Oratoria y educación; oratoria y maestros

Sofía Gutiérrez Larios

Berlín, Alemania.- Hoy he decidido hablar de un tema que, naturalmente, me apasiona; la Oratoria.

Por lo general, cuando ella, las primeras reacciones no son positivas. Quizá porque su mismo nombre suena algo acartonado y medio oscuro. Difícil de entender. Tal vez sería más fácil llamarla Hablar en Público. Sin embargo, la Oratoria es un arte, y como tal merece conservar su nombre original. Más bien, entonces, se debe cambiar la percepción en torno a lo que significa.

La disciplina de la Oratoria busca conmover, persuadir y convencer a partir de la palabra. Pero es muy amplia; además del contenido del discurso, comprende aspectos formales, como la modulación de la voz y los ademanes. Un Orador es un comunicador completo: sabe qué decir y cómo decirlo.

Si analizamos que todos los acuerdos y los desacuerdos en nuestra vida dependen de la comunicación que empleamos, vemos entonces la importancia de que todos tengamos un poco de buenos oradores. Por ello, varios han propuesto que la Oratoria forme parte de la educación de nuestros niños y jóvenes. México, por supuesto, no ha sido la excepción.

Sin embargo, lo más frecuente es que las iniciativas que promueven educar en Oratoria se defiendan basándose en los alumnos. Se dice, por ejemplo, que con ella los estudiantes se vuelven seres más cultos y más críticos. Que se volverán buenos ciudadanos, como sucedía en la antigua Roma, cuando la Oratoria era enseñada con ese propósito.

Pero hay más que los alumnos. La Oratoria en las escuelas también debe defenderse desde y para los docentes, por muy importantes razones, que hoy quiero exponer.

En primer lugar; la voz. Si bien es cierto, que no necesariamente un maestro es un orador nato, sí es un orador diario: su voz es su principal instrumento. Al recibir clases de Oratoria, el profesor aprendería a modular su voz, a aprovechar su respiración y a cuidar su garganta: a potenciar su principal herramienta al máximo.

Ligado a ello, está la emoción que debe existir en todo proceso de enseñanza, y que la Oratoria logra en las clases de aquel docente que la domina. Para que el alumno aprenda, decía Gregorio Torres Quintero, tiene que desarrollarse en él la voluntad de hacerlo, y esto se logra con clases atractivas y emocionantes. Hace poco, vi una Charla Ted en la que el ponente hablaba de la necesidad de que los maestros aprendan más de la cultura Hip-Hop, de los pastores de iglesias anglo-africanos y de los cantantes callejeros, debido a que todos ellos despiertan una chispa en su auditorio, y esa chispa está muchas veces ausente en las escuelas, provocando en los alumnos tedio y aburrimiento, lo cual, desde luego, se traduce en rechazo a aprender. La persona que domina la Oratoria, se vuelve un poco poeta, un poco actor, un poco (o mucho) amante de interactuar y conectar con quienes lo escuchan. Necesitamos maestros que conecten con sus alumnos, y así, los motiven a aprender.

Además, la Oratoria nos exige claridad y brevedad en las ideas. Bueno y breve, decía Gracián, doblemente bueno. Pues si divagamos mucho y nos extendemos en tiempo, nuestra audiencia se confundirá y terminará aburrida. Es lo mismo que pasa con los alumnos. El maestro orador sabrá emplear sus explicaciones de la manera más eficiente posible.

La última de mis razones, para este breve espacio, es un poco inexplorada. Se refiere a la similitud que guarda la planeación lógica de un discurso con la planeación lógica de una clase. Los docentes organizamos una clase en tres secciones: Inicio, Desarrollo y Cierre. En la primera, se despierta el interés de los alumnos y se rescatan sus conocimientos previos del tema a abordar. Esto es similar al Exordio, o la primera parte de un discurso, donde, precisamente, se debe cautivar el interés de la audiencia e introducirlos ligeramente al tema, jugando con lo que ellos ya conocen. Posteriormente, en la segunda parte de la clase, o Desarrollo, sin importar el enfoque empleado, el maestro otorga a los alumnos los argumentos necesarios para que adquieran el nuevo aprendizaje, y es lo mismo que sucede en la segunda gran parte del discurso: la Narración y Argumentación. Éstas, exponen las razones por las que el Orador adopta una postura determinada; le da los argumentos a su audiencia para que adquiera los conocimientos de ella. Para finalizar, en la clase se llega al Cierre, en donde se da una síntesis y se ofrecen alternativas de acción o práctica en la vida diaria con los nuevos conocimientos. En un discurso, la parte final o Peroración busca lo mismo: sintetizar y mover a la acción. Como vemos, es tanta la similitud entre la preparación de una clase y de un discurso, que el maestro no tendría mayor complicación en lograr la estructura lógica de éste.

Para educar, una de las máximas inviolables es Predicar con el Ejemplo. Si pretendemos que la Oratoria, con todos los beneficios que implica, sea una cultura en nuestra sociedad, empecemos por inculcarla en quienes pueden dar el ejemplo: los maestros. Los beneficios para ellos son muchos; las complicaciones, no tantas; y para las presentes y futuras generaciones, representa una inversión con ganancia segura.

Recordemos que es la palabra, finalmente, la que educa.

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