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Guillermo Prieto, el poeta del pueblo

Ángel Gilberto Adame

El 6 de septiembre de 1890, el diario La República lanzó una convocatoria con el fin de elegir al poeta vivo más popular de México. Para ello incluyó en su edición un pequeño cupón en el que los lectores debían escribir el nombre del bardo de su preferencia y remitirlo a las oficinas de la redacción. El premio para el ganador fue una corona de plata que estuvo en exhibición mientras el certamen siguió su curso.

La votación duró casi dos meses, tiempo durante el cual La República publicó diariamente los resultados provisionales. Algunos de los autores considerados fueron Ignacio Manuel Altamirano, Luis G. Urbina, Manuel Gutiérrez Nájera, Manuel José Othón, Justo Sierra e Ireneo Paz. Los contendientes que despuntaron con mayor notoriedad fueron Salvador Díaz Mirón, Juan de Dios Peza y Guillermo Prieto.

Hacia el 28 de octubre, tres días antes del cierre de las votaciones, Díaz Mirón se posicionó en primer lugar, Prieto en segundo y Peza en tercero. Al día siguiente, los ardientes seguidores de Prieto consiguieron ubicarlo a la vanguardia. Finalmente, el 30 de octubre, Prieto aventajó significativamente a sus rivales y, el 31, se erigió ganador habiendo acumulado 3 mil 752 votos.

El primero de noviembre, ante la expectación general, se oficializó el triunfo de Guillermo Prieto. Filomeno Mata fue quien dio lectura del fallo. El público aplaudió atronadoramente. Los redactores de La República destacaron la pertinencia del veredicto ya que, en su opinión, Díaz Mirón era más famoso por sus discursos que por sus versos y se le reconocía como un estupendo orador. A Juan de Dios Peza lo consideraron un escritor de raigambre hogareña y familiar. A su parecer, la tendencia de Prieto a la exaltación de los sentimientos patrios y universales lo perfilaba como el autor idóneo para ser condecorado con el título de poeta del pueblo.

Ese mismo día, integrantes del gremio periodístico se dirigieron a la casa de Prieto en Tacubaya para festejar su victoria. La Patria, propiedad de Ireneo Paz, reportó: “Es la casa del Romancero un nido encantador. Le rodea una huertecilla cultivada con el mayor esmero (…). Allí, en la escalera que conduce a un amplio corredor, cubierto por una tupida y poética enredadera, esperaba a la comitiva el distinguido y honrado tipógrafo D. Francisco Díaz de León, hermano político del Sr. Prieto. El ilustre poeta esperaba a sus admiradores en su amplia y hermosa biblioteca”.

En cuanto cruzaron el umbral, Prieto estrechó a cada uno de sus visitantes. Entonces dio inicio una reunión en la cual se hicieron brindis y discursos en su honor, luego, el poeta tomó la palabra y cedió simbólicamente su corona a José Joaquín Fernández de Lizardi, “que descendió hasta el pueblo —dijo el vate—, que sufrió persecuciones sin cuento, que fue un mártir de la libertad, y que hoy yace en el olvido: a él se la doy, a él se la cedo, a él, que sí es digno de que la tenga en el monumento que la Patria debe erigirle”.

Momentos después, el propio Prieto nombró a los herederos depositarios de su premio: “Encomiendo la custodia y conservación de mi corona cedida al Pensador Mexicano, amigo y bienhechor del pueblo, a mis muchachos: Luis González Obregón, José María Bustillos, Ángel de Campo, Luis G. Urbina, Arturo Paz, Enrique Santibáñez y Antonio de la Peña y Reyes. Mientras no haya un monumento para El Pensador, que lo guarde el Liceo Mexicano”.

El domingo 9 de noviembre se llevó a cabo la entrega de la corona en un salón de banquetes de El Hotel del Jardín. Al evento acudieron los ministros de gobierno, miembros del servicio diplomático, directivos de la prensa y personalidades del ámbito intelectual. En su discurso, Prieto destacó el amor a la patria y la libertad como los dos valores sobre los que fundó su vida. Al término del evento, “el tránsito del señor Prieto desde El Hotel del Jardín hasta la calle fue una completa ovación. El pueblo entusiasmado hasta el delirio dio innumerables vivas a su poeta. Hubo un momento en que rodeado por todas partes tuvo que detenerse. La gente deseaba oírlo, ponerle la corona, llevarlo en hombros”.

Cuando Guillermo Prieto falleció, la corona de plata que le otorgó La República fue colocada sobre su ataúd. Su poema “La confianza del hombre” pudo haber sido su epitafio: “Dulce es al hombre en su penoso duelo,/ cuando el tormento pertinaz le aterra,/ decir burlando a la mezquina tierra:/ ‘Allí es mi patria’, y señalar el cielo”.

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