Un código de descuento del 15% con el apellido “CHALAMET” para vender boletos de Giselle podría parecer una campaña inusual. Sin embargo, la propuesta, difundida en redes sociales por el Ballet de Barcelona, surge tras la discusión generada por el actor estadounidense Timothée Chalamet, quien, en un foro abierto, mientras hablaba de cine, cuestionó la relevancia de las artes clásicas: “No quiero trabajar en ballet ni en ópera, donde todo el mundo dice: ‘¡Oye! ¡Mantén esto vivo, aunque ya no le importe a nadie!’”.
Para el mexicano Isaac Hernández, uno de los bailarines internacionales más importantes (Premio Benois de la Danse, 2018), el comentario del actor abre una conversación interesante:
“Las artes escénicas han demostrado durante siglos su capacidad de emocionar, inspirar y conectar culturas. Su valor no depende de una opinión puntual, sino de la experiencia que se vive en el público cuando se experimentan en vivo”, dice en entrevista con EL UNIVERSAL.
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El tapatío, que ha incursionado en el cine con películas como El rey de todo el mundo (Carlos Saura) o Dreams (Michel Franco), señala, además, diferencias en la relación con el público:
“El cine es una experiencia mediada y reproducible que permite al espectador acercarse a una historia en cualquier momento y lugar. En cambio, la danza es una experiencia viva e irrepetible: ocurre en tiempo real y en un espacio compartido entre el intérprete y el espectador. Ambas tienen un valor profundo”.
Pero lejos de la polémica, las preguntas se amplían: ¿cómo es el vínculo del público con las artes escénicas en la actualidad?, ¿qué es lo que las sostiene?, ¿están entre las preferencias de la audiencia?
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En México, las cifras disponibles ofrecen una aproximación al consumo cultural. De acuerdo con el Módulo sobre Eventos Culturales Seleccionados (MODECULT) 2025, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), entre la población de 18 años y más la asistencia se concentra en el cine (47.2%) y los conciertos (32.7%), mientras que el teatro (16.9%) y la danza (16.2%) registran menor presencia. Aunque ambas disciplinas muestran una recuperación frente a 2024 (de 6 y 7 puntos, respectivamente), su alcance sigue por debajo de otros eventos culturales reportados.
La ópera, por ejemplo, no aparece segmentada en el MODECULT; sin embargo, las cifras no alcanzan a explicar todo el fenómeno.
En resistencia
La coreógrafa y bailarina Claudia Lavista, titular de Danza de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), señala que, aunque México cuenta con artistas de alto nivel, sostenidos en parte por la formación académica —cita la existencia de más de 35 licenciaturas en danza contemporánea—, la comunidad artística ha operado, la mayoría de las veces, desde la “resistencia”: “Hay una enorme lucha por mantener los proyectos vivos, por conseguir financiamiento y espacios en teatros y festivales. El presupuesto a la Cultura sigue siendo muy bajo. Yo creo que es una deuda”.
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Añade que, además de aumentar, el presupuesto tendría que distribuirse mejor y dialogar con la comunidad artística. También advierte sobre la disminución de compañías:
“El arte es una disciplina que requiere ser subvencionada por el Estado. No hablamos de un espectáculo comercial. Las agrupaciones de danza contemporánea no hacen negocio con su trabajo, pero son una fuente infinita de poética y crítica, política o cultural”.

En el ámbito lírico, la soprano María Katzarava, quien se ha presentado en escenarios como el Palacio de Bellas Artes, la Royal Opera House y la Arena de Verona, ve un panorama similar: “Hoy la ópera se sostiene gracias a un triángulo frágil. El Estado aporta una base, el público la dota de sentido, y los artistas muchas veces ponemos el motor extra: autogestión y sacrificio. Es un acto de fe compartido”.
El compositor y gestor musical José Julio Díaz Infante, director de Música UNAM, quien fue titular de la Coordinación Nacional de Música y Ópera del INBAL, considera que las colaboraciones entre instituciones y algunos fideicomisos han abierto oportunidades: “Hoy existen apoyos como EFIARTES, que permiten financiar producciones operísticas. Eso antes no lo teníamos”.
