18 | JUN | 2019
Playas de Michoacan, Michoacan, mar, costa michoacana, playa
La costa michoacana abarca 243 kilómetros que son un regalo de la naturaleza. (Foto: Adriana Hernández/ El Universal)

Playas vírgenes de Michoacán, con tortugas y olas bioluminiscentes

19/05/2019
00:00
Viridiana Ramírez
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Planea una ruta por algunas de sus 30 playas casi vírgenes, con impresionantes acantilados

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NEXPA, Mich. — Un mar sereno, una fogata y un cielo tapizado de estrellas. Todo parece estar listo para una noche de campamento en la playa de Nexpa. Pero, la ausencia de la luz de la luna añade un complemento que hace la experiencia inolvidable: el vaivén constante de olas bioluminiscentes rompiendo en tonos morados, azules y verdes que tienen el poder de mantener al espectador despierto hasta la madrugada, cazando las franjas de luz fluorescente sentado afuera de su tienda de campaña.

Este regalo de la naturaleza no es el único que se observa cuando se recorren los 243 kilómetros que conforman la costa michoacana, la cual se extiende desde el puerto de Lázaro Cárdenas (a cuatro horas de Morelia) hasta Boca de Apiza, la playa que marca el fin de la franja costera y los límites entre Michoacán y Colima.

playa-llorona-costa-michoacana-.jpeg (Foto: Adriana Hernández/ El Universal) 

Al amanecer, levanto mi casa de campaña, mientras veo como los vecinos de otras enramadas ya están dentro del mar con su tabla de surf. Nexpa es uno de los paradores más famosos para esta actividad, pues aquí se crean las famosas olas tubulares, las favoritas de los surfistas para deslizarse dentro de la marejada de agua.

Mi experiencia en surf es nula, pero aquí sobran los instructores. Manuel, dueño de las cabañitas rústicas Mar de Noche, es uno de ellos. La clase cuesta 350 pesos y tengo cuatro horas para lograr pararme sobre la tabla sin ser revolcada por el mar.

Reza el dicho que “los toros se ven mejor desde la barrera”. Es mediodía y no he podido mantener el equilibrio, siquiera unos segundos. Prefiero salir del agua y continuar el viaje hacia Arenas Blancas.

Una playa para el amor

Un restaurante, cinco regaderas rústicas y una enramada es todo lo que encuentro en los tres kilómetros de longitud que mide la playa Arenas Blancas.

playas-maruata-costa-michoacana-vuelo.jpeg (Foto: Adriana Hernández/ El Universal) 

Aquí vive Moisés y su familia, los encargados de cuidar este paraíso virgen rodeado por riscos marrones que esconden una verdadera joya: una diminuta bahía llamada la Playa del Amor, de agua color esmeralda que se cuela entre las cuevas formadas en medio de los acantilados.

Gozar de esa playa para mi solita es un privilegio que debo ganarme: primero, nado a contra corriente a través de un estrecho canal que se abre entre las montañas, una tabla de buggy hace más fácil la travesía; después, sigo la instrucción de Moisés de no pisar el fondo, pues está tapizado de rayas y erizos.

Llego a la orilla de la playa buscando un refugio para descansar y protegerme de los intensos rayos del sol. Hay una palapa con una hamaca, pero prefiero una de las cuevas donde apenas sube la marea.

Mi anfitrión me sorprende con una mariscada, misma que degustamos serenamente frente a la playa, mientras el sol inicia su camino al ocaso.
Siguiente parada: Maruata

Un farallón puntiagudo en medio de un mar turquesa es la postal que le ha dado fama a Maruata. Sin embargo, esta formación rocosa llamada el “dedo de Dios”, por su silueta que parece apuntar al cielo, solo es un pedacito de las maravillas naturales que rodean un escenario conformado por tres bahías pequeñas.

playa-maruata-costa-michoacana-.jpeg (Foto: Adriana Hernández/ El Universal) 

Estas playas de fuerte oleaje son el santuario principal de la tortuga negra, cuyos arribazones se dan una vez al mes, de julio a marzo, prácticamente todo el año.

Cuando no hay crías para liberar, el viajero pasa el día surfeando, haciendo cabalgatas a la orilla de la playa o asoleándose en la playa nudista. Otros, como yo, preferimos pasear en lancha y sumergirnos en los jacuzzis naturales que se forman detrás de los acantilados, ahí donde se puede esnorquelear entre peces azules.

