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Pajaritos, ahora te leen la suerte… en las cantinas

Mochilazo en el tiempo

Son personajes tradicionales, laboran con canarios y presagian el destino. Se trata de los entrenadores de “pajaritos de la suerte”, quienes se dedican a sacar cartas pequeñitas del presente y futuro. Hoy, pocos de ellos rescatan esta tradición. Algunos continúan dando espectáculo en las calles; otros, se mudaron a las cantinas y restaurantes

Texto Magalli Delgadillo

Fotos actuales: Ariel Ojeda

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

Compara el antes y después deslizando la barra central (ABRIR MÁS GRANDE)

¿Cómo te llamas?, esa es la pregunta que Marcos Vargas Ortiz, entrenador de “pajaritos de la suerte”, les realiza a los interesados en saber su futuro. Después, cuando el instructor llama para salir de su jaula a Charrascuás o Chanclitas, los canarios con los que trabaja, estos sacan con su pico un par de papelitos de una caja de madera con divisiones: uno dice el presente de las personas y el segundo, el futuro.
 

Dependiendo el color, es el porvenir de los interesados. Por ejemplo, las cartas en rosa anuncian el buen camino, paz y amor en abundancia; por su parte, las verdes, prosperidad, felicidad, energía positiva.

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Los pajarito Rosita y Estrellita acompañan al restaurante El Arroyo todos los fines de semana a Juan Velásquez, uno de los tres entrevistados por este medio. Su tarea no sólo es sacar el papel, sino simular que hablan por teléfono, levantar el sombrerito, entre otros.

“Se llama Juan. A ver, ¿qué le vas a decir al caballero? ¡La dicha y felicidad! Son positivas sus cartitas: le está marcando la de color blanco, la cual anuncia la estrella que ilumina su camino y lo protege de envidias y peligros”. El segundo mensaje, envuelto en papel metálico, es secreto y sólo Juan podrá leerlo. Sin embargo, por su cobertura azul, el presagio es de paz y armonía. “¡Muy buen color de cartas!”, enfatiza Marcos Vargas, luego de que las aves hicieron su labor.

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Los clientes son de todas las edades: niños, jóvenes y adultos mayores. En esta foto se registró la suerte de Juan en la calle Ignacio Allende del centro de Coyoacán.

Las estrellas del trabajo, Carrascuás y Chanclitas, son dos canarios de diferente color: el primero es amarillo con algunas plumas blancas en los costados, y el segundo, de tonalidades sepia. Ambos tienen ocho años de haber sido entrenados por Vargas, un hombre con 52 años de experiencia.

Él aprendió el negocio de su abuelo desde los ocho años y en ese entonces, cobraba 5 centavos por adivinar con los pájaros la suerte. Ahora, el costo es de 25 o 30 pesos por suerte, la cual incluye algunas demostraciones de “trucos” por parte de los pequeños alados. Dice no saber el número de clientes por día, pero siempre hay alguien curioso por saber su porvenir.

Actualmente, Vargas Ortiz sale los sábados y domingos al centro de Coyoacán para predecir el futuro, pues entre semana trabaja en una imprenta. Dice que esta actividad sólo la realiza para “ganar un dinerito extra” y continuar con la tradición.

El hombre sale de su casa con su tripie de patas amarillas, color rojo y algunas franjas verdes; una base blanca con dos cajoncitos (uno con mini sobres y en el otro hay alpiste); lleva también la cajita con decenas de papelitos con el futuro escrito y, claro, la jaula con Carrascuás y Chanclitas dentro. Se instala en la calle Ignacio Allende, cerca del Jardín Hidalgo en Coyoacán.
 

Ahí, comienzan a salir los comensales del restaurante “El Morral”; pasan jóvenes y adultos, quienes miran a las aves con curiosidad. Algunos niños convencen a sus padres de pagar unos pesos para que los “pajaritos les hagan trucos” y así comienza “la  magia”: “¡Carrascuás, sal a saludar a Mateo! Enséñele cómo vas a hacer el avioncito”. El ave observa a los clientes y enseguida acerca su pico a un juguete, lo sostiene, da una media vuelta y lo deja caer. Marcos Vargas le vuelve a dar la orden con voz amable:

—No voló bien. Quiero que vuele bien. ¡Esoooo es! —exclama cuando el pajarito amarillo realiza de nuevo la simulación, esta vez, mejor.

