Están por todos lados, aunque al principio uno ni cuenta se da. Se esconden entre la gente, descansan junto a las mezquitas, hacen guardia frente a las cafeterías y se adueñan de las bancas de los parques como si nada.

Caminan con toda la calma del mundo, como si conocieran cada secreto de y supieran perfectamente que esas calles también les pertenecen. Nadie los corre ni los mira como una molestia. Son parte del paisaje, de la historia y del alma de la ciudad: son los de Estambul.

Foto:  Edgar Enríquez
Foto: Edgar Enríquez

Basta recorrer unas cuantas calles para entender que no se les mira como animales callejeros en el sentido tradicional. Son vecinos, son amigos. Los hay blancos, negros, anaranjados, grises, atigrados y con mezclas de todo tipo. Algunos buscan una caricia; otros observan el movimiento desde una cornisa, como si conocieran el ritmo de Estambul mejor que cualquiera.

No importa la época del año. Siempre aparece alguno cerca de la Mezquita Azul, de Santa Sofía, de las callejuelas de Balat, el Gran Bazar o a la orilla del Bósforo.

Balat y Fener, barrios con encanto colorido donde también puedes tomarle fotos a muchos gatos. Foto: iStock
Balat y Fener, barrios con encanto colorido donde también puedes tomarle fotos a muchos gatos. Foto: iStock

También ocupan barrios menos turísticos, donde duermen bajo un árbol, acompañan a los vendedores de té o buscan un rincón soleado. Cada uno parece haber elegido su lugar en la ciudad.

Durante un recorrido por Estambul, resultó imposible llevar la cuenta. Cada calle escondía otro felino. Algunos descansaban sobre las escalinatas; otros vigilaban negocios o se refugiaban cerca de las alfombras de las mezquitas. Todos actuaban como dueños de su pequeño territorio.

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Lo que más llama la atención no es la cantidad, sino el trato que reciben. A la entrada de cafeterías, restaurantes, hoteles y comercios aparecen recipientes con agua y croquetas. En muchas banquetas hay casitas de madera que sirven de refugio durante la lluvia o el frío. Nadie parece seguir una orden. El cuidado nace de una costumbre compartida.

Historia y religión

Ese vínculo tiene raíces culturales y religiosas. Dentro de la tradición islámica, los michis ocupan un lugar de respeto, y diversos relatos asocian al profeta Mahoma con el cariño hacia estos animales. Para muchos habitantes, dejar alimento o agua representa un gesto simple de compasión. La práctica no busca reconocimiento; forma parte de la vida diaria.

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Muchos comercios les abren las puertas para que duerman la siesta y coman una latita. Foto: iStock
Muchos comercios les abren las puertas para que duerman la siesta y coman una latita. Foto: iStock

La historia también ayuda a explicar esta relación. Durante el Imperio otomano, los gatos protegían casas, mercados, almacenes y barcos contra las plagas. Su presencia ayudó a cuidar alimentos y mercancías. Con el tiempo dejaron de ser vistos solo por su utilidad y se volvieron compañeros de una ciudad que creció junto a ellos.

  • En Estambul habitan entre 150 mil y 300 mil gatos callejeros, cifra que varía de una fuente a otra.

Mimos y atención veterinaria

El cuidado también incluye atención veterinaria. Algunos felinos llevan una pequeña marca en la oreja, señal de que pasaron por campañas de esterilización o recibieron seguimiento médico. Organizaciones, vecinos y autoridades participan para controlar la población sin romper la convivencia que distingue a Estambul.

A diferencia de otras ciudades, aquí los michis no parecen vivir escondidos ni a la defensiva. Duermen con toda confianza, entran a ciertos negocios y aceptan el cariño de desconocidos.

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En muchas partes verás estas casetas para que los gatos se protejan de la lluvia y el frío. Foto: iStock
En muchas partes verás estas casetas para que los gatos se protejan de la lluvia y el frío. Foto: iStock

Aquella tranquilidad dice mucho sobre la relación que han construido con los humanos. También revela otra forma de compartir el espacio público.

Visitar ‘La ciudad de los tres nombres’ implica conocer sus mezquitas, probar su comida, navegar por el Bósforo y perderse entre sus mercados. También significa detenerse frente a un gato que duerme bajo el sol o que observa al viajero desde una ventana. Esos encuentros explican la ciudad como ninguna guía turística lo consigue.

Los mininos son mucho más que una postal simpática. Representan una gran tradición, una lección de convivencia y una forma de medir la sensibilidad de una sociedad. En cada barrio recuerdan que una ciudad también se mide por el modo en que trata a los seres más vulnerables.

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Foto: iStock
Foto: iStock

Quizá por eso los viajeros de todo el mundo regresan con decenas de fotografías de ellos. Es difícil resistirse a sus poses, su calma y esa forma de adueñarse del paisaje. Los gatos no solo viven en Estambul: acompañan su historia, protegen su memoria y ayudan a entender por qué esta ciudad conserva un encanto que se siente incluso en los rincones más cotidianos.

  • La aerolínea que te lleva de CDMX a Estambul es Turkish Airlines. Por cierto, este año ganó por quinta vez el premio APEX (Airline Passenger Experience Association) a la mejor oferta a bordo de alimentos y bebidas en Europa.

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