Soy más que consciente de cuánto disto de ser una blanca palomita, como aquella que representaba al Espíritu Santo en el cuadernillo con el que nos preparaban para la Primera Comunión. Si me dieran a elegir cuál de sus dones quisiera tener, sería el de la omnipresencia. ¡Pocas veces he lamentado tanto carecer de él, como estos días!, en los que esta Drama-Queen sufrió cual vil remedo de Meryl Streep en La decisión de Sofía, aunque, por otro lado, ¡también gocé de cuanto pude atestiguar! Les cuento:

El fin de semana pasado no pudo ser más intenso y no sé ni cómo logré cubrir mi agenda sabatina. Inicié charlando sobre Manuel de Falla para ese maravilloso grupo que la Doctora Rita Holmbaeck congrega mes a mes en su acogedora residencia porfiriana, de la cual salí “soltando el plato”, muy en contra de nuestra costumbre de ejercer el deleitoso placer de las prolongadas sobremesas. Sólo así pude llegar a tiempo a la Sala Carlos Chávez para escuchar a Fernando García Torres dentro del Festival de Piano de la UNAM. Cimentado en una sólida base académica, su dominio estilístico le permitió transitar con donaire del clasicismo de la Sonata K. 331 de Mozart a los 24 Preludios de Chopin –caleidoscópico epítome del romanticismo-, pasando por ese espejo sonoro de la incertidumbre revolucionaria que vivía la sociedad a principios del siglo 20, la Sonata de Alban Berg. Ya que le ganen los nervios en público de vez en cuando, es otra historia de la cual nadie está exento.

Voltaire, figura central de la crítica ilustrada: su defensa de la tolerancia y su denuncia al fanatismo marcaron el impulso hacia los derechos modernos. Crédito: https://musica.unam.mx/
Voltaire, figura central de la crítica ilustrada: su defensa de la tolerancia y su denuncia al fanatismo marcaron el impulso hacia los derechos modernos. Crédito: https://musica.unam.mx/

Más tardó en terminar que yo en cruzarme a la Neza, para escuchar a Sophia Liu como solista de la OFUNAM, dentro del marco del mismo festival. Tenía mis reservas, ya que el jueves 5 asistí a su recital y la impresión fue muy dispar. Técnicamente es impecable y cerró con una inmejorable selección de obras de Chopin. Sus interpretaciones del Andante Spianato y Gran Polonesa Brillante, Op. 22, del tercer Nocturno y las Variaciones sobre ‘La ci darem la mano’, Op. 2, fueron irreprochables: redistribuyó con gran inteligencia aquellos pasajes incómodos o riesgosos para sus manos chiquititas (vgr. los compases 105 y 106 de la polonesa) e hizo alarde de un empleo tan calculado del rubato, que hasta podría pasar por refinado… con lo cual palió la pésima impresión que me habían dejado los dos Impromptus de Schubert que masacró con tal desconocimiento estilístico, que logró que sonaran a vil matraca, y que conste que, tras ello, no fui el único que contuvo sus ganas de fusilarla.

Esas mismas virtudes y defectos volvieron a hacerse presentes en la lectura del taquillerísimo Primer Concierto de Tchaikowky, que agotó las localidades: impecable, pero, que varios amigos coincidieran preguntándome si estaba tocando Czerny o Tchaikowsky evidenció, más que inmadurez musical, su inocencia. Algo que no tenía para nada la tía Piotr y que fue aún más notorio durante el encore que eligió para congraciarse con el público, Ecos de México, de Julio Ituarte. Recordé que hubo una pianista que los grabó, justamente ahí, en la Neza, y que ya hubiera querido tocarlos tan limpiamente; lamentablemente, no todo es tocar limpio. Si algo es imprescindible para condimentar este popurrí de piezas populares que, al ser llevadas al ámbito de concierto merecieron ser descritas como “cantarcillos con guantes blancos”, es picardía. Algo de lo que Liu carece. Tristemente, y por mucho que ella estudie con uno de los capos más influyentes en los concursos de piano más afamados y del eficiente equipo de marketing que la respalda, me temo que no pasará de ser un olvidable prodigio genérico, de los que hoy tanto abundan.