Carrascuás también le pone un mini sombrerito de palma a un muñequito, le da “besos de piquito” a un gallo café de plástico, “toma” de una copita o hace sonar una diminuta campana. Nada es imposible para él y eso lo demuestra cuando algún transeúnte se interesa en verlo trabajar y demostrar lo aprendido de su entrenador.

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“La copita”, “El sombrerito” y “El avioncito”, de los trucos más difíciles.

Vargas Ortiz, por ahora, tiene dos canarios a quienes les ha enseñado estas actividades; sin embargo, ha tenido cerca de 27 desde su inicio en el negocio (algunas se le han escapado, pues el público los intenta agarrar y se espantan). Todas las aves han sorprendido y hecho sonreír a las personas mientras les dicen su presente y posible futuro.

En este caso, la frase “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión” no se asemeja a la realidad, pues, según Marcos Vargas: “El pajarito es libre, la jaula es su casa, pero se puede ir cuando quiera”. Enfatiza, no se les castiga —recalca mientras abre la puertita de la jaula—. “Si fuera maltratado buscaría la forma de irse, pero no lo hacen. Sale cuando le doy la orden: ‘Sal, Carrascúas’”. De inmediato sale el ave y da unos tímidos pasitos, mira su alrededor  y entra de nuevo.

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Entrenados para pronosticar la suerte

Miguel Ángel Burgos, otro instructor de aves, tenía 17 años cuando comenzó en este negocio y con las ganancias se pagó una carrera técnico profesional en computación. Él platicó sobre su actividad ejercida por tradición familiar: “Yo crecí allá en la Villa, cerca de la Basílica de Guadalupe y se veía mucho esto (los ‘pajaritos de la suerte’). Un tío político fue quien me inició en este oficio y me enseñó todo”. Sin embargo, al culminar su carrera tenía claro su amor por estas aves y se dedicó a ellas.

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Miguel Ángel trabajando en la No. 20 Cantina, ubicada en Polanco.

Este hombre, amante de los canarios, compartió lo que sabe (de acuerdo a lo que alguna vez leyó algo al respecto) de la historia sobre su ocupación y mencionó, se remonta a la época de cuando los españoles llegaron a México. Ellos trajeron esta especie de aves al país y le atribuían “buena suerte”.

De acuerdo con Miguel Ángel, estos seres emplumados comenzaron a popularizarse en los mercados de la Ciudad de México, cuando un hombre (anónimo), originario de Jalisco, compró algunos, se los llevó a su natal estado, comenzó a entrenarlos y, posteriormente, el oficio se hizo común. Oficialmente, del origen de este trabajo no se conoce casi nada.

—¿Cómo entrena a los pajaritos?

—Son animalitos nacidos en casa. Desde chiquitos los llamamos por su nombre como a los niños para que vayan entendiendo cómo se llaman. Además, los alimento con la mano.

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Carrascuás premiado con un poco de alpiste después de realizar sus rutinas.

Marcos Vargas comenta que tarda de 25 días a un mes en enseñarles distintos “trucos”. Lo más difícil es que le pongan el sobrerito al muñequito o hagan “El Avioncito”, pero esa tarea es más sencilla si se motiva con alpiste.

Por su parte, Miguel Ángel Burgos menciona que le dedica de tres a cinco meses, “dependiendo la inteligencia de cada uno (…). El animalito, una vez haciéndose al modo de uno, entiende todo con señas. Yo me puedo tardar en quitarle el miedo tres meses y lo de los papelitos, se lo enseño en 15 o 20 días”.

Él también, “al principio, del entrenamiento, les da un premio como estímulo y una vez asimilado, actúan por instinto”, cuenta en entrevista.

Miguel Ángel, con 30 años de experiencia, es instructor de Copetes y Canelo desde que salieron de su huevo, hace ocho años. Él hombre delgado vestido con una guayabera blanca, pantalón de vestir y zapatos negros explica un poco sobre el proceso de enseñanza: “Necesitas cuidarlos desde el nido. Tú pasas a ser parte de su familia: los tratas con las manos, les das el cuidado suficiente, estás siempre con ellos, te das cuenta cuando están enfermos. Cuando bajan del nido, son independientes y ya están acostumbrados a convivir con humanos, entran y salen de la jaula sin dudar”.

