La Universidad en mi vida

Alberto Vital Díaz

Por: Alberto Vital Díaz
 

A Federico Álvarez Arregui, maestro y amigo

 

Mi padre nos contó un día: “Dan clases en la Universidad y no cobran.” Uno de mis hermanos le preguntó: “¿Y entonces de qué viven?” Mi padre aclaró: “Son eminencias en sus disciplinas. Lo hacen para agradecerle a la Universidad la educación que les dio.” Si exploro en mi memoria, no descubro un recuerdo más antiguo de nuestra Universidad (suscribo las palabras de Dionisio Meade, presidente de la Fundación UNAM: “Digo nuestra porque la UNAM es de todos”).

Mis padres nos sacaban a airearnos los domingos en una ancha camioneta. Un paseo llegaba a las orillas: a esa urbe singular dentro de la Ciudad de México que se llama Ciudad Universitaria. Mi sensación era que habíamos arribado a todo un destino.

Siempre me llaman la atención los nombres de las calles, las placas, los anuncios: todo aquello que contenga letras en las ciudades o en el campo. Los nombres en piedra de las distintas escuelas, facultades y dependencias dentro de los circuitos universitarios son un primer recuerdo del azul y oro de nuestros colores.

También me interesan las personalidades y las coyunturas históricas, y resulta que en aquellos años —los 60— la historia de México estaba viviendo uno de sus hitos y parteaguas en calzadas cuyos nombres poseían en sí una estatura histórica: Insurgentes, Revolución, Universidad.

Nosotros vivíamos en la calle Petén, que muy pronto desembocaba en Avenida Universidad. Yo, que a veces soy dubitativo, nunca tuve dudas sobre nuestra Máxima Casa de Estudios. Mis dudas se presentaban en la carrera: quise estudiar Medicina porque William Shakespeare resolvía la trama de El mercader de Venecia con un razonamiento sobre los límites jurídicos entre la carne y la sangre; quise estudiar Arquitectura, Filosofía, Economía, Derecho, Historia y, ya resuelto por Letras, cavilé entre Clásicas, Hispánicas, Inglesas, Literatura Dramática y Teatro (asistí a alguna clase de la gran Ilse Heckel).

Tomaba temprano el trolebús en la esquina de Petén y Universidad. El trolebús era amplio como me imagino el Arca de Noé y como seguramente eran los dirigibles hace un siglo.

Tomaba clases de alemán en el Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras entre 8 y 10 y luego cruzaba la explanada (las “Islas”) esquivando con gambeteos y con finas fintas de futbolista frustrado los chorros del riego por aspersión rumbo a la Edad Media de las clases de Margarita Murillo y Luis Astey y al Renacimiento de Margarita Palacios: en una mañana cabían dos idiomas, tres países y varias épocas, hasta culminar por las tardes en la filología hispánica de Antonio Alcalá y Juan M. Lope Blanch, la pragmática comunicativa de Marlene Rall y la historia de la cultura de Gonzalo Celorio. Gracias a la Universidad recobré y estudié versos como aquellos de Antonio Machado y Miguel Hernández que cantaba Serrat en discos juveniles adquiridos casi clandestinamente por alguien en mi casa: “Boca que vuela,/ corazón que en tus labios/ relampaguea.” ¿Cómo es que vuela una boca? ¿Cómo un corazón es un relámpago? En los salones y en los cafés nos dedicábamos a éstas y a otras perplejidades (la palabra es de Jorge Luis Borges), y el mundo seguía rodando.

Quienes estudiamos Letras quizá queremos vivir en mundos posibles o alternar el mundo real con opciones tan gozosas como una tarde entera de lectura. No se trata de huir de lo concreto, sino de descubrirle matices y variaciones: imaginaciones. Quise seguir en Letras. Gracias a becas de la Universidad hice la maestría en Letras Mexicanas y luego el doctorado en la Universidad de Hamburgo (con apoyo del Servicio Alemán de Intercambio Académico, DAAD). Mi beca de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico se convirtió en plaza del Instituto de Investigaciones Filológicas y desde los ya remotos años de maestría y doctorado valoro el empeño de tantas personas para conseguir que más becas lleguen a más jóvenes, como aquellas que organiza y distribuye Fundación UNAM. Cada beca es un gol, es un touchdown, es una carrera a favor de nuestro país, sobre todo en una época en que las desigualdades se obstinan y amenazan la paz: las instituciones de educación pública —con nuestra Máxima Casa de Estudios en sitio de vanguardia— son un auténtico dique social, un cauce de vida, un voto de confianza al futuro.

Durante la mitad de mis años como investigador he cumplido tareas académico-administrativas. La tan valiosa autonomía se realiza cada jornada gracias al esfuerzo de autoridades, cuerpos colegiados y otras instancias, así como —sin duda— de planta académica y estudiantes. En diciembre de 2013, la Junta de Gobierno me distinguió inmerecidamente responsabilizándome como director del Instituto de Investigaciones Filológicas; en diciembre de 2015, el señor Rector, doctor Enrique Graue Wiechers, me invitó con generosidad y nobleza a respaldarlo desde la Coordinación de Humanidades en su magno y cuidadoso esfuerzo.

La vida es sueño, dijo Segismundo. Vivimos en el gran teatro del mundo, añadió su padre, Pedro Calderón de la Barca. Si es así, entonces hay que vivir el sueño con máxima conciencia y hay que proceder con sinceridad, lealtad y espíritu de servicio en un teatro tan pleno de vivientes. Nuestra Alma Mater merece nuestras horas, pues gracias a ella muchísimas personas persistimos en este mundo de sueño y sueños.

Hay que seguir queriendo mucho a nuestra Casa.

 

Instituto de Investigaciones Filológicas

Coordinación de Humanidades

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