Ante el escenario
Al revisar los motivos de asistencia a eventos culturales en población de 12 años y más, medición incorporada por primera vez en el MODECULT 2025, se indica que, mientras en el cine o los museos las principales barreras son la falta de difusión o cercanía (30.3% y 34.1%), en la danza el 35.3% señala que “no le gusta o no es de su interés”.
Para Hernández, la percepción de “irrelevancia” de las danzas permiten analizar cómo se comunica: “Es una oportunidad para replantear cómo se presentan. Las nuevas generaciones buscan experiencias que los conecten, y cuando la danza se presenta de forma cercana y actual, la respuesta es muy positiva”, señala el creador del proyecto “Despertares”, que ha reunido a más de 10 mil personas cada año en el Auditorio Nacional, desde 2012.
En ese contexto, las artes escénicas enfrentan otros desafíos: como el de recuperar el valor de la experiencia en vivo en un entorno con un catálogo enorme de entretenimiento e inmediatez audiovisual.
Katzarava señala que la distancia con la ópera no está en el género, sino en los formatos: “Estamos en una etapa de transición. Predomina el público tradicional (55 o 60 años), pero con producciones contemporáneas y el uso de redes sociales estamos viendo rostros más jóvenes en las salas”.

Díaz Infante coincide en que ampliar la definición de la ópera puede abrir caminos: “Si pensamos que el género no es sólo gran formato, surgen nuevas posibilidades”.
Más que tener recintos especializados, las instituciones han adaptado espacios para presentar propuestas que mezclan música, teatro, danza y cine. Díaz Infante pone como ejemplo la Sala Nezahualcóyotl, un espacio pensado para la música sinfónica que este año cumple 50 años y ha incorporado elementos para montar ópera y proyectos multidisciplinarios.
A esto se suma una barrera simbólica: “Existe la idea de que la ópera no es para todos o que es aburrida. La barrera económica es un mito a medias: a veces un concierto o un partido es más caro. El problema es que no se nos enseña desde niños que la ópera también nos pertenece”, señala Katzarava.
Cambiar estrategia
Las propuestas, el ingenio y la creatividad juegan un papel clave en el proceso. Lavista explica que desde Danza UNAM se busca ampliar la experiencia más allá de la función tradicional: “No es sólo venir a ver danza a la Sala Miguel Covarrubias, sino encuentros donde vas a poder entrar a una clase maestra o ir a una conferencia. Si la función, además, ofreció al final un conversatorio, de tal manera que el público pueda conocer al ar tista y hablar con él, se genera un interés específico. Hemos visto que esto hace que regrese el público. Pero es una tarea lenta”.
Además, subraya que no existe un sólo tipo de audiencia, y que parte del reto es impulsar que los públicos exploren formatos que no hayan visto, como sucedió con las actividades del año pasado del Día Internacional de la Danza, que registraron 33 mil asistentes.
Hernández plantea estrategias para adaptarse a los canales actuales: “Integrar la danza en proyectos en colaboración con marcas globales. Estas pueden tener un rol más activo al usar la danza como un lenguaje para comunicar campañas o lanzamientos. Con ello se construye una conexión distinta con las audiencias y también puede convertirse en un motor de posicionamiento dentro del consumo global. Además, contribuye a dar continuidad y crecimiento a una industria que requiere evolucionar y expandir su alcance”.
María Katzarava, fundadora del centro de perfeccionamiento para artistas escénicos Studio Katzarava, concluye que el gremio no puede quedarse quieto esperando a que el público llegue solo: “Los artistas estamos saliendo a cantar a las plazas, hacemos crossovers, hablamos directo con el público. La ópera debe dejar de ser un “museo” para ser una experiencia viva. Estamos en un momento de introspección necesario para asegurar que el género siga siendo potente los próximos cien años”.
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