Más Información

“¡No fue confusión, fue extorsión!"; mineros marchan en Zacatecas por compañeros asesinados en Sinaloa

¡Por fin! Suspenden contingencia ambiental este San Valentín; prevén mejor calidad del aire este 15 de febrero

Ofrecen cargo en el extranjero a Marx Arriaga, pero lo rechaza; se le planteó participar en otra área: Mario Delgado

Hijos de capos mexicanos estuvieron en escuela de élite de EU: Departamento de Tesoro; pagaron hasta 102 mil 235 dls por año
En Sobriedad, me estás matando (México, 2025), desesperanzado debut en cine del prolífico productor-director tapatío de TVseries y TVespeciales de 40 años Raúl Campos (Sobreviví 18, The Culture Code, 19; El grupo 22), con guion suyo en colaboración con el actor protagonista Octavio Hinojosa y Félix de Valdivia, el decolorado e irresponsable alcohólico y drogadicto heroinómano de 39 años Raffi (Hinojosa sensacional) cuenta a lo largo de 17 años con 5 internaciones para desintoxicación absolutamente infructuosas, al grado de también haberse vuelto adicto a la rehabilitación en sí, burlándose salvajemente de los buenos propósitos de sus compañeras y compañeros de terapia de grupo, a consecuencia de lo cual, tras 72 días limpio, es expulsado con alegría de la clínica, pero debe caer en la opulenta casa de las criaturas más odiadas y tóxicas para él: su despectiva madre pintora Camila (Mónica Dionne) y su tiránico padre empresario Rafael (Juan Carlos Vives), por lo que, a los dos días de holgazanería y depresión, el infeliz varón debe refugiarse en el depto del único amigo que le queda, el gerencial calvo gay Trino (Alfonso Borbolla), agradecido por la exclusiva solidaridad recibida cuando salió del clóset en la preparatoria y hoy esforzándose al amor, si bien el sádico omnidevaluador hipercrítico Raffi no tarda en demostrarle la descerebrada condición de su novio entrenador de gym Simón (Hugo Catalán), aunque incluso así el buen Trino impulsa a su amigo en desgracia y obsedido con su Ex, para que intente retomar la relación con su inconfesable crush escolar la bella Inés (Maya Zapata) ahora en trance de divorcio y con dos hijitas, pero ante la reticencia de ella hacia el desempleado inútil (“Esto es una muy mala idea”), él acepta la recomendación de Trino para conseguir un puesto en la pomposa compañía Foltech, del que acaba huyendo y buscando recaer en la droga, algo que apenas tras convencer a Trino y a Inés a viajar a Tepoztlán para visitar a su Ex y en seguida perder todos los asideros logrados por su apatía autotóxica.
Lee también: Chloe Zhoe y la sublimación trágica, por Jorge Ayala Blanco

La apatía autotóxica sabe que cualquier denuncia válida de la toxicidad ajena debe empezar por el reconocimiento de la propia, lo cual genera secuencias tan gozosamente sarcásticas y ácidas como la despedida en mofa a los ya grandes cuates del hospital regenerador: el enfermero buenaonda o la jefe médico impotente y hasta de un bulímico roomie contradictoriamente obeso (Pedro Giunti), la virtual disputa antivirtuosa de los padres nefastos abrogándose en paralelo y por turno el privilegio de haber querido abortar al hijo indeseado vuelto lo que sigue de indeseable, el ligue oportunista y desechable con la sexhambrienta esposa ajada de un vendedor de pianos (Elsy Reyes) fingiéndose interesado en adquirir tal instrumento, las declaraciones furibundas de cerval odio a la madre en su cara inclusive en su lecho de muerte (en implacable plano fijo), la desternillante entrevista de trabajo asumiendo un currículum superinflado que le envidia el interrogador derretido de admiración, la patiza brutal por un patibulario conecte de drogas Drako (Oliver Moreno), o la escupida de rencor megacatártica ante la tumba de la Ex insuperada Laura (por suicida berrinchuda accidentada), todo ello fundado en la feroz antipatía y la intimidad inconsolable de un traumatizado hombre extremo y excesivo que se desplaza en un simbólico vehículo irrisorio (“¿Le traigo su coche, joven?”/“Eh sí, es la bici rosa amarrada al poste”) y que acaso sea el héroe moralmente más frenético creado por el cine mexicano desde El suavecito y Lolo de los enormes olvidados Méndez (50) y Athié (92), aquí y ahora sólo comparable con el arrasante Marty supremo (Safdi 25), un derroche de testosterona en aluvión ascendido a “carbón que emite luz” (diría San Buenaventura en sus Rondas nocturnas).
La apatía autotóxica lleva a sus últimas consecuencias, tan humorísticas e irritantes cuan bienvenidas, las convenciones/convulsiones mitad cómicas mitad trágicas de una comedia negra lúcida y confesa, en el límite del masoquismo viril, rarísima en el cine mexicano, que se agita y conmueve entre el cuento acerbo y la fábula edificante, pero siempre por encima del melodrama sentimental y la aventura/desventura romántica, y sobre las huellas de ambos, resolviendo el misterio traumático del héroe casi hasta el final del relato (su Ex estaba muerta y su primera tacha se la proporcionó en un beso de borracha perdida su idealizada Inés), exhibiendo una sorprendente autoconciencia formal (ese paradigmático encuadre frontal de los monólogos de egreso sanatorial, esa serpentina edición ramificada de Adrián Parisi), poniendo en evidencia la insoslayable fragilidad humana (incluso la de un paradójico junior ultraprotegido de origen) y la imposible redención desde el exterior (y no generada desde adentro del alma).
Lee también: Aniversario de El iris primera revista literaria en México
La apatía autotóxica sostiene tan sanadora cuan insólitamente la identificación metafísica, espiritual y ética que siente el desesperado insoportable Raffi con el astroso vagabundo (Hugo Stiglitz patético) que de repente le había regalado un perro y luego se lo hizo perdidizo, sin dejar de arrastrar un carrito del súper por todas las profanadas calles chilangas (de Jardines del Pedregal) y a donde va a parar cualquier cantidad de objetos destrozados que de súbito equivalen a una metáfora de los estropicios y errores cometidos por el héroe destructivo/autodestructivo, o sea, el germen de la sabiduría de la vida misma, esa “Vida feliz” que añora una canción invasiva de Chetos) y recita a cámara vocinglera el héroe en su monólogo-vehículo de sus nuevos 277 días limpio, a partir de cero, creyéndose curado.
Y la apatía autotóxica niega, así en arenas movedizas y con ambigua elegancia, tanto el final feliz como los contenidos del discurso sabio del héroe en defensa de la normalidad (“No eres especial”) y de la estabilidad existencial de una vida llena de pérdidas, dada por resuelta de antemano.
Noticias según tus intereses
[Publicidad]
[Publicidad]










