[Publicidad]
En la escuela primaria tuve una maestra muy devota. Tan devota que se llamaba Devota. Era una mujer pequeñita, con la palidez típica de los católicos convencidos, una tez que se alimenta de las privaciones y el miedo. La maestra Devota nos hacía rezar todas las mañanas antes de clase; insistía en particular en la oración dirigida al Niño Jesús. Era una oración carente de métrica, carente de ritmo y carente de versos memorables. Hoy tengo la sospecha de que se la había inventado ella, pero el caso es que, si busco en Google “oraciones para el Niño Jesús”, no encuentro nada mejor en línea; yo diría que es un espacio de experimentación poco explotado aún.
En clase había un niño judío que no quería rezar con nosotros. La maestra Devota intentaba convencerlo todos los días:
—Así vas a hacer llorar al Niño Jesús.
—Es que yo no creo en el Niño Jesús.
—Así vas a hacer llorar también a la Virgen.
—Es que tampoco creo en la Virgen.
[Publicidad]
Y así seguían durante un buen rato, hasta que la maestra Devota rezaba a Dios para que lo perdonara y lo eximía del ritual. Él se quedaba sentado en el escritorio con los brazos cruzados, mientras todos los demás rezábamos de pie al Niño Jesús.
No sé cuáles serán los efectos psicológicos de una práctica repetida de esa manera durante cinco años, pero son preguntas que nadie se hacía en aquel entonces.
La maestra Devota, en su devoción, había instituido otras prácticas, incluida la concesión de premios al final del curso a los niños más destacados. Eran el Premio Italiano, el Premio Matemáticas, el Premio Geografía, el Premio Historia, el Premio Ciencias y el premio más codiciado de todos: el Premio Generosidad. Sobre su escritorio, tenía un frasco para donaciones destinadas a los “huérfanos de la Iglesia”. Nadie sabía exactamente quiénes eran estos huérfanos; para nosotros, eran pequeñas criaturas mitológicas de ojos implorantes y famélicos, recién nacidos abandonados en pañales en la anteiglesia durante un día de tormenta y criados en medio de penurias indescriptibles, niños necesitados de nuestra ayuda, a los que se utilizaba ya fuera como dispositivo automático para generar sentimientos de culpa en una versión doméstica de la lejana Biafra (“No puedes dejarte la tortilla en el plato, piensa en los huérfanos de la Iglesia”), o como incentivo motivacional para despertar nuestra generosidad, un incentivo en clave corporativa, porque el verdadero objetivo era ganar el premio al niño más generoso del año.
[Publicidad]
Durante cuatro años seguidos, gané el Premio Italiano con suma facilidad. El primer año yo era la única de la clase que sabía leer y escribir, y luego viví más o menos de las rentas, entre otras cosas porque nadie estaba particularmente interesado en quitarme esa plusmarca, considerando que el premio consistía en un par de cuadernos a rayas y un boli bic. Los premios de Matemáticas, Historia, Geografía y Ciencias podían presumir de un reparto más heterogéneo de ganadores, pero lo que se disputaban eran cuadernos cuadriculados, atlas y, como mucho, un libro ilustrado de Historia en el que la única perversión era buscar las imágenes de mujeres semidesnudas, o por lo menos un muslo que sobresaliera de un péplum. En cambio, con el Premio Generosidad lo que nos disputábamos eran juguetes de verdad y durante cuatro años solo hubo una ganadora moral y efectiva: Vania Millefoglie.
Vania era una niña rubia y muy dulce, como dejaba entrever su estúpido apellido, que la inducía a llevar a clase un milhojas comprado en la pastelería el día de su cumpleaños. La maestra Devota la llamaba “cachorrita” y le acariciaba su melenita suave y lisa al entregarle, al final del curso:
En primero de primaria: una barbie.
[Publicidad]
En segundo de primaria: un pequeño pony (falso).
En tercero de primaria: un muñeco del Equipo A.
En cuarto de primaria: una caja del programa televisivo “El almuerzo está servido”.
[Publicidad]
Vania se sonrojaba puntualmente, daba las gracias y pronunciaba su desgarrador discurso, en el que declaraba ser una niña afortunada y que con mucho gusto donaría el premio a los huérfanos de la Iglesia (especialmente en tercer curso, cuando le tocó el muñeco de “Fénix”). La maestra Devota nos pedía que le diéramos un aplauso y luego, sin dejar de acariciar la cabecita de su cachorrita, la tranquilizaba:
—No, Vania, tú ya has hecho mucho por los huérfanos de la Iglesia. Esto es tuyo, te lo has ganado. Ahora, recemos.
Vania había logrado hacerse cada año con el Premio Generosidad gracias a que destinaba al tarro para los huérfanos de la Iglesia el dinero suelto que sus padres le daban cada día para comprarle la merienda al sujeto grasiento que nos vendía unas pizzas pequeñas rojas y blancas en el colegio, una contrata quinquenal vagamente sospechosa. Nuestros ojos codiciosos la veían ayunar con una sonrisa de felicidad en los labios.
[Publicidad]
Un día, un compañero de clase decidió desafiar a la maestra Devota:
—Maestra, si me enseña a los huérfanos de la Iglesia, le prometo darles mis zapatillas de tenis.
La maestra Devota reaccionó poniéndonos al corriente del deplorable escepticismo de santo Tomás. Al día siguiente Vania apareció en clase con un par de zapatillas rosas Superga en la mano:
[Publicidad]
—Maestra, son para los huérfanos de la Iglesia.
El gesto nos costó cinco minutos de sentido aplauso.
En quinto curso decidí que sería yo quien ganara el premio de los cojones.
