Las dos últimas veces que estuve con Martí Soler, que lo vi y lo escuché, fueron muy significativas para mí, muy hermosas. Este año termina con su muerte, ocurrida el domingo 9 de diciembre.

En febrero pasado comimos con él, Anne Staples y un grupo de amigos en la casa de Manuel Pérez Rocha y Engracia Loyo; fue muy cariñoso con mi hija Tania María. La otra ocasión fue en la ciudad de San Luis Potosí, donde fui a una iglesia —creo recordar que era la del Carmen—, porque él me invitó, a escuchar al grupo Coral Divertimento, en el que cantaba hacía varios años; no era la primera vez que escuchaba a Divertimento, pero no sabía entonces que sería la última con Martí, feliz, haciendo música, entre sus colegas artistas, como Pilar Armida.

En 2014 fui con Emiliano Delgadillo y Carlos Ulises Mata a las oficinas de Martí en el Fondo de Cultura Económica (FCE). Íbamos a planear lo que la editorial haría para el centenario del nacimiento de mi padre, el poeta Efraín Huerta. El grupo de trabajo se armó de inmediato.

Pocas cosas me han dado más gusto que haber presentado a Martí con ese par de brillantes y dedicados compañeros, que tanto contribuyeron a aquellas tareas de memoria y de celebración de la poesía. En 1988, seis años después de la muerte de mi padre, Martí Soler había preparado magníficamente la edición de la Poesía completa del Gran Cocodrilo, reeditada con todo y un formato nuevo en 2014.

Mientras escribo esto, tengo a la vista una fotografía tomada de 2006 en el FCE. En ella aparecen Eduardo Clavé, Arturo Cantú, Martí Soler y mi hermana Eugenia. Martí y mi hermana convivieron largos años en las oficinas de la editorial Siglo Veintiuno, trabajando a las órdenes de Arnaldo Orfila. En Siglo Veintiuno también era posible ver a otro de mis grandes amigos: Juan Almela, cuyo nombre de pluma era Gerardo Deniz. Almela y Martí eran del mismo año: 1934, lo que los hacía exactamente 15 años mayores que yo, que soy de 1949 —toda una generación, según ciertos criterios periodizadores. Yo me sentía, desde luego, de una generación diferente: por eso estaba siempre dispuesto a aprender de mis mayores, esos dos monstruos, Soler y Almela, verdaderos portentos de sabidurías de todo orden. Los dos fueron poetas que quise, respeté mucho y admiraré por el resto de mi vida.

Las noticias decían más o menos esto: “Murió el editor Martí Soler”. Era editor, claro: nada de malo o de incorrecto hay en decirlo así. Pero era poeta, traductor, músico, todo un humanista moderno, y cada una de esas facetas de su personalidad estaba al servicio de su vocación central de hacedor de libros. Por eso trabajó tanto y tan bien en el Fondo de Cultura, en una editorial privada y en las empresas casi familiares que echó a andar, alguna de ellas en alianza con sus hijos.

Escucho ahora la voz de Martí Soler. Su voz de barítono, su voz de maestro, su voz de gran amigo y hermano mayor.

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