Cuando la marea lo permite, el viaje se extiende hasta la playa Faro de Bucerías y el islote de Los Pájaros, en cuyas profundidades reposan los restos de un barco japonés que encalló hace 20 años; en diciembre, el agua es tan clara que, desde la superficie, se alcanza a ver el ancla, las chimeneas y la popa.

Al volver de la excursión, busco una palapa para comer el platillo estrella de la región: langostas a las brasas, un manjar que no rebasa los 400 pesos.

Acampar es la opción más buscada para pasar una noche en Maruata. Pero, esta vez, opto por una cabaña frente al mar.

playas-maruata-costa-michoacana-campamento.jpeg (Foto: Adriana Hernández/ El Universal) 

Tortugas al atardecer

Cuarto día: ahora me dirijo a La Ticla, un parador turístico cercano a Maruata, donde el mar se abraza con el río Ostula. Esta unión permite encontrar una playa cubierta de piedritas de colores, pulidas naturalmente por el agua.

Aquí también hay olas rebeldes para surfear. Pero, esta vez, dejo la tabla a un lado y subo a un kayak para remar e internarme en uno de los brazos del río, donde anidan pelícanos y garzas.

playa-ticla-costa-michoacana-surf-.jpeg (Foto: Adriana Hernández/ El Universal) 

El guía que me acompaña se llama Froy, habitante de una de las comunidades nahuas que se asentaron en la parte alta de la sierra que bordea la costa.

Después de remar, Froy me invita a explorar otro cuerpo de agua dulce. Para llegar, hay que manejar hacia El Ticuiz, el penúltimo pueblo playero, antes de entrar a territorio colimense.

A espaldas de la playa se encuentra la laguna de Mezcala, la cual se llena de lirios floridos cuando la barra de Apiza no logra abrirse ante la falta de lluvias.

Un paseo en lancha significa adentrarse en canales donde los árboles son casi curvos, formando túneles naturales por los que apenas se filtran los rayos del sol y donde es posible ver cocodrilos descansando a la orilla de la laguna.

Mi guía tiene otra sorpresa reservada para mí. Sabe que mi travesía está por concluir y no quiere que me vaya sin haber conocido a los huéspedes más especiales de El Ticuiz: cientos de tortuguitas golfinas recién salidas del cascarón.

En la playa hay un campamento tortuguero que no cobra por la experiencia de liberar cerca de 200 crías. Tampoco hay una tarifa si se elige acompañarlos en los patrullajes nocturnos para ir en busca de tortugas adultas desovando. Nuevamente, me espera otra larga y mágica noche.
 

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GUÍA DEL VIAJERO

¿Tienes duda sobre  cuál es la ruta más segura?
 Automóvil. Nuestra recomendación es hacerlo vía Guadalajara, por la autopista federal 15D, donde encontrarás la desviación al Macrolibramiento que llega hasta Tecomán, Colima. La ruta te llevará a la punta norte de la costa, donde inician las mejores playas.   
 
Autobús. Primera Plus cubre la ruta a  Tecomán. Viaje redondo: dos mil 346 pesos. Tiempo estimado de viaje: 10 horas. 
Una vez en Tecomán, un taxi te cobrará 300 pesos, aproximadamente,  hacia Boca de Apiza, la primera playa. También puedes rentar un auto. 

Avión. Aeromar te lleva a Colima, con tarifas desde mil 200 pesos por boleto redondo. Si eliges esta opción, es mejor rentar un auto para continuar el viaje. 

Para familias. Contrata los servicios de transporte privado y guías de turistas de Colibrí Tours Transportadora. Ofrecen paquetes desde dos mil pesos por persona. Tel. (045) 443 111 4292.
 
Dónde dormir
Cabañas Mar de Noche en Nexpa: 800 pesos para dos personas. Cuenta con alberca y wi-fi. Ofrece masajes de una hora frente al mar por 500 pesos. 
  
Enramadas para acampar en Arenas Blancas, Maruata y La Ticla, desde 100 pesos por noche. Incluye regaderas.

Parador Turístico La Ticla: cabañas para dos personas desde 300 pesos. Algunas cuentan con cocineta. 

Actividades
Recorridos en kayak y lancha se contratan directamente en las playas. Los precios deben ser acordados con cada guía.

Más información
michoacan.travel

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