La rendirá mañana, en el , un homenaje a Gerardo Estrada (México, 1946) y le entregará el Reconocimiento Universitario. Activista en el Movimiento Estudiantil del 68, donde vivió en carne propia la noche del 2 de octubre, es catedrático desde hace 57 años en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, fue director del Instituto Nacional de Bellas Artes, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM y diplomático. Una larga trayectoria que lo ha llevado a oscilar entre la academia, la política y la gestión cultural, sin perder sus convicciones liberales, pese a que considera que “nunca he estado de ningún lado”. “Uno debe ser libre de pensar y este mundo es ancho y ajeno”, añade.

El pasado 5 de enero celebró su cumpleaños 80, la audacia y adrenalina de ser un activista en el 68 ha quedado atrás. “La vejez tiene su precio”, bromea Estrada, quien lleva año y medio en recuperación médica. Pero la agilidad intelectual continúa, el aficionado de la literatura japonesa reflexiona sobre el estado actual de la política cultural, sobre lo que devino el activismo estudiantil del 68 y la renuencia de la sociedad ante el cambio.

¿Qué ha significado esta larga carrera como profesor?

Es una delicia. Se fue como un suspiro, muy rápido, pero ha sido muy padre. No hay nada mejor que una vida universitaria. Tengo dos materias, Pensamiento político contemporáneo y siempre he dado un curso sobre el Sistema político mexicano, esa es muy fácil porque lo único que tengo que hacer es leer el periódico todos los días.

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¿Cómo es hablar de política con las nuevas generaciones?

Es difícil. Los jóvenes, si son inteligentes, son escépticos y críticos, debes acostumbrarte a que las nuevas generaciones nunca estén conformes con nada. Eso está bien porque me obliga a pensar más, pero a veces no quisiera que fueran tan desesperados, quieren los cambios para ya. Yo también los quise. Pensé que después del 2 de octubre se iba a caer el país y pues no, no se cayó nada y nadie le valió mayor comino. El 2 de octubre todo mundo gritaba “México” y el 12 de octubre todos estaban enloquecidos con los Juegos Olímpicos, se les olvidó todo y uno ahí, con la rabia metida. Lo que uno cree cuando tiene la edad de ustedes es que la gente quiere cambiar y sí, pero muy poco a poco. La gente es conservadora en general. Es difícil esa parte, uno espera un mayor cambio y no digo que las cosas no cambien ni mejoren, claro que pasa, pero sí es muy despacio.

¿Cómo fue la transición de ser parte del movimiento del 68 al trabajo institucional?

No diría que fue transición, al contrario, ha sido mi misma línea de pensamiento. Reconozco que puede haber un cambio, pero más que de manera de pensar fue de rol. Uno tiene que crecer, trabajar, mantener a sus hijitos, cambia el papel. Yo descubrí algo muy importante: el mejor lugar para cambiar al mundo es la universidad y el arte. La cultura es el mejor sitio donde puedes encontrar oportunidades de cambio.

Hay miembros del 68 en cargos públicos, Pablo Gómez, que declara que el INE no debería tener autonomía. ¿En qué devino el activismo?

Él conocerá a sus compañeros. Todos tenemos debilidades y necesidades humanas. Cuando uno es estudiante, es libre. Cuando creces, necesitas trabajar y cambian las necesidades y tu papel. Por supuesto que si te vas a corromper, te vas a corromper desde siempre, pero si no, no hay necesidad. Se puede ser funcionario público y ser honesto.

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¿Las instituciones culturales están preparadas para afrontar crisis internacionales y cambios tecnológicos?

Sí, la cultura es la vanguardia, lo nuevo, lo diferente. La cultura lo prepara a uno. Todo en el mundo cambia. En la cultura está el cambio permanente, como en la ciencia. Que a la gente no le guste y no esté preparada es otra cosa. No nos gusta vivir en la incertidumbre y la ciencia y el arte te dan incertidumbre, te hacen dudar.

¿Cómo evalúa los 10 años de la Secretaría de Cultura?

Nunca creí en eso, nunca creí que fuera mejor ser Secretaría que Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. La idea del consejo da la idea de que es más uniforme y parejo. Nunca he creído que la cultura deba manejarse jerárquicamente, de arriba hacia abajo, y una secretaría de Estado impone esa línea forzosamente. La cultura no se maneja así, por orden, se maneja por acuerdos, tampoco la ciencia. Se lo dije a Rafael Tovar en su momento, pero la gente quería tener otra jerarquía.

Ya con la Secretaría en gestión ¿cambió de parecer?

No, me reafirmó. La idea de manejar la cultura por jerarquías es totalmente equivocada, debe ser libre, debe ser creativa, inventiva e imaginativa… menos jerarquía.

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¿Por qué le parece que el INBAL es más conservador?

Por la autonomía, la Coordinación de Difusión Cultural (de la UNAM) es menos vertical que Bellas Artes y la Secretaría. Yo no era el jefe, nos organizábamos con los coordinadores de disciplina, nos distribuíamos el presupuesto, pero yo no daba órdenes de teatro o danza, cada quien era libre de hacer en su campo.

¿Cómo quitar esa verticalidad en las instituciones?

En gobierno es muy difícil, porque se requiere un gobierno central y además porque ya al ser secretaría de Estado, ahí juegan muchas ambiciones porque ya es una jerarquía mayor y tienes acceso al presidente de la República, facilita carreras políticas.

Al preguntarle si creía que las instituciones culturales están listas para enfrentar las crisis internacionales o si seguían al servicio de ascensos políticos, dijo que sí, pero con esta verticalidad parece que no.

Es una contradicción, pero así es y eso va en contra de la función de la cultura. O eres o no, o eres libre y autónomo, o no. Tratar con gente de cultura es tratar con la independencia y la rebeldía.

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¿Por qué es importante la cultura al hacer política?

Es un símbolo de poder, es una manera de seducir. Importa mucho porque la cultura es una de las armas de lucha política más importantes.

¿Qué consejo le da a quienesquieren hacer gestión y política cultural?

Prepárense para muchas frustraciones, pero tienen la mejor arma, la más sólida, la más atendida y puede apaciguar los ánimos.

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