He seguido el arte de Coen desde hace cincuenta años. Una larga catarata cantarina. Lo primero que recuerdo son aquellos cubos cuya decidida geometría encerraba la multiforme libertad de su imaginación: cubos estrictos llenos de refajos, camaleones, torsos, espectros, todo vibraba entre la imaginaria perspectiva. Luego los precisos cuadros hard-edge, con sus vértigos de negros y dorados: ponientes y orientes de ingenio; sus espirales cromáticas, tan musicales, fugas auditivas en traducción visual; los arcoíris lineales, disparados hacia la inacabable perspectiva. Era la imaginación liberada por el rigor: la imaginación es loca, pero tiene casa.

La imaginación de Arnaldo vive en gerundio. La imaginación, reina de las facultades, no le ha escatimado su amistad, pero tampoco sus exigencias. La imaginación nada tiene en común con el libertinaje y es rigurosa ante todo: su rigor es la guía hacia la libertad y sus dones.

La etapa que más me ha intrigado fue la que dedicó, durante años, a glosar y jugar, discutir y vivir con las "Batallas de San Romano" de su tutor Paolo Uccello, una celebración lograda por medio de la mímesis y aun la pantomima, que culminó en una fascinante forma de gemelaridad creativa, que Coen tituló "Versiones y perversiones".

Recorro los Uccellos montado como un pájaro en el hombro de Coen. La descarga de simpatía es instantánea. Pródiga en sorpresas, los planos inauditos sorprenden: una burbuja de luz escapa de la tela y celebra un etéreo triunfo predimensional. No escatima pericia técnica, ni humor festivo: el equilibrio de lo exacto. El azoro pide un nombre para este método: ¿pastiche?, ¿paráfrasis? Un cuadro es una de las escasas realidades que no requieren de nombre. Es claro que el método resulta de una particular alquimia que no es ni paráfrasis ni jugarreta, sino un potente reciclaje de la tradición. Las fastuosas variaciones de las batallas son una apoteosis del juego: Uccello a contrapelo.

La sorpresa y el placer se amalgaman en un rejuego renacentista: las lanzas que hieren con su exactitud la coreografía caótica de la batalla; las fugas asíntotas; la ronda del mazzocio que, abriendo círculos en el lago de la tela, traza la coreografía de la imaginación. Sobre esos arcaicos principios vitruvianos, las formas jubilosas del rejuego figurativo celebran su orgía. Un sobresalto de calembures entomológicos al que han sido convocados los palimpsestos imaginables. Entre el rigor de la composición, proliferan las metáforas promiscuas: el guerrero contiene al centauro, que pervierte al caballo, que deviene hipocampo, que sugiere a la mantis, que equivale al oboe, que hace dúo con la vulva, que... Una demoniaca batalla creada por la disparatada analogía: todas las formas se traducen a sí mismas y proliferan de tal modo que si Uccello pinta un espacio neutro, Coen lo transmuta en una rana positiva.

El paseo se carga del placer como curiosidad; una propedéutica de lo imaginable. El amor a las formas de Coen se conjuga con un alto fervor sígnico, los ojos haciendo gimnasia. No extraña que uno de sus objetos mágicos sea el huevo, travestí del círculo y antepasado del trompo. El círculo es un cubo aplastado, y el cubo un huevo con aristas. Coen sabía de qué deseaba llenar el cubo: era la imaginación al cubo.

Uccello, Vitruvius, John Dee y demás renacientes leyeron en la proporción áurea la cifra de la mirada, y en la mirada la cifra de la experiencia. En su desmantelamiento es donde Coen activa su imaginación. Serenado el vértigo de mutaciones, luces y ritmos, las batallas de Coencello cifran el gozo del artista que sabe que el mundo es un pincel.

Aprendido Uccello, Coen lo pone frente a él y le contesta, ya en su idioma, con sus propias obsesiones, su propia tradición: los torsos preñados de texturas, los horizontes, arcoíris y banderas, las albercas de luz abiertas a la otra orilla. El artista convoca sus fuerzas a la batalla final: ha puesto en tela de juicio a su propia tradición. El artista ya sabe que, más ardua que la conquista es la recuperación de lo conquistado.

Lal complejas composiciones vibran en un instante de privilegio, cuando la imaginación y el rigor danzan la misma danza. El colorido roza, en su exceso, a la transparencia. La valva de las formas antitéticas se abre en vivas contradicciones: el batracio pegajoso enfrenta, en singular combate cuerpo a cuerpo, al diáfano prisma, ambos fascinados por su fraternidad. Es la ciega querella de los objetos, animales, luces, ritmos, espacios en pos de sus rimas y ecos; la escaramuza festiva, sexual, ebria, analógica, en la que las sangres se coagulan en el olvido de sus diferencias. La batalla es la pintura en gerundio: todo está aconteciendo: ritmo, sonido, luz, paisaje.

Las tres batallas finales, pintadas ya al alimón por Uccello y Coen en una dialéctica feroz y festiva, se resuelven en sentido: la pintura como ascesis de la imaginación. En sus Vidas imaginarias, Marcel Schwob imaginó a un Paolo Uccello que, después de años de trabajo, termina de pintar una "Tentación de San Antonio" que no dejaba ver a nadie. Alguien, aprovechando un descuido del maestro, se asoma a ver furtivamente el cuadro y lo que mira es una total blancura. Uccello, feliz, sabe que ha pintado un milagro. La blancura es todo, el punto donde todas las perspectivas mueren y renacen.

Hace unos días un grupo de amigos comimos con Arnaldo. Mientras él llegaba, vi en la mesa de su estudio un pequeño cuadro que estaba trazando con lápices y pasteles: era una esfera preñada de círculos delicadísimos que formaban una regocijada vulva, fresca entre los cilindros de unos muslos apaciguados y una blancura semejante a la de Uccello. Veo a Arnaldo pintando: el viejo, hermoso rostro como un escenario donde bailan tics y guiños, y celebro ser uno más de los pájaros que miramos el mundo desde su hombro juvenil y le deseamos buenos días.

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