La declaración de guerra de México a las Potencias del Eje

“El estado de guerra es la guerra con todas sus consecuencias”, dijo el entonces presidente Manuel Ávila Camacho al anunciar que México se sumaba a la Segunda Guerra Mundial tras dos ataques a barcos mexicanos por parte de los alemanes. El mandatario calificó esta decisión como "el más grave de los deberes que incumben a un Jefe de Estado"

La declaración de guerra de México a las Potencias del Eje
Foto: SEDENA
Cultura 20/06/2020 17:46 Jessica Soto y Fernando Palacios México Actualizada 19:19

El 28 de mayo de 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, México declaró la guerra a las potencias del Eje -Italia, Alemania y Japón- para defender la soberanía nacional de las dos agresiones cometidas por alemanes, en donde murieron 23 tripulantes mexicanos.

El primer ataque sucedió el 13 de mayo, cuando embarcaciones alemanas torpedearon y por lo tanto provocaron el hundimiento del barco mexicano, el “Potrero del Llano”. Ante lo sucedido, México emitió un documento para que Alemania se hiciera responsable y cubriera la indemnización por los daños y perjuicios causados, pero la cancillería alemana ni siquiera aceptó recibir la petición. Al contrario, días después se hizo el segundo ataque al “Faja de Oro”, a pesar de México se mantenía neutral en el conflicto bélico.

La declaración de estado de guerra fue decretada por el entonces presidente Manuel Ávila Camacho, y hacía constatar que nuestro país y los países del Eje se encontraban en estado de guerra desde el 22 de mayo de 1942.

Finalmente esto causó que el 8 de mayo de 1944, se anunciara la participación del Escuadrón 201, de la Fuerza Aérea Mexicana, para que hicieran frente en la guerra. 

Así fue como EL UNIVERSAL relató el día que México entró a la Segunda Guerra Mundial.

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Foto: Hemeroteca El Universal

El Estado de Guerra, es una actitud que exige el honor de México

29 de mayo de 1942

No puede la república adoptar otra línea de conducta ante los ultrajes inferidos a su soberanía por los países del Eje. Ha condenado siempre las agresiones y las conquistas armadas

El siguiente es el texto íntegro del trascendental mensaje leído ayer ante el Congreso de la Unión, por el señor Presidente de la República, General Manuel Ávila Camacho, pidiendo que se declare que desde el día 22 de mayo actual, existe un estado de guerra en nuestro país y las potencias de Eje:

Honorables Miembros del Poder Legislativo:

Me presento a cumplir ante ustedes, el más grave de los deberes que incumben a un Jefe de Estado: el de someter a la Representación Nacional la necesidad de acudir al último de los recursos de que dispone un pueblo libre para defender sus destinos.

Según lo informó oportunamente a la Nación el Gobierno de la República, durante la noche del 13 del mes en curso, un submarino de las potencias nazifacistas torpedeó y hundió en el Atlántico a un barco tanque de matrícula mexicana, el “Potrero del Llano”.

Ninguna consideración detuvo a los agresores. Ni la neutralidad del país al que la nave pertenecía, ni la circunstancia de que ésta llevase todos los signos externos característicos de su nacionalidad, ni la precaución de que el barco viajase con las luces encendidas a fin de hacer claramente perceptibles los colores de nuestra bandera: ni por razones de derecho internacional y humanitarias, el deber de otorgar a los miembros de la nave la oportunidad de atender a su salvamento.

De los 35 tripulantes, en su integridad mexicanos, solo 22 lograron llegar a Miami y uno de ellos, pocas horas más tarde, pereció víctima de las lesiones sufridas durante el hundimiento. Con la suya, fueron catorce las vidas segadas por el ataque de los países totalitarios. Catorce vidas de hombres jóvenes y valientes, sobre cuyo recuerdo la Patria entera se inclina con emoción.

Tan pronto como el gobierno de México tuvo conocimiento del atentado, formuló una enérgica protesta que fue transmitida al Ministerio de Relaciones Exteriores de Suecia, país que en diciembre de 1941 aceptó hacerse cargo de nuestros intereses en Alemania, Italia y Japón.

