En situaciones como esta, uno pensaría que bastaría con decir “gracias” en todos los tonos posibles. Pero, en la medida en que uno reflexiona sobre la magnitud de las gracias recibidas a lo largo del tiempo —sobre todo cuando ya suman ochenta años—, se da cuenta de que no basta, de que habría que decir mucho más para dimensionar el tamaño de ese agradecimiento.

El primero de ellos sería, como el de Violeta Parra, para estar a tono con mi generación: “Gracias a la vida que nos ha dado tanto”. Pero también gracias a los autores de esta vida: nuestros padres, que en mi caso —como quizá en el de todos— hicieron mucho. Tal vez no tengan mayor mérito que el de seguir el curso de la vida, pero una vez que aparecen en escena se preocupan por darnos lo mejor de sí mismos en los asuntos del espíritu y lo mejor de sus posibilidades en los temas materiales. Y eso, en mi caso, sin ser sobreabundante, fue más que suficiente para darme una infancia y una adolescencia felices, y para proporcionarme las mejores armas para defenderme en la vida.

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Las del pensamiento y la lectura; las del aprecio por las artes y por la inteligencia como valores mayores de la existencia humana. Lo mismo disfruté de la Feria del Libro de la Ciudadela que de la juguetería La Bella Nápoles, en el Centro Histórico de la Ciudad de México; de las playas de Acapulco y de Tuxpan, que de las calles de ciudades del Bajío, recorridas a través de carreteras estrechas y sinuosas que disfrutamos antes de la inauguración de las autopistas.

Pero quizá la mayor riqueza y la mejor arma que me dieron mis padres fue la confianza en los demás: la buena fe, la empatía personal sin prejuicios, sin recelos y sin miedos. Una confianza seguramente exagerada, que hubo de acarrearme muchas frustraciones y decepciones, pero que, frente a la maldad del mundo, hoy —a los ochenta años— estoy convencido de que fue la mejor defensa para conservar el optimismo, la fe y la esperanza en las múltiples situaciones en las que he sobrevivido.

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Ciertamente, he enfrentado —como todos— frustraciones y desengaños, sobre todo porque una parte de mi vida la he transitado por las vías de la política. Pero, aun así, sigo conservando la confianza en el género humano. No hay frustración que no resista un nocturno de Chopin, un concierto de Revueltas, Mozart o Beethoven, un poema de William Shakespeare o de López Velarde. Si tenemos el Réquiem de Mozart para lamentar el 2 de octubre, también lo tenemos para recuperar los ánimos y seguir adelante. Y si tenemos la música ranchera para lamentar un mal amor, tenemos a Octavio Paz y a Neruda para volvernos a enamorar.

Me ha tocado vivir los mejores y los peores años de México y de la existencia humana. Nací al final de una guerra marcada por las explosiones atómicas en Japón, pero también por el descubrimiento de vacunas y la cura de decenas de enfermedades. He sobrevivido a una pandemia particularmente mortífera en mi país, agravada por la irresponsabilidad de algunos, pero también por las banderas blancas de muchas enfermedades, en cuya lucha participaron desde las trincheras de la salud mi admirado padre —médico— y mi dulce madre —enfermera—. Yo lo he intentado desde las trincheras de la cultura.

Esa decisión, ahora lo pienso, la tomé la trágica tarde del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, cuando confirmé que la violencia no era un camino para mí y que haría todo lo posible por evitarla en mi vida. Con el transcurso del tiempo confirmé que la cultura era el mejor espacio para combatir la injusticia y la desigualdad.

Sin atribuirle virtudes mágicas, la cultura y el arte no nos hacen necesariamente mejores seres humanos, pero sí nos alientan, al menos, a intentarlo. Son un camino para entender la otredad. Sin embargo, la imagen idílica de generales nazis escuchando a Mozart en un campo de concentración me advirtió también de sus límites.

México, afortunadamente, goza de una gran tradición en el terreno cultural, en el sentido más amplio de la palabra.

Gracias al genio y la generosidad de varias generaciones que encabezaron Justo Sierra y José Vasconcelos, y que más tarde continuaron personajes como Jaime Torres Bodet y Jaime García Terrés, entre muchos otros, me tocó estar en uno de los principales faros culturales del país: la Universidad Nacional Autónoma de México. Mi cercanía con ella fue alentada por mis maestros de la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales: Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, Francisco López Cámara, Pablo González Casanova y Henrique González Casanova.

A ellos se sumarían quienes considero mis modelos ideales y maestros a distancia: Javier Barros Sierra y Jesús Reyes Heroles. Gracias a ellos pude comprender mejor cómo vincular los quehaceres políticos con el arte y las humanidades.

