Hace más de cincuenta años, la editorial Siglo XXI empezó a publicar mi Cristiada en tres tomos. La sigue editando hasta la fecha. Mientras, el tema no dejó de perseguirme, por eso publiqué La Cristiada en Colima, luego, con el apoyo fabuloso de Víctor Toledo, El conflicto religioso en Oaxaca, 1926-1938. En 2010 el Instituto Cultural de Aguascalientes publicó Cristeros. Testimonio fotográfico. La apertura de los archivos en México y en la Santa Sede me empujó a escribir La Cruzada por México, los católicos norteamericanos y el conflicto religioso, luego “Si se pueden llamar arreglos”. Crónica del conflicto religioso, 1928-1938, y, en este año de gracia de 2026, con Juan Carlos Casas García, El Obispo Ignacio Valdespino y el conflicto religioso. Antología documental, 1927-1928. El joven historiador Alfonso Salas subió al éter la colección fotográfica () que deposité en la Fundación Carso con otro material sobre la Cristiada. A la Universidad Notre Dame, confié la preservación de las entrevistas grabadas entre 1967 y 1973. Actualmente, el periódico El Universal, que yo había leído en aquel entonces para los años 1926-1929, termina de digitalizar todo lo que publicó sobre el conflicto religioso, desde su inicio hasta su final. Y me falta mencionar a todos los historiadores nacionales y extranjeros, jóvenes y no tan jóvenes, que estudian la Cristiada en sus dimensiones regionales y sociales, el papel de la mujer, la participación de las comunidades indígenas, el exilio-refugio masivo a los EEUU…

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Ahora el centenario de la entrada en vigor de la Ley Calles, que fue la chispa en un barril de pólvora, de la suspensión del culto público (no de los sacramentos) decidida en Roma, contra la sabia opinión de la mayoría de los obispos, de los primeros enfrentamientos sangrientos, preludio a la Cristiada, este centenario y su inevitable conmemoración me obligan a decir que no me encanta la celebración. ¡Qué bueno que los cristeros ocupen ahora el lugar que les corresponde en la historia de México y de la Iglesia católica! Sin embargo, comparto la opinión de mi querido David Rieff en su Apología del olvido: con motivo de cualquier aniversario de un acontecimiento histórico, vale la pena preguntarse: ¿conmemorar o no conmemorar? La tan cacareada “memoria colectiva” no es tanto un imperativo moral, como una opción. La memoria histórica – que no es lo mismo que la historia- puede ser tóxica y, a veces, lo correcto es olvidar. Paul Valéry nos enseñó hace mucho, en 1931, que “la historia – él habla de la memoria histórica colectiva- es el producto más peligroso que la química del intelecto haya elaborado. Sus propiedades son bien conocidas. Hace soñar, emborracha los pueblos, les engendra falsos recuerdos, exagera sus reflejos, entretiene viejas heridas, los atormenta en su descanso, los conduce al delirio de grandeza o al delirio de persecución y vuelve las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas.”

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Año aproximado 1925. general Joaquín Amaro, general Plutarco Elías Calles, general Vicente Riva Palacio. Crédito: Fototeca de El Universal
Año aproximado 1925. general Joaquín Amaro, general Plutarco Elías Calles, general Vicente Riva Palacio. Crédito: Fototeca de El Universal

Hay que tenerlo presente a lo largo de los años 2026-2029 que celebrarán el centenario de 1926-1929, de un conflicto religioso que engloba la cristiada. Pero que es mucho más que la cristiada. Ahora escribo “cristiada” con “c” chica, porque Cristóbal Acevedo, uno de los hijos de don Aurelio, general cristero y gobernador civil del Estado paralelo de Zacatecas, me enseñó que ellos, los cristeros, la escribían con mayúscula, con referencia directa a Cristo. Ellos, sin duda, hicieron su guerra para defender “Su religión”, la de Cristo. Cuando escribo “la cristiada”, es en referencia a los cristeros y a su guerra. Perdón por insistir, pero si Usted abre mi primer libro, verá que está dedicado “a Aurelio Acevedo y a los compañeros de la imposible fidelidad.”