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Si con algo me quedo de esa noche, es con la satisfacción de haber vuelto a escuchar en Popol Vuh la voz de Eugenio Toussaint, y con una Segunda Sinfonía de Sibelius tan diestramente estructurada por Sylvain Gasançon y la OFUNAM, que me sorprendieron. Tenía mucho de no oírlos tan bien. Tan vitales. ¿O habrá sido por contraste con ese “cadáver exquisito” que fue el Tchaikowsky?

¡Qué diferencia con la pasión desbordada con que, al día siguiente, nuestro inmenso Arturo Chacón-Cruz “prendió” a cuantos le escuchamos en el Blanquito! Entre la certeza de que su voz está en su mejor momento y un programa que rendía tributo a Juan Gabriel y a José José, logró emulsionar el agua y el aceite: al público operístico, y a los fans de la música popular. Aunque, aquí entre nos, ¿quién no se ha desgañitado con las canciones que componía el primero y las que interpretaba el segundo? Honor a quien honor merece: la idea de esta Gala fue de Claudia Curiel, quien, emocionada tras escucharlo el 8 de junio en la celebración por sus 25 años de carrera, se la propuso y él, la sacó airosa… a pesar de la falta de oficio del concertador que le pusieron, gracias a los buenos oficios de su “manager”. Lástima, porque algunos de los arreglos se percibían bastante buenos, y cómo no, si detrás de ellos estaban el gran Eduardo Magallanes, Omar Nava y Nubia Jaime, ¡menos mal que entró al quite el Mariachi Gama Mil!

No sé si fue por respeto a la voz de Chacón, pero el público tardó en sumarse como él hubiera deseado. Más de una vez les invitó a cantar con él, pero ni El triste, ni Gavilán o paloma, De mí enamórate, Inocente pobre amiga o Amor eterno lograron que la audiencia le entrara al coro. Para eso estuvieron los becarios del EOBA. Fue hasta que repitió El triste como bis que se nos alborotó el palenque… pero para pedir aquellas canciones que no fueron incluidas en las dieciséis que conformaron el programa. A mi lado, mi queridísima Consuelo Sáizar, a quien todos ven con gran respeto por su desempeño al frente del Conaculta y por haber ingresado recientemente como miembro de número a la prestigiadísima Real Academia de Ciencias, Artes y Letras, ¡por poquito y se queda afónica pidiendo el Noa Noa, que nos quedaron a deber! ¡Ahí pa’la próxima!, que, espero, será pronto: ya nos confió la Secretaria Curiel que está preparándonos una sorpresa para septiembre con nuestro Primer Tenor.

Tras la dicha de reencontrarme con ese amigo entrañable que es Sir Stephen Hough durante la cena de bienvenida que se le ofreció el lunes, mi alegría fue in crescendo gracias a los múltiples reencuentros del martes, durante el Homenaje a otro invaluable protagonista de la difusión cultural, el Doctor Gerardo Estrada. “Sólo él podía convocarnos a todos los de la batalla pasada”, oí decir repetidamente, tanto durante el coctel ofrecido en el MUAC por la UNAM, como en la comida que le brindó César Cervantes en Casa Pedregal, esa magna obra de Barragán que él tan amorosamente ha rescatado. Salvo los muertos, ahí estuvimos “casi todos”: unos ya en silla de ruedas, algunos con andaderas y otros más, como yo, con bastón. Más que a quienes fueron sus jefes y todavía viven, se notó la ausencia de las autoridades actuales. Como le dije a Rosa Beltrán, “honrar, honra” y éste, fue un gran acierto universitario, a pesar de la desorganización que dejó de pie a más de un invitado con asiento asignado.

Y por andar en el jolgorio, cantándole Las mañanitas al Doctor, no llegué al Claustro de Sor Juana para escuchar a la gran Guadalupe Parrondo en la celebración por el centenario de una gran mujer, auténtica y visionaria a la que siempre recuerdo con cariño y gratitud: Doña Carmen Romano, cuyo legado pervive y seguimos disfrutando, por encima de tantas leyendas en torno a su vida privada con las que han pretendido empañar su memoria. ¿Ven, por qué lamento no ser omnipresente?

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