He aquí un gran desafío: encontrar las vías para, a partir del reconocimiento de la historia, forjar una idea de la Universidad necesaria para el mañana.

Arturo Azuela, 1987

“Imaginemos una ciudad donde no hay deseo”, escribió Anne Carson al hacer referencia al encuentro entre lo poético y la experiencia vital en su sentido más profundo. Una ciudad sin deseo es una ciudad sin imaginación: “Allí la gente piensa solo lo que ya conoce”, concluye Carson.

Cito estas líneas porque considero que la Universidad de la Nación debe trabajar a favor de espacios donde nuestras y nuestros jóvenes imaginen el futuro en libertad. De ahí la relevancia de lo realizado por Fundación UNAM en poco más de tres décadas.

A principios de 2016 participé en un evento convocado por Fundación UNAM para dialogar sobre las perspectivas de futuro de la juventud mexicana. En dicho encuentro hice referencia a “Casa Tomada”, cuento de Julio Cortázar que me permitió advertir que el presente había sido capturado por una versión de la modernidad poco relacionada con esa dimensión utópica que alguna vez orientó su horizonte de expectativas.

Lejos de desaparecer, las contradicciones de esa modernidad se han agudizado: patrones insostenibles de consumo convergen hoy con la emergencia climática y la exclusión social. Al mismo tiempo, nuevas retóricas de odio alimentan ciclos de polarización política. Ello confirma que la crisis civilizatoria del capitalismo tardío no tendrá un desenlace favorable.

El mundo en el que nació Fundación UNAM es muy distinto al del presente: las certezas sobre el fin de la historia dieron paso a un grave momento de fractura geopolítica. Acompañada por el retorno de la guerra, la disputa entre hegemonías ha acrecentado las inquietudes de quien es diferente.

México, por otro lado, también ha cambiado: por primera vez en nuestra historia una mujer ha arribado a la Presidencia de la República gracias al voto de las mayorías. Más allá de sus aciertos o limitaciones, el proyecto encabezado por la doctora Claudia Sheinbaum plantea que la igualdad política puede y debe traducirse en realidades concretas.

Sin embargo, no dejemos de prestar atención a las tendencias globales, especialmente cuando favorecen la pérdida de libertades y alimentan nuevas tentaciones autoritarias. Lo que está en juego, como escribió Martha Nussbaum, es nuestro sentido de humanidad.

Al cuestionar la reducción de los recursos asignados a las artes y las humanidades, Nussbaum reivindica una capacidad fundamental para la defensa de la democracia: la imaginación. Al igual que Carson, sostiene que la dimensión narrativa de la imaginación nos sitúa en el lugar del otro para mirar a los demás con empatía.

En efecto, toda sociedad democrática debe crear espacios favorables al diálogo y al debate de las ideas. De ahí el valor de contar con una universidad pública, laica y republicana como la UNAM: frente a la normalización de la violencia y el autoritarismo, nuestra Universidad es una conciencia crítica organizada en torno a la búsqueda de fines sociales superiores que trascienden lo meramente instrumental.

En este aniversario, es fundamental reconocer el papel de Fundación UNAM al articular el vínculo entre la sociedad mexicana y la Máxima Casa de Estudios. Nuestra idea de la Universidad se nutre de lo realizado hasta ahora, pero encuentra su sentido más profundo cuando genera conocimiento de vanguardia para ampliar los horizontes de lo posible en México.

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