A cien años de distancia, hay que ser generosos con todos los actores de la tragedia. En el gobierno del misterioso presidente Calles, o al servicio del Estado, había católicos importantes como Alberto Pani, Manuel Gómez Morín, fundadores de instituciones, el general Manuel Ávila Camacho que se casó discretamente por la Iglesia y advertía a los cristeros de no encontrarse en tal lugar porque al día siguiente iba a salir dizque en expedición punitiva. Muchos gobernadores callistas no aplicaron la Ley Calles que acorralaba a los católicos y, en acuerdo discreto con sus obispos, evitaron el recurso a las armas. Vean mi libro sobre Oaxaca. Muchos obispos, por cierto, no estaban a favor de la lucha armada; lean al de Aguascalientes, Ignacio Valdespino, “mi querido Nachito” le decía Monseñor Pascual Díaz, el futuro arzobispo de México, y él le contestaba: “mi querido Baylon”. En Roma, en el gobierno supremo de la Iglesia, en la Curia de la Santa Sede, imperaban la división y la confusión. Además, y aquellos no aparecen en mi estudio de la guerra, fueron incontables los católicos, de todas las clases sociales, hombres y mujeres, que lucharon pacíficamente para defender su fe. Así que falta todavía mucho por estudiar. Sigo siendo ignorante, como Plutarco Elías Calles cuando confesó a un familiar: “No sabía que en cada hogar mexicano estaba una virgen de Guadalupe. De haberlo sabido, no se hubiera hecho lo que se hizo.” ¿Por qué dije “misterioso Calles”? Porque sus hijas, doña Hortensia y doña Alicia me contestaron: “Nunca entendimos, ni supimos porque nuestro padre odió tanto a la Iglesia. Todos y todas fuimos bautizados y confirmados, nos casamos por la Iglesia.” Natalia Almada, descendiente de don Plutarco, le dedicó un buen documental: El General (2009)

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Nosotros, en 2026, sabemos más, sin saberlo todo. Sabemos lo suficiente para no permitir que la conmemoración del centenario del conflicto religioso sea motivo para dividirnos, engendrar falsos recuerdos, abrir viejas heridas, fomentar un delirio de persecución o de grandeza. No vayan a desenvainar espadas unos nostálgicos de las guerras civiles, que no salten a la palestra los ayatolas soñadores de un régimen teocrático o paladines de un anticlericalismo trasnochado. Hago mío el mensaje pastoral firmado por todos los obispos de la provincia de Guadalajara el 24 de febrero de 2026: “Centenario de la Cristiada: Memoria, Unidad y Compromiso de Paz”. Sus líneas generales son: una mirada objetiva hacia el pasado para reconocer los errores y las faltas de todos; veneración de los mártires que murieron pacíficamente a causa de su fe; respeto por la valentía de los cristeros; construcción de un México reconciliado, justo y pacífico.

La fe es un bien material muy concreto nos dice el historiador estadounidense Roberto Orsi, hijo de italianos, en su libro History and Presence (2016). Eso explica las reacciones del pueblo mexicano, tanto las defensas pacíficas de la Iglesia de las catacumbas, como la defensa armada de la Iglesia militante de los laicos que se lanzaron a la gran guerra de tres años, su Cristiada, luego a la interminable guerrilla de los años 30s, cuando el Papa había prohibido defender a la Iglesia por las armas. Esos irreductibles de la “Segunda”, los “últimos cristeros” (vean la película del mismo nombre, realizada por Matías Meyer (2010), película inspirada por la novela muy histórica de Antonio Estrada, Rescoldo. Los últimos cristeros) contestaron al doble mensaje amenazador del Jefe de Operaciones Militares de Durango y de la Iglesia: “nuestro compromiso no es ni con el Estado, ni con la Iglesia, es con Nuestro Señor”. Y no olviden lo que me dijo Juan Rulfo, testigo del conflicto durante su infancia y adolescencia: “Si no toma en cuenta a la mujer, usted no entenderá nada a la Cristiada.”

La Cristiada fue una prueba terrible para el pueblo mexicano. 250,000 muertos, dice el general Luis Garfias, especialista de historia del Ejército mexicano. 1,500,000 refugiados en los EEUU, informan los servicios demográficos de nuestro gran vecino. En aquel entonces Chicago y Los Ángeles se convirtieron en ciudades mexicanas. Por lo tanto, es justo que deba recordarse y conocerse la tragedia, sin que se cultive el odio y el rencor. Cuando inicié mi investigación, en 1964-1965, a mis escasos 22/23 años, los cristeros no existían, ni para la Iglesia, ni para el Estado. Cuando mucho, unos historiadores que reconocían su existencia física los descalificaban como paramilitares de una derecha fascista, guardias blancas de los hacendados o, en el mejor de los casos, unos peones estúpidos manipulados por el clero y los grandes propietarios para evitar la reforma agraria.

