Ishiguro: Lo que resta del Nobel

César Güemes

1. A partir del anuncio del Nobel de Literatura y, como ocurre con frecuencia por acá en el mexicano domicilio, “los que se las saben todas” (aunque no hayan leído dos libros ni de superación personal en su vida) se vuelven expertos, sabios luminosos, y engolan la voz de sapo de cachetes caídos para pronunciar a voz en cuello: Ishiguro. Y corren a la única librería que les queda de paso rumbo a los de suadero, y adquieren un librito del galardonado para lo cual solicitan nota a fin de que su medio, el que sea, se los reembolse. Así de miserables.

2. Eso es Ishiguro en nuestro país: una breve luz de bengala, un nombre “exótico” mal pronunciado, nada, nadie. No hay quien lo siga, no hay quien lo lea, no hay quien sepa de memoria al menos una triste cita de su obra. Y eso, más que describir a los nonatos culturales de toda la vida —becarios eternos de su capacidad de lustrar botas y zapatos de tacón, que tienen su retiro asegurado porque no hay ojos que vean su inexistencia—, nos describe como país del modo más cruel posible: sí, es verdad, ya sin maquillar cifras, que en México se lee un librito y medio en promedio al año, lo cual equivale a vivir en el desierto, en el páramo, en la nada, porque la única forma de entender la vida —desde valorar un partido de beisbol a la experiencia más sublime que cada uno considere (sea el amor de una mujer, de una hija o la hermandad en la que se convierte, dispense el lector la aliteración, la amistad)— es a través del lenguaje, porque el cerebro se estructura con palabras.

3. Ishiguro es un tipo de palabras, construido por ellas, que de ellas se vale para estar en el mundo, ganarse el sustento y uno que otro Nobel. Lo conocemos un poco, sí, un poco en parte porque su obra hasta ahora es brevísima, pero que llegó a través de un prodigio cinematográfico, Lo que resta del día, del muy formal director James Ivory, con la dueña de millones de almas, su delicada y venerable majestad Emma Thompson, y en el papel protagónico al absoluto rey de la escena (teatral, cinematográfica, televisiva), Anthony Hopkins, quien se dio el lujo de ser el mayordomo James Stevens, y así llevar al mundo a un personaje de Ishiguro que no habría pasado de ser uno más en el mundo editorial de habla inglesa. Sí, sí, sí: todos daríamos un pulmón, la mitad del hígado y parte de la tráquea con tal de ver en la pantalla muy grande a Hopkins y Thompson en una obra personal. Y, además, que hicieran de esa prosa tranquila, un tanto monotemática del ahora Nobel por el uso de la primera voz —uno de sus tratamientos usuales—, aquella cinta no sólo recurrente, sino asidua y adictiva.

4. Y aquí deberemos hacer un apunte necesario: Ishiguro, en su temática y forma cambia de caballo a cada carrera, lo cual tiene dos lecturas: o que no es capaz de mantenerse en una línea y desarrollarla, o que le sobran ideas disparatadas entre sí y el lector ha de perseguirlo tan sólo por su prosa, que no por su estructura. Naturalmente, ambas posibilidades son reales y verificables: algunos lo acompañan un par de libros, otros sólo con uno y luego emprenden el vuelo con la novela ya leída. Ajeno al asunto no es que en castellano sus libros vayan de casi 500 pesos a lo más modesto que rebasa los 200. Y por la cultura hay que pagar, desde luego, pero en ocasiones como la presente no es tan sencillo.

5. Dijo Ishiguro para la AFP: “De cierta manera me siento molesto por haber recibido esta distinción, en tanto muchos grandes escritores vivos aún no lo han recibido”.

6. No, pos sí.

@cesarguemes

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