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Texto: Rafael López
Muchos de los miles de migrantes mexicanos que son deportados de Estados Unidos a México van acompañados de sus hijos menores, los cuales emigraron a dicho país siendo bebés o bien nacieron en él.
Según el estudio Migración y retorno de la niñez desde Estados Unidos a México en la era de Trump. Procesos y experiencias de (re)inserción escolar en Oaxaca, México, de Marta Rodríguez-Cruz, investigadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional, la mayoría de los menores regresa repentinamente a México debido a que la migra (nombre coloquial del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos) detectó a sus padres en situación de irregularidad documental, los interceptó y los deportó.
“Eso quiere decir que la familia no tuvo tiempo de recoger sus pertenencias, despedirse de sus amigos, y solicitar y disponer de documentos necesarios para su (re)inserción social, económica y educativa en la sociedad mexicana. En ese contexto violento, los menores forman parte de un proceso de movilidad internacional”, dice Rodríguez-Cruz.
Un segundo segmento lo integran los niños que retornan de manera forzada (por las condiciones tanto de coerción política y social, como económicas y culturales en que viven), pero planificada.
En un tercer segmento se encuentran los menores que regresan con uno de los padres deportados, mientras el otro permanece en Estados Unidos para seguir enviando remesas financieras a la familia.
“Ésta es una separación familiar con repercusiones y secuelas en los menores, que terminan creciendo sin un referente familiar”, añade la investigadora.
Por último, una minoría regresa por motivos de reunificación familiar para atender a los abuelos, por ejemplo, aunque estos motivos están ligados a un hecho que se acepta con reservas: que fueron deportados.
“Desde la perspectiva de los migrantes y de la propia sociedad de origen, ser deportado significa fracasar. El grupo de pertenencia los señala y estigmatiza, e incluso puede criminalizarlos bajo el argumento de que los deportaron porque quizá delinquieron.”
Obligados a migrar… y a retornar
El estudio registra diversos casos de una muestra de esta población infantil en Oaxaca, la segunda entidad, después de Chiapas, con el nivel más alto de pobreza y un creciente índice de migración.
El trabajo de campo se llevó a cabo en escuelas de Tlacolula de Matamoros, San Francisco Lachigoló y San Jerónimo Tlacochahuaya (región de los Valles Centrales), así como de Teotitlán del Valle e Ixtlán de Juárez (región Sierra Norte), con alumnos de seis a 18 años (de preescolar, primaria, secundaria y bachillerato) que pertenecen a familias extremadamente pobres y que, luego de haberse visto obligadas a emigrar por la miseria, han tenido que retornar forzosamente por la política antiinmigrante estadounidense.
“La historia de estos menores está marcada por su ida abrupta y repentina de Estados Unidos y por su llegada igualmente abrupta y repentina a México, un país desconocido para ellos porque no crecieron en él. Y cuando ingresan en la escuela y sólo hablan inglés y visten y piensan de manera distinta, los demás alumnos los consideran diferentes y los tratan como a desiguales. En las escuelas, muchos de ellos han sufrido bullying. Al ser niños distintos porque se han ‘agringado’ o blanqueado en términos culturales, lingüísticos y de identidad, padecen una especie de racismo cultural. El resto del grupo no los ve como mexicanos”, indica Rodríguez-Cruz.
Acta de nacimiento estadounidense
Antes, el hecho de haber nacido en Estados Unidos implicaba, por ejemplo, que se les exigiera un acta de nacimiento estadounidense para que tuvieran acceso al sistema educativo nacional, a pesar de que esto no es un requisito de la normativa vigente.
Tal situación provocaba mayor desigualdad y exclusión, y trayectorias educativas y de vida frustradas, porque no sólo había que tener en cuenta la parte meramente administrativa y burocrática, sino también todo lo que entraña un proceso de movilidad tan grande como el que viven estos menores.
Sin embargo, a partir del estudio de la investigadora universitaria, ahora los menores migrantes ya no requieren presentar un acta de nacimiento estadounidense para ingresar en la escuela.
Medidas
De acuerdo con el estudio de Rodríguez-Cruz, resulta necesario diseñar programas de bienvenida para estos alumnos que consideren la enseñanza del español como un tema prioritario, ya que esta lengua, además de ser el instrumento formal de los procesos de enseñanza y aprendizaje, es el medio de comunicación con la sociedad.
“Si no saben hablar español, no pueden comunicarse con sus compañeros y docentes, y enfrentan dificultades para crear redes y un capital social.”
Asimismo, el estudio establece que el conocimiento de la cultura mexicana, en general, y oaxaqueña en particular, debe formar parte de esos programas; y que los docentes tienen que ser preparados para tratar con población migrante.
¿Infancia es destino?
La movilidad es causa y consecuencia de la desigualdad; una desigualdad que no sólo afecta a la población adulta, sino también a la población más vulnerable: la infantil, que muchas veces tiene que madurar de manera rápida y repentina, ya sea que migre acompañada o en soledad.
En opinión de la investigadora, al analizar el fenómeno migratorio se debe superar el punto de vista exclusivamente económico, pues las causas que ocasionan la movilidad infantil a menudo también se relacionan con la violencia familiar y comunitaria.
“De modo que hay que visibilizar la situación de los menores que migran a y retornan de Estados Unidos, pero también la de aquellos que se desplazan por el mundo en condiciones infrahumanas. Urge la intervención de las autoridades nacionales e internacionales para diseñar programas que velen por su seguridad, ya que enfrentan numerosos riesgos. No olvidemos que los menores de hoy son el futuro de mañana y que, si crecen en contextos de migración obligada y de violencia, se corre el peligro de tener sociedades más desestructuradas”, finaliza.
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