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“Siento cada vez más claro lo que lo que alguna vez Chéjov dijo: ‘Si quieres contar el mundo, cuenta tu aldea’”, afirma el escritor peruano Gustavo Rodríguez al dar cuenta de la naturaleza que guía su más reciente novela “Mamita” (Alfaguara, 2025), en la que el escritor indaga en la naturaleza de sus vínculos familiares, en especial la figura del padre de su madre, un europeo que llega a Perú en el siglo XIX y que le permite regalarle a su “mamita”, la historia de su familia, al mismo tiempo que da cuenta de las tensiones sociales, raciales y clasistas que han atravesado y aún persisten en su país como en toda América Latina.
“Yo soy más un escritor de épicas domésticas. En un inicio lo que yo quería era compartir solamente una historia familiar que me parecía interesante y que le parecía interesante a quienes la iban conociendo. Pero claro, cuando uno empieza a desarrollar la historia, uno se da cuenta de que la historia de cada familia de un país está insertada en el devenir de ese mismo país. O sea, la vida de cada uno de nosotros está incrustada dentro de una historia más grande, dentro de círculos concéntricos que se amplían cada vez más”, asegura el escritor que en 2023 obtuvo el Premio Alfaguara de Novela por “Cien cuyes”.
Gustavo Rodríguez (Lima, 1968), asegura admirar a los escritores que pueden imaginarse otros universos o que pueden plantear sus historias en sociedades que no conocen, sin embargo, él, dice, para bien o para mal lo que más le llama la atención es el realismo literario.
“A mí me da mucho pudor apropiarme de situaciones, de costumbres e incluso de formas de hablar que no son las mías. O sea, me moriría de vergüenza de colocar en mis novelas a dos mexicanos hablar y que un lector de este país sienta ahí un rasgado, algo que chirría, pero es mi es mi elección. Es una elección muy personal y respeto a las de otros colegas”.
Cuenta que, en un inicio, hace unos diez años, cuando se decidió a escribir esta historia porque le dijo a su madre:
"Te voy a regalar un perfil de tu padre” parecía una historia muy sencilla y enfocada, pero conforme pasó el tiempo se fue dando cuenta de que iban apareciendo otros personajes y la historia fue mutando, pasó de pensar en contar la historia de un patriarca y pensarlo en un pedestal, a una historia en la que, afirma, era urgente darle voz a todas las mujeres que le contaron esta historia sobre ese patriarca y equilibrar un poco la balanza.

“Mi madre pertenece a una generación de mujeres que toda su vida se postergó en nombre del marido, en nombre de los hijos. Y ya era necesario que fuera protagonista de una historia por primera vez”, afirma el narrador y periodista que niega que haya sido complicado o doloroso iluminar esas zonas oscuras. La razón fue que llevaba mucho tiempo conversando con su madre y su familia la historia del abuelo, más bien tuvo que trabajar en ser crítico con el pasado de su familia sin ser demasiado ácido para no atentar contra el tono de la comunicación con su madre.
En ese camino fueron apareciendo el racismo y el clasismo que no que marca a Perú y a casi toda América Latina. “Yo soy un convencido de que todo escritor de ficción debe preocuparse antes que nada por contar una buena historia, porque para buscar equidad, justicia social existen otros géneros de la escritura, como los ensayos, los artículos, las publicaciones, los discursos, pero es innegable que cuando uno tiene una gran preocupación por lo que ocurre en su sociedad, estas preocupaciones terminan permeando en la historia. El truco es cómo aparece orgánicamente sin que se sin que se convierta en algo panfletario”, reconoce el también autor “La risa de tu madre” y “La semana tiene siete mujeres”.
Por ello en “Mamita” no pudo dejar de mencionar el clasismo, el racismo o un genocidio que hubo a raíz del caucho en Perú, a pesar de que en el fondo lo que quería era contar solo una historia familiar. “Siempre he tomado con pinzas el término literatura comprometida porque yo creo que el primer compromiso de un escritor es consigo mismo, con lo que le arde y le hierve en las tripas, pero eso no significa que la literatura tenga que ser ciega, si de por sí la literatura se nutre del conflicto, pues vivir en una sociedad conflictuada y conflictiva como la peruana o la mexicana, constituye un escenario perfecto, justamente para echar en marcha las historias que tenemos”.
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Ese racismo y clasismo está en su historia familia. Mientras su abuelo fue un patriarca europeo con todas las condiciones provenientes de la riqueza, su madre, vivió con precariedades, y confirmo que esa es la historia de Latinoamérica también, “la historia de mi familia, de nuestras familias, es la historia de Latinoamérica con respecto a esa desigualdad. Pero es brutal ver que esa desigualdad se puede dar dentro de una misma familia incluso. Ese es otro rasgo interesante de cuando uno empieza a desarrollar una historia basada de un personaje tu familia”, concluye el escritor.
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