Hemos matado a más de 7,500 mujeres

Luis Cárdenas

Sí, es el caso de Mara que nos indigna, que nos jode, que nos hace rabiar, que nos da pavor y nos llena de impotencia… ¡carajo!, ¿no puedes tomar un “taxi seguro” porque puedes terminar muerto y si eres mujer tal vez tengas suerte si solamente sufres una violación sexual?, ¡carajo una y mil veces!

Procuro no escribir desde la emoción en un texto de estas características, pero, ofrezco disculpas por esta ocasión, creo que como a todos, me gana la ira.

Soy hombre, y no, nunca jamás sabré lo que significa que me vean las nalgas en el Metro, que un tipo quiera arrimarse para frotarse el miembro contra mi pierna, que me arrojen miradas lascivas, que me griten chingaderas, que me acosen por “estar bien buena”, es sumamente improbable que si tomo un Cabify o un Uber en condición de beodo, el chofer o la chofer quieran violarme y luego me maten, arrojándome cual basura, para ocultar la evidencia.

Soy hombre, y sí, a veces, en un día de descanso, cuando tengo calor, me da la gana ponerme una camisa de manga corta y unos shorts, y no, nunca jamás escucharé a un imbécil en los medios masivos de comunicación dictándome las reglas de etiqueta para mi cuerpo, a nadie le importaría si me salgo sin camisa a la tienda, si acaso provocaré una risa pero jamás una agresión.

Soy hombre, y no, nunca jamás sabré de fondo, en carne propia, lo que significa ser mujer en muchas zonas del país.

Si Mara hubiese sido un hombre, no la mataban, así de fácil es definir un feminicidio: te matan por ser mujer.

Y Mara es una de las más de 7,500 mujeres que han sido asesinadas desde el año 2012 porque estuvieron en un lugar peligroso muy tarde, porque no iban con un hombre que las cuidara, porque traían algo muy provocador, porque se pusieron muy borrachas, porque se drogaron, porque aceptaron salir con un tipo que no conocían tan bien, porque le contestaron al novio o al marido de mala gana, porque fueron infieles, o, simplemente, porque fueron mujeres.

Somos una sociedad misógina con un gobierno inepto para dar resultados, la combinación fatal para un cementerio repleto de consecuencias de los machos a los que, ni modo, se les pasó la mano.

El gobierno tiene una responsabilidad brutal en el tema, empezando por los gobernadores que creen que una alerta de género les costará políticamente demasiado, pero mucho mayor es la responsabilidad que tenemos todos como sociedad, en una cultura donde el cuerpo femenino
es, más allá de la belleza, un
producto que satisface necesidades instintivas.

A eso súmele la cultura de la apología de la violencia y… ¡viva México!

DE COLOFÓN.— Pónganse de acuerdo en el frente, ¿va o no va la Ley de Seguridad Interior?, no vaya a ser que el amor se acabe con los soldados.

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