Ansiedades sobre el Conacyt

Guillermo Sheridan

Por órdenes del Lic. Andrés Manuel López Obrador, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) tendrá como presidenta a la Dra. María Elena Álvarez-Buylla Roces. Ignoro si nuestro presidente electo conoce del asunto o si se limitó a obedecer a su consejero académico, si bien prefiero pensar que hubo un sondeo democrático entre la comunidad científica del que no me enteré.

El hecho es que la Dra. Álvarez-Buylla presidirá el Conacyt durante el próximo sexenio. Y debo decir que me parece lamentable.

(Aclaración de interés: soy miembro desde 1987 del Sistema Nacional de Investigadores, SNI, que depende del Conacyt.)

La Dra. Álvarez-Buylla Roces es una competente bióloga que se dedica a estudiar la genética molecular en el Instituto de Ecología de la UNAM. De acuerdo con un artículo en línea de la Agencia Informativa del propio Conacyt, anterior a su nombramiento, la doctora ha realizado investigación sobre etnobotánica, solares, huertos familiares, conservación del medio ambiente, y es una crítica tenaz del maíz transgénico que, para algunos científicos, es una nueva forma de dominación colonial (para otros, no).

Dirige un laboratorio en el que —lo explica ella misma— combina “enfoques experimentales de genética molecular del desarrollo con herramientas matemáticas y computacionales, y también enfoques de ecología evolutiva”. Con estas biomatemáticas ha investigado la dinámica poblacional de árboles tropicales, sus aspectos demográficos y genéticos y “la dinámica del mosaico de regeneración natural de las selvas tropicales”.

Ese proyecto etnobotánico era el de licenciatura. Para doctorarse en la Universidad de California en Berkeley aplicó un método semejante a otro árbol, ahora en la selva de Los Tuxtlas. Se trataba de entender la función de ciertos genes durante el desarrollo de la planta, “los que codifican factores transcripcionales tipo MADS” y entender así las “redes complejas de interacción de componentes genéticos y no genéticos durante la diferenciación celular y la morfogénesis”.

Esos estudios, como todos los que emprende la Dra. Álvarez-Buylla, suponen un interés en generar ciencia que se aplique venturosamente a problemas de la sociedad, como las comunidades que habitan esas selvas, o al estudio de “enfermedades complejas”, como el cáncer de origen epitelial.

De hecho, ella coordina en el Instituto de Ecología el Centro de Ciencias de la Complejidad, área apasionante de la ciencia moderna en tanto que la comprensión de los “sistemas complejos” —cuyos sistemas multicompuestos producen comportamientos impredecibles en la naturaleza (por ejemplo, en biogenética)— alumbra también otras áreas de la sabiduría humana actual.

Y bueno, pues lo que me parece lamentable es, precisamente, que una persona tan preparada y tan a todas luces dedicada, con cerebro y emoción, a cuestiones científicas complejas, postergue su trabajo seis años para dedicarse a administrar el Conacyt.

Vamos, lo que sabe hacer la Dra. Álvarez-Buylla, en tanto que científica, no lo puede hacer nadie más en México (o casi nadie, o no tan bien). Dirigir el Conacyt, en cambio, lo pueden hacer muchas personas con experiencia administrativa muy superior a la de la Dra. Álvarez-Buylla.

Los estudios que colaboran a cuidar la ecología, mejorar la sociedad y combatir enfermedades se verán substituidos por seis años de juntas, grillas, líos administrativos y presupuestales de complejidad particular. ¿Por qué? Porque el nuestro es un país piramidado en el que mandar es un premio. (Y sí, ya sé que hay quienes lo hacen desinteresadamente y con eficiencia: un argumento más para dejarlos en lo suyo.)

Ahora que el organismo patrio se regenerará como un ajolote, me pregunto si sacar a alguien de su laboratorio o de su biblioteca para convertirlo en autoridad no afrenta el derecho humano a serle fiel a la vocación, a servir para lo que se ha preparado y para lo que es competente, y más aún en instituciones financiadas por el erario.

Debería haber una escuela de cuadros, especialistas en administrar instituciones académicas y universitarias. Se evitaría que los pocos sabios cambien su única sabiduría por la plural política y su autoridad académica por autoridad piramidada.

Ojalá que el Morena detenga, un día, esa injusticia.

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