Una pregunta para cada día

Ángel Gilberto Adame

En 2012 se tradujo al español el libro The interrogative Mood: A novel? (El sentido interrogativo, ed. Alpha Decay) de Padgett Powell. El proyecto del escritor estadounidense consiste, a grandes rasgos, en plantearle al lector, de principio a fin, una sucesión de preguntas que recorre las 155 páginas del volumen.

Sin prólogo de por medio, lo único que nos separa de la horda de cuestionamientos son la página editorial, una dedicatoria y un epígrafe de Walt Whitman tomado de “Canto a mí mismo”. Enrique Vila-Matas ubicó esta obra de Powell en la veta de la literatura francesa que se caracterizó por buscar la renovación de las estructuras narrativas tradicionales, en la que pueden contarse los trabajos de Raymond Queneau y Georges Perec. En el espectro latinoamericano también abundan los ejemplos de experimentación, dos de sus exponentes más conocidos fueron Julio Cortázar y Guillermo Cabrera Infante.

En El sentido interrogativo el incesante sondeo no sigue un orden temático, lo que lo vuelve una lectura tan amena como desconcertante: “¿Sabes leer una partitura? ¿Crees razonable preguntarle a alguien si tiene una nota musical favorita? ¿Te gustaría visitar un pozo de brea o una ciénaga de turba, o por el contrario preferirías comerte unos sándwiches en una bonita veranada en compañía de una sofisticada anfitriona inglesa? ¿Te pondrías una prenda con una rotura casi inapreciable? Al ver una película, ¿lloras cuando se espera de ti que llores, en otros momentos del drama, o no lloras en absoluto? De entre todas las cosas que puedas haber robado, ¿cuánto costaba la más cara? ¿Recuerdas lo último que le dijiste a un conocido tuyo que ya haya fallecido? ¿Te pones un casco cuando sales a dar un paseo en bicicleta?”.

Cada cuestión apela a lo más recóndito de nuestra curiosidad y nos permite echar a volar la imaginación y la memoria. Desconozco las diferencias específicas entre un gato montés y un lince, tampoco me considero capaz de distinguir entre las especies de patos por su manera de volar, pero me entusiasma recordar episodios de mi infancia, como las primeras veces que me arrojé a una alberca o aquellas en que junté botellas de vidrio con los amigos para cambiarlas en las tiendas de abarrotes, cuando todavía me impresionaba el tamaño de los perros. Powell hace explícito ese sentido de la digresión: “Si te dijera: «El cielo está precioso hoy, las nubes blancas y grises, cómo están dispuestas, y las copas de los pinos, las agujas verdes, suaves, completamente quietas, sin un hálito de viento, aunque es mejor, y sería mejor, si éstas, las agujas, se vieran azotadas, fustigadas por el viento de ese huracán que tuvimos el otro día, y este cielo idílico me hace suspirar por ese otro cielo, turbulento, pero aun así, míralo, incluso hoy está bonito»; ¿cuándo habrías dejado de prestarme atención?”.

También hay cabida para la controversia en aspectos tocantes a la moral, la economía, la violencia, el sexo, la salud e incluso la muerte voluntaria. Luego de una pregunta pueril sobre las reglas de algún juego, Powell asesta: “¿Crees que en el curso de tu envejecimiento llegará algún momento preciso en el que, si te dejan, deberás suicidarte?”.

Alain Finkielkraut insiste en que es erróneo interpretar el fenómeno humano como un problema a resolver, cuando más bien se trata de un enigma que nunca hay que cesar de interrogar. Si los enigmas han orillado a la historia a pensarse al filo de sí misma, la obstinación de Powell es un bálsamo que nos remite a nuestra responsabilidad más urgente, la de mantener vivas las preguntas que no admiten respuesta.

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