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Autobiografías de una "voyeuse"

08/03/2019
01:50
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El espectador ya era un personaje años antes de que el proyeccionista Buster Keaton se convirtiera en Sherlock Jr. para irrumpir en la pantalla y de que, en México, hacia 1932, Arcady Boytler, aparentemente borracho, reprobara desde el palco de una sala cinematográfica y de pronto, recordaba Raphael J. Sevilla, el otro director del film, el borracho aparecía en la pantalla para pelear con la muchacha, la dominaba y terminaba bailando con ella porque, según dice la canción que interpretaban, quieren “ir al hotel Regis a coctelear”.

Emilio García Riera sostenía que los hermanos Lumiére creyeron que su invento cinematográfico importaba una “curiosidad científica” destinada al olvido por la sucesiva invención de otras “curiosidades científicas”. Sin embargo, pretendían la proyección de las fotografías animadas en una pantalla porque “imaginaban para el cine un público masivo comparable al del teatro. Les hubiera parecido quizá demasiado paradójico un razonamiento por el que se les demostrara que la proyección sobre pantalla favorecería mucho más la soledad del espectador que el uso individual del kinetoscopio”, el invento de Thomas Alva Edison que permitía apreciar fotografías animadas en un aparato de uso individual. Hacia 1973, cuando García Riera escribió El cine y su público, todavía podían “verse réplicas modernas de ese mecanismo que obliga al espectador a inclinarse sobre un pequeño visor, por ejemplo, las usan las sex shops para exhibir cintas pornográficas”.

Aunque en la oscuridad del cinematógrafo los espectadores parecen indistintos, cada uno parece aislarse sin proponérselo para ver una película distinta, íntima, a pesar de que algunos indiscretos compulsivos consideren que deben platicar su versión del film o tarareen la música o intervengan en ella con el sonido de la trabajosa apertura de empaques plásticos de dulces rancios y el de masticaciones ostentosas de palomitas de maíz. “Aún el espectador más consciente”, advierte García Riera, “más crítico, ha tenido una experiencia característica: se ve una película en compañía de personas muy allegadas, y, sin embargo, al terminar la proyección, diríase que cada una regresa de un país distinto”.

Cada espectador crea su propia película hecha de recuerdos de celuloide, de salas cinematográficas, de nombres legendarios, de carteles y revistas ilustradas. En Mis amores en la sala oscura, Nedda G. de Anhalt afirma que, cuando era niña, La Habana “tenía más cines que París y Nueva York: el Campoamor, el Ámbar, el Trianón, el Radio Centro, el Olympia, el Paseo, el Alcázar, el Rex, el Dúplex, el Rialto, el Fausto, el Payret, el Capri, el Astral, el Majestic, el Bayamo, el Verdún, el Palace, el Niza, el Florida, el Patria, el Variedades, el Lux, el Lido, el Reina, el Miramar, el Principal, el Universal, el Omega, el Edison, el Esmeralda, el Mónaco, el Casablanca... A veces dos en una cuadra y hasta tres en una manzana. ¡Cómo no voy a querer el cine si nací entre cines!”

Aunque “ya ni cines quedan en La Habana. No queda nada. Acabaron hasta con el sueño de la dicha”, en México, que se convirtió en su otro país, encontró cines de marquesinas y nombres asimismo sugerentes: el Alameda, el Lido, el Roble, el Ariel, el Teresa, el Mariscala, el Arcadia... Y sin embargo, no recuerda el nombre del cine habanero donde vió su primera película: Doctor Jekyll y Mister Hyde, al que sus papás la metieron de contrabando, por lo que la vio entre los dedos de su mamá, que intentaba reiteradamente taparle los ojos con las manos porque se trataba de una película para mayores. “Desde entonces”, ha confesado, “me acompaña la sensación de que el cine es algo pecaminoso. Hoy me considero una pecaminosa voyeuse”.

Algo de sus recuerdos cinematográficos ha derivado en sucesivos textos pubicados en diversos periódicos y revistas y en libros como Mis amores en la sala oscura, editado por editorial Ariadna y Un deseo llamado cine 1984-2016, editado recientemente por la Universidad de Ciencia y Tecnología Descartes. No se trata de mera crítica de cine, sino de aquello que puede confluir en eso a lo que se suele aludir como “ir al cine”: ciertas circunstancias personales, la sala, las expectativas que puede despertar un film, ciertos nombres que convergen en él, curiosidades que parecen menores, el devenir irrepetible de cada exhibición. Sin prescindir del rigor y la erudición, Nedda G. de Anhalt refiere sus experiencias como espectadora como en esas conversaciones que suelen propiciar las películas, con cierta complicidad familiar, con sentido del humor. Son libros que pueden leerse de diversas maneras: como una antología de crítica, como una historia personal de 33 versiones de festivales de cine en Nueva York; “¡diez mil películas!” como un libro de entrevistas, de minucias curiosas, de aforismos cinematográficos, de encuentros y desencuentros, como un libro de consulta y, sobre todo, como la historia de una espectadora.

La historia del cine también está hecha de libros como los de Nedda G. de Anhalt, que no dejan de frecuentarse...

Como muchos, Javier García Galiano (Perote, Veracruz, 1963) quiso ser futbolista, director de cine, músico y marinero, terminó estudiando Letras Modernas.