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Foto: archivo El Universal

En dicho documento, México establecía que, si en el plazo de una semana, contada a partir del jueves 14 de mayo, el país responsable de la agresión no procedía a darnos una satisfacción completa, así como a proporcionarnos las garantías de que nos serían debidamente cubiertas las indemnizaciones por daños y perjuicios sufridos, adoptaríamos las medidas que reclamara el honor nacional.

El plazo ha transcurrido, Italia y Japón no han respondido a nuestra protesta. Peor aún. En un gesto de menosprecio que subraya el agravio y mide la arrogancia del agresor, la Cancillería alemana se rehusó a recibirla.

Pero no se limitó a esto la alevosía de los Estados totalitarios. Siete días después del ataque al “Potrero del Llano”, un nuevo atentado se llevó a cabo. En la noche del miércoles 20, otro de nuestro barco el “La Faja de Oro” fue torpedeado y hundido frente al litoral norteamericano, en condiciones idénticas a las que se registraron en el caso anterior.

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Esta vez, también, tuvimos que deplorar la pérdida de un valioso número de compatriotas. De los 35 tripulantes de la nave a que me refiero, 6 han desaparecido. Los 29 restantes, recogidos por un guardacostas de los Estados Unidos llegaron a Cayo Hueso en la mañana del día 22 del actual: uno de ellos falleció a bordo del guardacostas y seis se encuentran heridos.

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Manuel Ávila Camacho camino a entregar una ofrenda de flores en el Ángel de la Independencia. Foto: archivo El Universal

Todas las gestiones diplomáticas han terminado y se plantea ahora la necesidad de tomar una pronta resolución.

Antes de someter a ustedes la proposición del Ejecutivo, deseo declarar solemnemente que ningún acto del Gobierno o del pueblo de México puede justificar el doble atentado de las Potencias totalitarias.

Impecable actitud de México

El resumen de los acontecimientos internacionales desarrollados durante los últimos años constituye la más elocuente demostración de la impecable actitud de nuestro país y de lo inicuo del atropello que se nos hace. Tan pronto como la agresión del Japón y de Italia se proyectó contra China y contra Etiopía, comprendimos que había principiado una época en la que todos tendríamos que asumir responsabilidades de alcance trascendental. Los hechos no tardaron en revelar que los más sombríos pronósticos iban a realizarse. En 1936, fue la guerra de España, golpe de Estado internacional que, con la apariencia de una revolución de finalidades nazifacistas, hundió al heroico pueblo español en un mar de sangre.

En 1938 tocó el turno a Austria; amagada por la superioridad de un ejército frente a cuyas armas se vio en la obligación de aceptar las condiciones de una anexión ultrajante e ignominiosa. En 1939, asistimos a la desaparición de Checoslovaquia y de Albania. Y, poco después, a la invasión de Polonia. Este último hecho, por los compromisos políticos que violaba, obligó a Inglaterra y a Francia a declararse en estado de guerra con Alemania.

A partir de entonces, las agresiones se sucedieron con un ritmo cada día más rápido y más cruel. Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y el Gran Ducado de Luxemburgo fueron cayendo, en espacio de pocos meses vejados en su posición de neutralidad por Gobiernos para quienes los tratados son letra muerta, los derechos simples ficciones y el cumplimiento de la palabra empeñada un argumento carente de validez.

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Foto: Hemeroteca El Universal

 El colapso de Francia y la entrada de Italia en la guerra, dieron ocasión a Alemania para aumentar su lista trágica de injusticias, destrozando la varonil resistencia de Grecia y de Yugoeslavia; imponiendo a Rumania un gobierno sumiso, a Hungría bajo el yugo de la política agresora, atando a Bulgaria con los Estados Imperialistas y preparando así, brutalmente, la acometida contra Rusia.