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Hoy historiadores y sociólogos de diversas obediencias dicen que la Cristiada fue un movimiento popular y que la dimensión religiosa fue el factor decisivo y sincero de la insurgencia. El editor de mi cristiada, fundador de la editorial Siglo XXI, el admirable Dr Arnaldo Orfila, era un hombre de izquierda y Siglo XXI publicaba los grandes clásicos del marxismo histórico y contemporáneo, Althusser, Nikos Poulantzas, Étienne Balibar. Sin embargo, fue él que, personalmente, impuso a su reticente consejo editorial la publicación de “La Cristiada”, después de averiguar con Antonio Alatorre esa palabra ausente del Diccionario de la Real Academia. Sigo reiterando mi agradecimiento y mi admiración por don Arnaldo.

Si la fe es un bien material muy concreto, es también cierto que, en todo conflicto de estas proporciones, tanto en duración (1926-1938), como en extensión geográfica, no hay una motivación única. Más factores entran en juego, factores que se transmutan al entrar en contacto unos con otros. Para algunos, quizá para muchos, la llegada del ejército, los fusilamientos sumarios, las violaciones de las mujeres, el saqueo, el robo del ganado que ciertos generales subían a trenes enteros para exportarlo a EEUU, fueron más decisivos que la suspensión del culto o el cierre de los templos. No faltaron amantes de lo ajeno que aprovecharon la oportunidad; los hubo revolucionarios decepcionados o traicionados, partidarios de los vencidos de la rebelión delahuertista, o de Serrano y Gómez; agraristas maltratados por sus nuevos caciques, antiguos villistas deseosos de pelear ahora por una “buena causa”, para lavar sus pecados anteriores, zapatistas que nunca perdonaron la traición de la cual fue víctima Emiliano: el general Benjamín Mendoza, uno de los firmantes del Plan de Ayala, jefe de la División (cristera) de los Volcanes, mandó imprimir en su papel membretado: “Agua, Tierra y Libertad ¡Viva Cristo Rey, viva la Virgen de Guadalupe!”.

Para muchos, sin embargo, la suspensión del culto y los violentos inventarios del mes de agosto de 1926 fueron la gota que derramó el vaso; gente pacífica que, durante muchos años había aguantado el caos de la revolución, luego los cuartelazos y la corrupción excesiva de los primeros años 1920s, gente que hubiera seguido aguantando más de lo mismo, dijo ¡ya basta! Para aquellos, el factor religioso fue decisivo. Escuchen su voz, a la distancia:

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El corazón de Calles estaba endurecido. No hubo remedio, la revolución estalló en el mes de enero de 1927, grupos de católicos de veras valientes se levantaron en armas contra el gobierno de Calles al grito de Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe, y madres hubo que lamentaban no tener hijos para mandar a la lucha, otras que contaban con un solo hijo con gusto lo despedían.

Acuérdense de lo que dijo Juan Rulfo.

Hacía 18 años, cuenta don Ezequiel Mendoza Barragán, del rancho de las Pingüicas, Coalcomán, Michoacán, que yo era fiel sirviente del gobierno civil y militar en aquella zona que desde mucho tiempo antes estaba a mi cargo. He aquí que el César, inducido por el diablo, empezó a maltratar a mi Santa Madre la Iglesia, a encarcelar, robar, ultrajar familias, a matar sacerdotes y católicos, y nosotros aguantando, a ver si en eso topa, y ellos a tope y tope, y nosotros no les topamos, por eso ellos se creen la gran cosa. Ustedes saben cómo se han enviado muchas cartas-súplicas y más protestas a Calles, a sus animadores barberos, y todo ha sido fallo para nosotros, ellos quieren que les hinquemos la rodilla y los adoremos. No nos queda otra sino arrancarles sus rifles y pegarles entre la quijada y la oreja como lo hicimos ayer en Tepeque (Tepalcatepec). Además, tenemos nuestra Reina y Madre la Virgen de Guadalupe, ella nos recomendará con su Padre, con su Hijo y con su esposo el Espíritu Santo.

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Sobre la base de un discurso semejante, la gente se fue a la guerra, casi sin armas y sin organización previa, ni experiencia militar. Sin la motivación religiosa, no hay Cristiada. El presidente Plutarco Elías Calles no había previsto las consecuencias cuando puso en marcha, o dejó poner en marcha, con el intento de Iglesia cismática católica, apostólica, mexicana en 1925, el mecanismo fatal que llevó a la rebelión, a la revolución de los cristeros, que se llamaban a sí mismo “libertadores”. Álvaro Obregón, genio militar y el político mexicano más inteligente de toda la revolución, bien se lo había advertido: “Plutarco (los que lanzaron el cisma) nos están llevando a un pantano donde nos hundiremos todos.” Por cierto, desde agosto de 1926 hasta su asesinato en julio de 1928, por un joven católico muy posiblemente y hábilmente manipulado, no se cansó de buscar una solución diplomática al conflicto, para poner fin a la guerra cuanto antes. Con la ayuda de católicos mexicanos y norteamericanos, como su amigo el obispo de Brooklyn. El obispo Valdespino documentó muy bien sus intentos.