Por desgracia, mis padres no me daban dinero para comprar una pizza en el colegio, sino que me preparaban ellos mismos un bocadillo. Pero el fondo de los bolsos de mi madre siempre estaba forrado de calderilla, así que empecé a robarle monedas y a dejarlas tintinear ruidosamente en el tarro de ofrendas. En el recreo, me escondía en el váter para comerme mi bocadillo. Una vez terminado el recreo, me volvía hacia Vania, con la sonrisa impregnada de emmental y jamón de York.
—Maestra —dijo Vania antes de Navidad—, me gustaría hacer más por los huérfanos de la Iglesia.
Al día siguiente, trajo unos suéteres, una manta y un peluche con forma de koala.
El niño que se había atrevido a pedir pruebas de la existencia de los huérfanos de la Iglesia nos dijo que se había encontrado a la maestra Devota en el supermercado junto con su hija, y que la niña llevaba uno de los suéteres de Vania, pero como ya se había convertido en santo Tomás, nadie le hizo mucho caso. Yo nunca me había molestado en investigar el estatus ontológico de los huérfanos de la Iglesia: su existencia, para mis propósitos, no me parecía de gran relevancia, como nunca me había parecido fundamental creer en la existencia del Niño Jesús cuando rezaba una oración, o la de Adán y Eva cuando la maestra Devota se prodigaba en extraños azares cognitivos, intentando salvar a la vez la cabra y la col, el árbol del bien y del mal y los Homo sapiens. A fin de cuentas, lo único que quería era ganar el Premio Generosidad.
Una tarde, durante las vacaciones de Navidad, mi madre le dijo a Elvira, la señora que venía a limpiar a casa, que estaba muy dolida por su comportamiento. Se había dado cuenta de que le estaba robando dinero del bolso.
—A mí, que hasta te he comprado un panetone de marca —añadió, con un deje de rabia que iba a sumarse a su dolor.
Elvira protestó con indignación al principio, pero luego poco a poco fue cediendo, mientras mi madre movía la cabeza implacablemente, hasta llegar a un ultimátum:
—Si confiesas, te perdono y no te despediré.
Así que Elvira admitió ese crimen que no había cometido y yo me sentí fatal. Había asistido al interrogatorio desde el pasillo y sabía que debería haber intervenido, pero no lo hice. El fin justifica los medios, me dije y, dadas las circunstancias, decidí rehabilitar el estatus ontológico de los huérfanos de la Iglesia. Lo hacía por ellos: enfangar a los pobres para dar a los pobres.
Pero, en ese momento, me encontré metida en un enorme dilema: ¿debía seguir robando la calderilla y provocar el despido de Elvira, con su indemnización de panetone de marca, o poner fin a los robos y hacer peligrar mi premio? Evalué la situación atentamente. Si mi madre la despedía y contrataba a otra mujer, solo para encontrarse otra vez sin calderilla, ¿encauzaría sus sospechas hacia otra persona? ¿Me expondría a semejante riesgo? Pensé que, si dejaba las cosas como estaban, quedaría claro que Elvira había sido la ladrona y que, afortunadamente, había aprendido la lección y eso. Cosa que mi madre no se cansaba de repetirnos, ni a mí ni a ella. Cuando Elvira nos abandonó, al final, por voluntad propia, se aseguró de robar el dinero directamente del cajón de mi padre. Un fajo de billetes. Mucho respeto.
En todo caso, yo seguía teniendo el problema de dónde conseguir más calderilla. La reflexión me provocó dos días de fiebre falsa, porque no podía presentarme en la escuela sin mi óbolo. Luego, al tercer día, llegó la iluminación: ¡el frasco de las donaciones!
Me sorprendió que a nadie se le hubiera ocurrido en todos esos años. Volví a clase y esa primera mañana me salté la donación, pero, al final de la tarde, cuando me quedé en el colegio esperando a entrar a la clase de gimnasia artística a la que asistía los jueves por la tarde, regresé a hurtadillas al aula, abrí el armario, saqué el frasco, eché su contenido en un par de medias, guardé el frasco y volví al gimnasio.
Al día siguiente, la maestra Devota nos esperaba en clase con su habitual palidez catecúmena, que se había teñido de un tono antracita. El frasco vacío señoreaba el centro del escritorio del profesor, irradiando una sensación de amenaza en el aire.
—Alguien ha decidido hacer llorar a los huérfanos de la Iglesia —afirmó la docente—. Pero no dejaremos que se salga con la suya.
Esa mañana rezamos durante mucho tiempo al Niño Jesús para que nos señalara el camino, pero también al culpable. El aula vibró con un terror sólido. No tengo idea de cómo debieron de ser esos largos minutos de oración para el niño judío. ¿Sentiría sobre él la acusación silenciosa de la maestra?, ¿su posible transformación en chivo expiatorio? Pero, afortunadamente, nada de eso ocurrió.
Parte del dinero de las donaciones se reemplazó con lo que nuestros padres nos habían dado para una excursión al Museo Etnográfico Pigorini. Así que nos quedamos para siempre sin saber todo lo que tenían que decirnos los olmecas y los totonacas. El resto siguió llenándose gracias a los ayunos diarios de Vania y a mis nuevas ofrendas, realizadas con las antiguas ofrendas, según un principio de circularidad kármica que podría haber tendido al infinito.
Y, por fin, llegó el día de la entrega de premios, y después de recibir los dos cuadernos y el bic azul habituales, esperaba ansiosamente el anuncio. La maestra Devota jugó la carta del suspense al recordarnos la terrible atrocidad que había ocurrido ese año y nos pidió que reflexionáramos en lo más profundo de nuestro corazón sobre la gravedad del asunto. Luego pronunció el nombre, ese nombre, ese nombre de los cojones: Vania Millefoglie.
Partí el bic en dos.
[Publicidad]