El nuevo paso a ejecutar ideado por los nazifacistas iba a ser el aplastamiento del pueblo ruso. Pero, contra la capacidad combativa de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, ha fracasado el poder ofensivo de los ejércitos de Alemania. El arrojo de los defensores de Moscú y Leningrado permitió el establecimiento de un frente enorme, en el que está librándose en estos momentos la más grande de las batallas de que tiene noticia la humanidad.

El tercer actor del drama

Mientras tanto, en la sombra, como lo había hecho Italia, desde la iniciación de la guerra hasta la derrota de Francia, el tercer actor de este drama se disponía a entrar en escena agrediendo a los Estados Unidos en las Islas Filipinas y en Hawaii. Con el ataque a Pearl Harbor y a Manila, el Japón extendió todavía más el campo de las operaciones militares y el conflicto se presentó —hasta para los más ignorantes e impreparados— como lo que era realmente desde un principio; es decir: como el intento de sojuzgar al mundo entero.

América no podía dejar sin respuesta la provocación de los jefes totalitarios. México —que, tras expresar su simpatía por la causa del pueblo chino— se había opuesto a la guerra de Etiopía y había tendido su mano desinteresada y amiga a la España Republicana; México que protestó contra la anexión de Austria y contra la ocupación de Checoslovaquia; México, que condenó la violación de la neutralidad de Noruega, de Holanda, de Bélgica y del Gran Ducado de Luxemburgo, así como las campañas contra Grecia, Yugoeslavia y Rusia, levantó también esta vez su voz. Y, leal al espíritu de los compromisos adquiridos en las Conferencias de Panamá y de La Habana, rompió desde luego sus relaciones diplomáticas con Alemania, Italia y Japón.

Antes de llegar a esa ruptura, Alemania había pretendido vulnerar en varias circunstancias el sentido de nuestra soberanía, ya sea exigiendo la adopción de determinados sistemas que no estaban de acuerdo con nuestra voluntad política nacional— según ocurrió en la ocasión de la imperiosa nota enviada a la Secretaría de Relaciones Exteriores con motivo de la inclusión de ciertas empresas en listas negras formuladas por el Gobierno Norteamericano— ya sea ordenando, de la manera más descortés la clausura de nuestros Consulados en la zona ocupada de Francia.

Reacción de México

En uno y en otro casos la reacción de México fue inmediata. A la nota del ministro alemán sobre el asunto de las listas negras contestamos rechazando la intervención de su Gobierno. Y a la orden de clausura del Consulado Mexicano, instalado en París, correspondimos con la supresión de todas las agencias consulares que nuestra nación tenía establecidas en Alemania y con la concelación del exequátur de que gozaban de Cónsules alemanes en la República.

Estas medidas, que hacían honor a nuestra dignidad demostraban claramente que nuestra intención no era belicosa. Sabíamos demasiado bien lo que significa la guerra y por mucho que no hiriese la injusticia de los países totalitarios, juzgábamos que las disposiciones adoptadas ponían a salvo nuestro decoro y seguían la línea de conducta que aconsejaban la prudencia del Gobierno y los propósitos del país.

Igual criterio nos guió al enterarnos del estado de guerra existente entre los Estados Unidos y Alemania, Italia y Japón.

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Ávila Camacho durante un informe de gobierno. Foto: Archivo El Universal

Ustedes, que conocen el escrúpulo con que el Gobierno ha procurado siempre atender las aspiraciones justas de la opinión, podrán imaginar sin esfuerzo el incomparable problema que representó para el Ejecutivo el elegir entre las diversas responsabilidades que en ese instante solicitaban mi conciencia de gobernante y de mexicano. Dos caminos se ofrecían entonces a México. Uno, el de la guerra. Otro, el de la cesación de todas nuestras relaciones con los Estados nazifacistas. Al optar por esta última solución, creemos interpretar adecuadamente el deseo nacional.

Debo añadir con satisfacción que nuestra actitud coincidió con la de la mayoría de las Repúblicas del Continente y que mereció una aceptación general de la Junta de Cancilleres de Río de Janeiro.

