, la admirable Ana María Munguía, partera y maestra normalista, se fue con la niña en brazos, en un viaje que debió ser accidentado, y quizá muy penoso, al estado de Hidalgo, en busca de refugio y seguridad. Allí se unieron a miembros de la familia Munguía, quienes formaban parte de la comunidad metodista de Real del Monte. Mireya Bravo creció entre pastores y diaconisas. Destacaban entre todos ellos el tío Donaciano (“Chanano”) y la tía Clarita, figuras imponentes si no fuera porque los distinguía una casi sobrenatural suavidad en el trato.

Es difícil saber cuánto aprendió Mireya Bravo de su familia en Real del Monte; pero es legítimo suponer que los rasgos centrales de su carácter se forjaron en el ambiente de los mineros y de los servicios en el templo. Aquellos mineros, ya mexicanos, tenían raíces en Cornwall, Inglaterra, y habían fundado familias mexicanas. Trajeron a México diversas habilidades para la extracción de las riquezas del subsuelo y además un deporte que prosperó en el nuevo país: el futbol.

Mireya Bravo era severa pero alegre, levemente puritana, pero a la vez jovial y aguda, con un contagioso sentido del humor. Me consta que fue inmensamente decisiva en la vida de muchísimas personas por su consejo puntual, sabio y empapado de buen sentido. En su adolescencia vino a la Ciudad de México a estudiar y lo hizo con entusiasmo. Hubiera podido ser escritora, educadora de altos vuelos; pero prefirió una profesión de la que ella fue pionera meritísima: el trabajo social.

En la Preparatoria de San Ildefonso conoció y trató a las mejores mentes de aquellos años, ahora legendarios. Uno de esos muchachos le dedicó uno de sus primeros libros con un bonito juego de palabras: “Para Mireya, para que lo mire-ella”. Otro la cortejó a lo largo de unos cuantos años y la rebautizó poéticamente: Andrea de Plata. Con este último terminó casándose a principios de los años 40. El otro, gran amigo de la pareja, fue testigo de la boda civil.

Debo decirlo de una buena vez: Mireya Bravo está en el centro de mi vida y sigue alimentándola con frutos luminosos. Murió en 1971, a los años 55, devastada por el cáncer, para desesperación infinita de todos los que la amábamos.

No hace mucho escuché a Luis Prieto Reyes evocarla con inmenso cariño y admiración. Luis Prieto Reyes —“conciencia mágica y satírica de la ciudad”, lo llamó Carlos Monsiváis— fue amigo y camarada de Mireya Bravo en un centro de trabajo social, en Belén de las Flores. Las historias que de ella cuenta son divertidas, conmovedoras, tiernas y a veces muy extrañas. Hacen reír a carcajadas a quienes las escuchamos y nos dejan pensando; sin sentirlo, tocan fibras muy hondas.

Llevo a Mireya Bravo en el corazón con alegría y con nostalgia.

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