Tuve la oportunidad de vivir momentos históricos únicos. A lo largo de mi vida he estado vinculado a la lucha y promoción de la democracia en México. Desde antes de 1968 fui testigo de movimientos sociales fundamentales, como las luchas campesinas encabezadas por Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas, así como de los movimientos guerrilleros afectados por la llamada guerra sucia. Observé también las luchas sindicales de maestros, ferrocarrileros, médicos y universitarios durante la década de los sesenta, además de la “brega” democrática encabezada por Acción Nacional. Estas experiencias marcaron profundamente mi trayectoria en la vida política mexicana.

Para muchos, esta etapa culminó hace algunos años; sin embargo, considero que apenas comienza, pues aún queda por enfrentar retos cruciales: consolidar, ampliar y preservar la democracia frente a la intolerancia y otras amenazas autoritarias.

La democracia es una forma de vida, de convivencia colectiva que requiere práctica constante, ensayo y error, como lo demuestra la historia de las democracias más antiguas y consolidadas del mundo. Hoy observamos cómo incluso sistemas sólidos enfrentan el embate de figuras agresivas y caprichosas que desafían los límites legales, poniendo en riesgo avances democráticos y derechos cívicos, no solo de sus conciudadanos, sino de los habitantes del mundo entero.

Nunca imaginé que volveríamos a presenciar guerras en el corazón de la civilización occidental. Hoy, Ucrania nos muestra cómo reaparecen escenas aterradoras en Europa, mientras que en Medio Oriente persiste una violencia alimentada por la codicia, la intolerancia y la incomprensión. Todo ello podría llevarnos al pesimismo sobre el futuro de la civilización. Sin embargo, si así lo decidimos, también podemos reflexionar sobre las virtudes de nuestra sociedad.

La antigua y romántica idea de que cada generación sería mejor que la anterior hoy se debilita, y a veces nos lleva a no esperar cambios positivos. Sin embargo, no dejan de sorprendernos muestras de resiliencia, lecciones de vida y actos de generosidad que prueban lo contrario.

No me cabe la menor duda de que una de las mejores decisiones de mi vida fue inscribirme en esta Universidad, siguiendo el ejemplo de mi padre, y dedicarme a ella por más de cincuenta años. Esto me ha permitido vivir dignamente, recibir una excelente educación y compartir mi cotidianidad con una comunidad intelectual de alto nivel, entre alumnos y profesores, entre quienes he cultivado amistades y conocido mujeres maravillosas con las que he compartido parte de mi vida.

Hilda me dio el lujo y el privilegio de su compañía y de la paternidad. De esa unión nació Constanza, mi mayor lujo existencial, cuya generación —junto con la de mis alumnos—, con su sensibilidad e inteligencia, me alienta cada día a vivir más y renueva mis esperanzas en el futuro de la humanidad.

La amistad ha sido siempre parte esencial de mi fe en la humanidad. La lista es enorme y podría omitir a algunos. Afortunadamente, la mayoría aún vive; hay muchos otros que lamentablemente ya no están. No exagero si digo que pienso en ellos casi a diario.

Hoy quiero agradecer al señor Rector de nuestra Universidad no solo su significativa presencia, sino el haber permitido y alentado esta ceremonia, así como su interés en ella. Agradezco tambien las oportunidades laborales que me brindaron Víctor Flores Olea, Feredico Reyes Heroles, Rafael Tovar y de Teresa (QPD), Jorge Castañeda y Juan Ramón de la Fuenta que han sido fundamentales en mi desarrollo profesional y personal. Para mí, todo ello representa la mejor recompensa de una vida dedicada a la Universidad, desde los pupitres y los mimeógrafos de Ciencias Políticas, hasta el despacho de la Coordinación de Difusión Cultural.

Quiero agradecer también a quienes participaron en la organización de esta reunión: a la Coordinadora de Difusión Cultural, Rosa Beltrán, a su equipo y a los amigos que se sumaron a ellos.

Esta Universidad ha sido protagonista de los principales cambios materiales, políticos y culturales de México. Gran parte de lo que hoy es nuestro país nació aquí. Me tocó vivir la construcción de un sistema político moderno en el que tengamos cabida todos, superando las exclusiones. Estamos lejos de consolidarlo, pero me enorgullece haber participado en él desde múltiples trincheras y haber comprendido, a cabalidad, el significado de nuestro lema:

Por mi raza hablará mi espíritu.

Muchas gracias.

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