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El cuadro que acabo de trazar describe con exactitud la situación en que nos hallábamos el día 13 de mayo. Unidos a los demás pueblos libres de este Hemisferios por los vínculos de la amistad panamericana, rotas nuestras relaciones con las Potencias Imperialistas de Europa y Asia, procurábamos estrechar nuestra solidaridad con las democracias y nos absteníamos de ejercer actos de violencia contra las dictaduras. Los nacionales de Alemania, Italia y Japón, residentes en la República disfrutaban de todas las garantías que nuestra Constitución otorga a los extranjeros. Ninguna autoridad mexicana los molestaba en el ejercicio de sus actividades lícitas; nadie los hizo objeto de persecuciones o de medidas de coacción. En otras circunstancias hubiéramos podido estimar que nuestra paz no se hallaba amenazada directamente. Sin embargo, sentíamos que dentro de la red bochornosa en que se ha convertido la historia de los gobiernos nazifacistas, México podría verse envueltno, contra su voluntad, el día menos pensado. Por eso organizábamos nuestra defensa y vigilábamos nuestras costas; por eso tomábamos las determinaciones indispensables para incrementar nuestra producción y por eso, en cada discurso, en cada acto público, repetíamos la exhortación, de vivir alertas y preparados para el ataque que, de un momento a otro pudiera sobrevenir.

Ataque desleal, embozado y cobarde

El 13 de mayo el ataque vino. No decidido y franco, sino desleal embozado y cobarde, asestado entre las tinieblas y con la confianza absoluta en la impunidad. Una semana más tarde se repitió el atentado frente a esta reiterada agresión, que vulnera todas las normas del Derecho de Gentes y que implica un ultraje sangriento para nuestra Patria, un pueblo libre y deseoso de mantener sin marcha su ejecutoria cívica no tiene más que un recurso: el aceptar valientemente las realidades y declarar —según lo propuso el Consejo de Secretarios de Estado y de Jefes de Departamentos Autónomos reunido en esta Capital el viernes 22 del corriente —que, a partir de esa fecha, existe un estado de guerra entre nuestro país y Alemania, Italia y Japón.

Qué es estado de guerra

Estas palabras, “estado de guerra” han dado lugar a interpretaciones tan imprevistas que es menester precisar detalladamente su alcance. Desde luego, hay que eliminar todo motivo de confusión. El “estado de guerra” es la guerra. Sí, la guerra, con todas sus consecuencias; la guerra, que México hubiera deseado proscribir para siempre de los métodos de convivencia civilizada, pero que, en casos como el presente y en el actual desorden del mundo constituye el único método de afirmar nuestro derecho a la independencia y de conservar intacta la dignidad de la República.

Ahora bien, si el “estado de guerra” es la guerra misma, la razón que tenemos para proponer su declaración y no la declaración de guerra, obedece a argumentos muy importantes, que me siento en la obligación de aclarar aquí.

Tales son argumentos de dos órdenes. Por una parte la declaración de guerra supone en quien la decide la voluntad espontánea de hacer la guerra. Y México sería inconsecuente con su tradición de país pacifista por excelencia si admitiera, aunque sólo fuese en la forma, que al conflicto por su propio deseo y no compelido por el rigor de los hechos y por la violencia de la agresión. Por otra parte, el que declara la guerra reconoce implícitamente la responsabilidad del conflicto. Y esto, en nuestro caso, sería tanto más absurdo cuanto que los agredidos somos nosotros.

Atendiendo a estas circunstancias, la situación que expone el Ejecutivo, es igual a la que escogieron en septiembre de 1939, los gobiernos de Inglaterra y de Francia al entrar en guerra con Alemania y, el 8 de diciembre de 1941, el gobierno de los Estados Unidos al entrar en guerra con el Japón. Semejante modalidad que responde a la verdad de las cosas y a la limpieza de nuestra vida internacional, deja a salvo nuestra doctrina jurídica, pero no disminuye la significación del acto, ni aminora los riesgos, ni debe ser estimada como un paliativo a nuestra franca resolución.

