En los últimos años hemos visto un auge en el denominado lenguaje inclusivo. A pesar de saber que, en el uso correcto de la lengua, cuando hablamos de todos, nos referimos por supuesto a hombres y a mujeres por igual.

Sin embargo, hoy en día se ha vuelto indispensable hablar de todos y todas, de chiquillos y chiquillas (Fox dixit), niños y niñas. Por no hablar de “todes”, “todxs” o “tod@s”, que se vuelven impronunciables. Aunque siempre hemos usado el saludo de respeto de “señoras y señores”, en la actualidad hablar con propiedad se ha vuelto un deporte de riesgo.

Como editores y encargados del uso correcto del idioma en los libros y revistas que publicamos, el tema es de suma importancia. ¿Hasta dónde debemos y podemos las editoriales incorporar el lenguaje inclusivo en nuestras publicaciones?

Claudia Sheinbaum ha defendido el uso de “presidenta”, reconocido por la RAE. La discusión en torno al término ilustra cómo el lenguaje se vuelve terreno de disputa simbólica y política. Crédito: Archivo de El Universal
Claudia Sheinbaum ha defendido el uso de “presidenta”, reconocido por la RAE. La discusión en torno al término ilustra cómo el lenguaje se vuelve terreno de disputa simbólica y política. Crédito: Archivo de El Universal

El tema se discutió de manera ejemplar y por demás interesante en el “Foro de la Industria Editorial: postpandemia, presente y futuro”, organizado en 2021 por la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana.

La mesa sobre lenguaje inclusivo y comprensión lectora fue moderada magistralmente por el ilustre editor y querido amigo Joaquín Díez-Canedo, y contó con la participación de Concepción Company, integrante de la Academia Mexicana de la Lengua, y de la editora y también querida amiga, Trini Vergara.

¿De dónde surge la demanda del lenguaje inclusivo? El tema responde a un movimiento feminista importantísimo, que viene desde el Siglo XX, y se basa en la idea, que está en todas las cosmovisiones y tradiciones culturales, de que aquello que no se dice, no existe. Para que adquiera existencia algo, tiene que ser nombrado.

Es buscar estrategias de visibilidad para las mujeres, que no constituyen minoría, pero que son tratadas como tal en diferentes ámbitos en todo el mundo.

Para ello es importante entender el legado histórico de la lucha por la igualdad de las mujeres. A muchos nos parece hoy en día obvio que hombres y mujeres deberíamos de gozar de los mismos derechos y obligaciones, debido a la misma dignidad que nos confiere nuestra naturaleza humana, pero no siempre ha sido así (y lamentablemente sigue sin serlo). La historia es increíble y dramática, pero incontrovertible.

Desde la antigüedad y la edad media, las primeras normas escritas (como el Código de Hammurabi) establecían ya diferencias legales claras entre hombres y mujeres. Durante la inquisición una mujer podía ser fácilmente quedada viva, acusada de “brujería”, si se atrevía a expresar su opinión públicamente y a cuestionar a un hombre.

Durante siglos se consideró que las mujeres no necesitaban educación, pues su papel en la vida era servir a los hombres. Las mujeres no podían votar, firmar contratos o poseer bienes. El primer país en reconocer el derecho a votar de las mujeres fue Nueva Zelanda, en 1893, y en México no fue sino hasta 1953 que se reconoció este derecho.

Apenas en 1976 tuvimos en México a nuestra primera mujer senadora, en la figura de Griselda Álvarez, quien luego sería también la primera mujer gobernadora, en el estado de Colima. Contaba ella que, cuando llegó al Senado, aunque usted no lo crea, no había baños para mujeres. Hasta entonces todos los senadores habían sido siempre hombres.

Aunque parezca increíble, hoy en día existen todavía en México y en muchas partes del mundo, matrimonios forzados con niñas menores de edad. Un relato desgarrador de los atropellos inhumanos que sufren las niñas en la sierra de Guerrero lo escribió Jennifer Clement, presidenta emérita de PEN International, en su valiente obra Prayers for the stolen, que habría de convertirse luego en película de Netflix, con el título Noche de fuego. El libro es imperdible y la película muy bien lograda.

En otro continente, una niña paquistaní de 15 años, que luchaba por el derecho de las mujeres a la educación en su país, sufrió un atentado contra su vida en 2012 por parte de radicales talibanes. Se me revuelve el estómago de pensar en el nivel de cobardía que debe tener un hombre para intentar matar a una niña. Malala Yousafzai se convirtió, en 2014, en la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz. Desde entonces ha seguido promoviendo el acceso a la educación para niñas en todo el mundo.

En muchas regiones en el mundo persiste la pavorosa costumbre de la mutilación genital. La modelo, autora y activista somalí Waris Dirie narra en su autobiografía, publicada con el título de Flor del Desierto su horrenda experiencia de mutilación genital, que siguen padeciendo miles de niñas en África hoy en día, aunque de manera trágica muchas no viven para contarlo.

Apenas cuando conocemos todos estos antecedentes, es que podemos comenzar a comprender la batalla que han tenido que dar las mujeres para ser reconocidas como seres humanos en igualdad de condiciones que los hombres. Es justo en este contexto que se da el tema del lenguaje inclusivo, y lo entiendo.

El lenguaje incluyente, basado en esta idea filosófica de lo que se nombra existe y lo que no se nombra es invisible, tiene en la actualidad tres estrategias fundamentales:

Una es desdoblar masculino y femenino, como “queridas todas y queridos todos”

La otra estrategia es muy reciente, es utilizar, como en “todes nosotres”,

una e que es neutra, pero que se solapa como una e que ha estado siempre en la historia del español, como “comerciante o estudiante”, que es lo que se llaman géneros comunes. Siempre ha habido desdoblamiento de eso: como comerciantas, estudiantas, ha habido incluso fiscalas y miembras, eso está en la historia de la lengua.

Ha habido un acalorado debate a raíz de la insistencia de nuestra presidenta a que se le nombre como tal: presidenta. Si leyéramos un poco más, en realidad no habría razón para este altercado. En este caso, aunque en tantos otros esté profundamente en desacuerdo con ella, la presidenta lleva razón: el término presidenta es perfectamente aceptado por la RAE.

La agenda 2030 de las Naciones Unidas, en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, establece con toda claridad la meta de llegar a la equidad de género. Lamentablemente nos falta todavía mucho por recorrer. Los derechos de las mujeres son tristemente atropellados todos los días en todo el mundo.

Si, como dice Concepción Company, para lograr que se visibilice a las mujeres como seres humanos con los mismos derechos que los hombres, es necesario el desdoblamiento de los términos, como en “todas y todos”, yo me uno a la causa.

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