El Papa Pío XI, convencido por unos pocos obispos y jesuitas mexicanos, que la suspensión del culto público era indispensable para salvar a la Iglesia, tampoco había previsto las consecuencias de tal decisión. No faltaron los espíritus lúcidos en ambos lados. A un Ignacio Valdespino, obispo de Aguascalientes, partidario de un compromiso racional y razonable, corresponde un Silvano Barba González, gobernador de Jalisco. Pidió audiencia al presidente, en julio de 1926, justo antes de que entrara en vigor la Ley Calles. Tuvo la suerte de entrevistarle y me contó el diálogo que tuvo con Plutarco Elías Calles.

Barba González- “Señor Presidente, estoy sumamente preocupado por la dirección que toma el conflicto religioso, la gente se va a alzar en armas”.

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P. E. Calles- “No, no. Los católicos no se alzarán. La mayoría son mujeres y viejos que creen en el más allá por miedo a la muerte.”

Barba González- “No, señor Presidente, le aseguro que en Jalisco no es así, los católicos son bravos.”

Calles- “Jalisco es el gallinero de la república. Si se alzan en armas, mejor para nosotros que para ellos, así los aplastaremos de una vez por todas.”

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El Presidente se dirige luego al general Joaquín Amaro, secretario de la Defensa, que asistía al encuentro y le pregunta:

-“General, ¿en cuanto tiempo podemos aplastarlos?”

Joaquín Amaro- “En tres semanas, mi general.”

Barba González- “Esperemos que no hagan falta tres años.”

Don Silvano (Barba González) me regaló sus memorias. Al final del encuentro, me comentó: “¡Qué gallos le salieron de aquel gallinero!”. Necesitaron tres años, no para aplastarlos, sino para negociar los “arreglos”, “si se pueden llamar arreglos…”. Don Silvano conocía muy bien su gente; había sido militante de la Acción Católica durante su juventud y era hombre de paz. Por desgracia, la hora era a los radicales, intransigentes del “todo o nada”, en ambos lados.

Napoleón tuvo que hacer la paz con la Iglesia para desarmar a los campesinos católicos de la Bretaña y de la Vendée, esos “chuanes” que los jacobinos masacraron sin éxito: el “genocidio franco-francés” costó 250,000 vidas y no acabó con los guerrilleros. Le pasó lo mismo al gobierno del general y presidente Plutarco Elías Calles. En junio de 1929, gracias a la mediación multinacional a la cual participaron los Estados Unidos, Chile y Francia, se concluyeron los “arreglos”, repicaron las campanas para anunciar el restablecimiento del culto y los “libertadores” se fueron a su casa sin tomarse la pena de buscar el salvoconducto prometido que no serviría de nada. Al mes, Columbia Records de Nueva York sacó El arreglo religioso, de A.A. Cárdenas Pinelo (Yucho), versión grabada por Los Cancioneros de Sonora:

Las leyes de la Reforma

Que habían sido letra muerta,

Tomaron vigor y forma

Al terminar De la Huerta.

Vino como consecuencia

Una cruel persecución

Y no hubo libre conciencia

Ya ni en la constitución.

Fue en el año veintidós

Que tuvo principio el mal

Al decretar la expulsión

Del delegado papal.

Fue en el año veintiséis,

Floreció la intransigencia

Al declararse la guerra

A la fe de la conciencia

Y en la lucha fratricida

Por valles, montes y llanos

Nunca pudo ser vencida

La fe de los mexicanos.

Es que nuestra religión,

Por la que damos la vida

El alma y el corazón.

Nunca pudo ser vencida.

Hoy por eso las campanas

Repican con tanta prisa,

Llamando a los mexicanos

A la Iglesia y la misa.

Ya no hay tiros ni trancazos,

Todito está arreglado.

Ahora sí, puedo casarme

Por la Iglesia y el estado.

Cesó la intransigencia,

Volvió la paz a reinar,

De libertad de conciencia

Ya podemos disfrutar.

México ha reconquistado

Su gloriosa religión,

La del gran cura Hidalgo

Y Morelos y Pavón.

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