El estado de guerra en que se encontrará el país si ustedes aprueban mi iniciativa, no querrá decir que México va a entregarse a persecuciones injustas. La defensa de la patria es compatible con la tradición de generosidad y decencia mexicanas.

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Tampoco significará que la vida interior de la República va a alterarse, suspendiendo aquellas garantías que pueden mantenerse, sin quebrantar el espíritu de la defensa nacional.

Debemos confiar mucho más en el patriotismo que en las medidas represivas. En el sentido cívico de la nación, más que en el uso arbitrario de la fuerza.

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El presidente Manuel Ávila Camacho saludando a integrantes del Escuadron 501 en 1945. Foto: archivo El Universal

México en Estado de Guerra

Una vez concluida la solemne sesión de apertura del período extraordinario de labores del Congreso, la Cámara de Diputados celebró su primera sesión de trabajo.

En la misma se dió cuenta con las tres iniciativas enviadas por el Ejecutivo y cuya importancia originó la convocatoria a labores extraordinarias, esto es: La declaración del estado de guerra con las potencias del Eje; la suspensión de algunas garantías constitucionales y otorgamiento de facultades extraordinarias al Ejecutivo para legislar en aquellos ramos de la administración pública que lo estime necesario, preferentemente en Hacienda y Defensa Nacional.

Leídas que fueron las referidas iniciativas se turnaron a las Comisiones Unidas de Puntos Constitucionales, Defensa Nacional, Gobernación, Relaciones Exteriores y Hacienda para su estudio y dictamen.

Las referidas comisiones desde luego iniciaron sus labores respectivas y en la sesión que hoy efectuará la Legislatura presentarán dictamen, sobre los proyectos de ley a que se hace mención, creyéndose que este mismo día serán discutidos y aprobados, enviándose luego al Senado para que los trate el sábado y sean promulgados en la edición del “Diario Oficial” del lunes.

Los diputados están dispuestos a laborar con toda actividad y si es necesario celebrarán hoy dos sesiones a mañana y tarde, en lugar de una sola por la mañana.

A continuación damos a conocer el texto de la iniciativa que se refiere al estado de guerra, y que dice así:

“CC. Secretarios de La H. Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.— Presentes.

En ejercicio de la facultad que me concede la fracción I del Artículo 71 de la Constitución Política de la República, para los efectos señalados en la fracción XII del artículo 73 del mismo Ordenamiento Constitucional y con fundamento en el informe que he tenido la honra de rendir personalmente al H. Congreso de la Unión, someto a la consideración del mismo la siguiente iniciativa de ley:

Artículo I.— Se declara que, a partir del día 22 de mayo de 1942, existe un estado de guerra entre los Estados Unidos Mexicanos y Alemania, Italia y Japón.

Artículo II.— El Presidente de la República hará la declaración correspondiente y las notificaciones Internacionales que procedan.

Artículo III.— Esta ley y la declaración presidencial a que se refiere el artículo anterior, entrarán en vigor a partir de su publicación en el “Diario Oficial”.

Reitero a ustedes las seguridades de mi atenta y distinguida consideración.

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SUFRAGIO EFECTIVO NO REELECCIÓN.— México, D. F. 28 de mayo de 1942. — El Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, MANUEL ÁVILA CAMACHO.— Miguel Alemán”.

Tampico se prepara a recibir a los supervivientes del “Faja de Oro”

Por acuerdo del Ayuntamiento, en la sala de cabildos será erigida la capilla ardiente para el cadáver del marino del “Faja de Oro”, Victoriano Mendoza, que será traído el próximo sábado, al mismo tiempo que arribarán los supervivientes de esa nave.

Todos los organismos obreros harán una gran manifestación de duelo. El Gobernador del Estado se trasladó a Laredo para recibir los restos de la víctima y a los supervivientes.

Petróleos Mexicanos, de acuerdo con el Ayuntamiento, prepara los funerales que se efectuarán el domingo en el Panteón de La Trinidad.

Todas las Secciones del Norte de Veracruz, del Sindicato Petrolero, han enviado comisionados a Tampico para recibir a los repetidos marinos.

fjb

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