El dramaturgo, director y actor (Ciudad de México, 1975) inició un proyecto para recuperar, a través de las artes escénicas, el aura de espacios violentados a los que la sociedad ya no puede acceder.

“Hay gente que no quiere entrar, que no quiere pasar, que no quiere ver esos lugares. Parte de la batalla contra el no es ignorar las cosas, sino contravenir su discurso. Hay una cultura del silencio muy fuerte sobre la violencia social. Se trata de destapar la cloaca y decir: esto sí está pasando y nos importa que los sitios no queden imantados por la violencia, sino que sean purificados un poco, por decirlo de alguna manera”, afirma Viqueira, en entrevista con EL UNIVERSAL.

El proyecto empezó cuando el Colectivo de Creadores Escénicos de Puerto Vallarta invitó al dramaturgo y director a impartir el taller Técnicas de Teatro Contemporáneo (17-21 de marzo) en su primera muestra estatal. Al recorrer la ciudad, Viqueira vio locales quemados en más de una ocasión. “Evidentemente la gente allá está familiarizada con ese tipo de cosas. Es una especie de ceguera colectiva donde ya no es tan notorio”.

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La intervención fue pensada como una videoinstalación, que a su vez es el
piloto para un proyecto más grande que abarque varios estados. Imágenes: Richard Viqueira
La intervención fue pensada como una videoinstalación, que a su vez es el piloto para un proyecto más grande que abarque varios estados. Imágenes: Richard Viqueira

Lo que le inquietaba a la ciudad tenía una causa: la aprehensión de Nemesio Oseguera, El Mencho.

Entonces pensó: harán su primera muestra de teatro en un lugar que parece más una zona de guerra que un destino turístico. Y el principal mérito propio que tuvo fue poseer ese ojo ajeno con el que descubrió los hechos, dice Richard Viqueira, quien es conocido por hacer obras cercanas al lenguaje del performance, donde el espectador y el artista se enfrentan a experiencias escénicas ambiciosas, transgresoras, que cruzan ciertos límites y los sacan de su zona de confort.

“Soy un firme creyente de que el mejor teatro del mundo ocurre en las zonas de mayor violencia y problemáticas sociales: Ciudad de México, Guadalajara, Nuevo León, Tijuana y Tamaulipas son lugares donde se hace muy buen teatro, pero también lo son Bosnia y Alemania. Son los sitios en los que se crean los mejores actores, los mejo|res discursos. En parte, el teatro se alimenta del drama social”.

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Los días posteriores al asesinato del Mencho, el ambiente tan particular que recorrió Jalisco fue retomado por Viqueira y los artistas participantes en el taller. Todos ellos, valientísimos, cuenta: “Pensé que en algún punto me dirían: tú eres un foráneo, mañana te vas y no pasará nada, pero nosotros nos quedamos aquí. Y no, había también una rabia y una disposición para hacer este tipo de ejercicio que a mí me sorprendió”.

Lo primero que reinterpretaron para el lenguaje escénico fue la relevancia de las tiendas de conveniencia. Con el abatimiento de un líder criminal, la gente no podía salir a comprar agua, alimentos o artículos básicos en los sitios donde normalmente lo hacía, a cinco minutos de su casa o en la esquina. Bajo estos hechos, Richard Viqueira reconoció un discurso de terror que debía romperse: la creación de una imagen de terror, la incapacidad de salir a espacios que el narco expropió. “Es menester que el arte y la creación los recuperen, que los hagan propios otra vez. Que ahí donde hicieron destrucción y cenizas, se cree algo. Para mí, parece un mensaje, quizá porque no vivo en esos lugares, pero lo puse a discusión con el grupo, sobre todo por si temían represalias o que fueran señalados. Evidentemente no iba a insistir, pero resultó que había una voz popular, una manera de querer recuperar estos espacios y hacerlos propios de nuevo, evidentemente, no era legal intervenirlos como tampoco era legal quemarlos”.

La propuesta fue montar una obra en una de las tiendas arrasadas y pensar en lo que le habría sucedido a quienes se encontraban adentro cuando ocurrió el atentado. Hacer que perviviera dramáticamente el espíritu de los que se mantuvieron allí, como una especie de guiño a las voces de los muertos que encarnan en la obra de Juan Rulfo. Y reflexionar sobre la gente que no puede recuperar su trabajo hasta rearmar los lugares donde la violencia dejó su rastro.

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Equipados con linternas, recorrieron, a medianoche, pisos recubiertos de vidrios y cenizas, entre refrigeradores repletos de latas quemadas, techos inestables y tubos rasantes. La materia de una especie de maleficio. La obra fue pensada para registrarse como videoinstalación, el conjunto de un archivo audiovisual que será editado para que el público pueda ver la pieza dentro de un par de meses. La cobertura mediática local y el impacto de la obra le hicieron reconsiderar la importancia de los movimientos artísticos: como rieles de tren, la senda destructiva del narcotráfico, la violencia del presente, por un lado, y la necesidad de un riel paralelo que, sin ignorar ese discurso, se le oponga a través de la creación.

Una vez que te metes escénicamente con la realidad, ésta se vuelve incontrolable, les dijo Viqueira a los participantes, advirtiéndoles sobre ciertos riesgos que cotejan los límites de la legalidad en México. “Puede ser que llegue la policía y nos detenga por estar traspasando una propiedad privada”.

“Pero también me parece que es una reflexión importante. No detuvieron a quienes quemaron esas tiendas, ¿pero van a detener a quienes entraron a hacer una pieza escénica ahí? No pasó porque la pieza fue breve, pero lo teníamos claro. Era un posicionamiento, ¿quién es el delincuente en esto: quien entra a quemar un lugar o quien entra a ese lugar quemado a intentar hacer una obra de arte?”

La intervención en Jalisco fue el piloto de un proyecto más vasto que busca resignificar espacios tocados por la violencia social y que conformarán tres intervenciones anuales en distintos estados de nuestro país.

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