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El capo de Nueva York

León Krauze

La obsesiva insistencia de Donald Trump con la construcción de un muro en la frontera entre Estados Unidos y México no tiene sentido de seguridad nacional. Suponer que un inmenso muro de 20 mil millones de dólares cancelará el flujo migratorio de indocumentados es vivir en la fantasía, antes que nada, porque casi la mitad de los millones que permanecen en Estados Unidos sin papeles llegaron al país con una visa. Tampoco tiene sentido económico. Dividir Estados Unidos de México mediante una frontera aún más hostil y cuasi-militarizada podría afectar seriamente la economía de varios estados que, a lo largo de los años, han construido vínculos profundos con la cadena de producción de América del Norte y con la mano de obra mexicana (para muestra hay que preguntar a los agricultores californianos, que han vivido una cosecha complicadísima en este 2017). Por supuesto, no tiene sentido financiero. Es un despropósito gastar 20 mil millones de dólares en una pared cuando ese dinero podría destinarse, entre muchas otras cosas, a apoyar la consolidación de programas sociales, por ejemplo, en Centroamérica (la cantidad es, de golpe, cinco veces más de lo que Estados Unidos ha invertido en ayuda a El Salvador en más de medio siglo).

El muro tampoco tiene sentido político. 60% de los estadounidenses rechazan su construcción. En Texas, estado republicano pero que depende en gran medida del TLCAN, el número es mayor. Tampoco los políticos quieren el muro. El congresista republicano Will Hurd, que representa al distrito vigesimotercero de Texas que cubre 40% de la frontera sur de Estados Unidos, ha dicho que el muro de Trump sería “la manera más cara y menos eficaz” para lidiar con los retos de seguridad fronteriza. Hurd no está solo: no hay un congresista de los distritos fronterizos que respalde el proyecto. Hay quien dice que Trump planea erigir el famoso muro para darle gusto a su base, pero lo cierto es que, aunque más del 70% de aquellos que votaron por Trump respaldan la idea, solo 56% lo hace con claridad (“strongly support”). En otras palabras, Donald Trump piensa gastar 20 mil millones de dólares en un muro inútil e irracional para darle gusto a la mitad de su base.

Aun así, Trump insiste todos los días en obtener los fondos necesarios para comenzar la construcción. Para hacerlo, ha amenazado a su propio partido con cerrar el gobierno si en las discusiones presupuestales no se incluye una partida que, para colmo, apenas cubriría alrededor del 15% del costo previsto para el muro. La confrontación ha sorprendido incluso a los conservadores más recalcitrantes, que ven con auténtico azoro cómo un presidente republicano está dispuesto a enemistarse con sus aliados naturales con tal de poder satisfacer una promesa de campaña, por disparatada que sea. El conflicto entre Trump y los congresistas republicanos podría meter a Estados Unidos en una crisis innecesaria, dañar seriamente la imagen ya maltrecha del partido en el poder y aislar definitivamente a un presidente impopular que de por sí ya vive en una burbuja. En otras palabras, Trump se ha metido en un berenjenal donde todos los suyos pierden.

Todo esto es revelador del verdadero carácter de Donald Trump. No estamos frente a un hombre al que le interese el ejercicio de la política. Para Trump, el arte de la negociación consiste en salirse con la suya. No conoce de concesiones o sutilezas. Lo suyo es dar golpes en la mesa y gritos por el teléfono, como seguramente ha hecho la vida entera desde su oficina en la torre Trump. Ahora que está en Washington pretende plegar a su conveniencia todos los procesos centenarios de la política, incluidas las pocas normas de decoro que quedan. Trump es un pirómano: prefiere ver arder la democracia estadounidense antes que comprender y respetar sus métodos.

Pero eso no es todo. El proceso del muro y, sobre todo, el aberrante perdón presidencial a ese sádico criminal que es Joe Arpaio ha revelado otra faceta del carácter trumpiano: el del mafioso que prefiere su versión de la omertá antes que el respeto a las instituciones nacionales que hoy encabeza. Trump indultó a Arpaio porque admira su estilo autoritario, pero sobre todo porque Arpaio lo apoyó públicamente cuando la candidatura de Trump parecía una payasada. Trump, pues, “se la debía” a Arpaio, sin importar nada más.

Así las cosas, el presidente de Estados Unidos pasa los días atendiendo a su clientela, presumiendo inexistentes “promesas hechas, promesas cumplidas” y protegiendo a sus colaboradores y facilitadores, su muy particular cosa nostra; antes un mediocre vendedor y un capo neoyorquino rudimentario que el sofisticado estadista que necesita un país como Estados Unidos. ¡Y con ese señor hay que renegociar el TLCAN! Mamma mia…

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