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Pajarito Copetes afuera y Canelo adentro, esperando ser llamado para impresionar al público.

Asegura que puede entrenar a adultos, pero que le costaría 10 veces más trabajo que un recién nacido. Además, el lugar donde los prepara debe ser cerrado por si vuelan, no escapen fácilmente.
Añade que para el adiestramiento de sus canarios sigue un protocolo, gracias al cual le resulta más fácil saber cuándo las aves deben tomar un descanso después de jornadas laborales largas, pero asegura que sus “animalitos jamás se han sentido cohibidos. Una vez preparados, salen y hacen su trabajo”: sacan el papelito al azar, comenta Burgos.

La tradición marca que según es el color, es el porvenir de la persona: el azul es felicidad; el amarillo, esperanza; el rosa, amor.

Dice que no hay tiempo específico de “vida laboral” de estas aves: “En cuanto me percato que ya hubo un cambio en el pájaro, como ya no sentirlo a gusto, lo dejo y entreno a otro. Yo no los forzo a nada, en cuanto ellos ya no se sienten bien, los dejo en casa y comienzo a entrenar a otro. Ese no es ningún problema. Generalmente los pajaritos que yo utilizo para este oficio cuando fallecen, los entierro en el jardín de la casa o en la maceta. Permanecen con la familia”, menciona Burgos.

Las nuevas calles sin suerte

Para Miguel Ángel Burgos este bello oficio mexicano ha sido el motor de su vida y le ha dado más de lo que esperaba, a pesar de la situación económica del país. Él  pasó de laborar en las calles a La No.20, Cantina de Polanco, en las sucursales en Reforma, Polanco y Antara; además, lo contratan para eventos privados. “Ha sido difícil de mantener como una de las tradiciones populares del país y a los que se les ha complicado es porque quieren estar en el mismo lugar de siempre. Si no te mueves, no sale. Yo voy de un lugar a otro buscando y solamente así subsistes”, asegura Burgos.

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La mencionada cantina ha sido casa de estos tres fieles amigos, quienes se rehúsan a dejar morir este oficio. Para Miguel Ángel ha resultado ser una opción distinta, pero conveniente. “Yo en los restaurantes no cobro: entro y la gente me da propinas. Cuando trabajé en la calle, sí cobraba. Cuando iniciaba en el negocio, el costo por “suerte” era de un peso más cinco del ´secreto del amor´. Ahorita sólo me dan propinas y así es mejor”, es decir, no se compromete al cliente a pagar una cuota fija. Estar en restaurantes es muy redituable: le he dado carrera a mis hijos, me he comprado un auto, una casa”.

Por el contrario, muchos de sus colegas, después de 30 años, se dedicaron a otras labores debido a las pocas ganancias, las cuales ya no son las mismas de antes. Por lo menos en las calles puede cobrar de 20 a 30 pesos una demostración.  

A pocos de ellos, les ha interesado moverse a un lugar fijo y tiene el conocimiento de que 20 personas aún siguen laborando con los “pajaritos de la suerte” en la Villa; algunos otros en Xochimilco y dos laboran en restaurantes como El Arroyo (en Periférico Sur) y La manzana de Roma (en Tlalnepantla).

Juan Velásquez Valdez trabaja en el primero, un negocio donde se disfruta de la comida mexicana, su cultura popular y el mariachi. Él tiene 30 años de práctica y es la tercera generación en su familia que se dedica a esto.

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Los pajaritos de la suerte de Juan se llaman Estrellita y Rosita. Casi nunca les da pena demostrar lo aprendido con su entrenador.

La manera en cómo inició en el negocio, él la recuerda como una “suerte”, pura casualidad, pues su tío era quien tenía los pajaritos en la Villa. “Un día le dijo a mi papá: ‘Quédate a trabajar’. Ese día, llegó la dueña de este restaurante (El Arroyo), María Arroyo,  y le preguntó que si quería trabajar en eventos para su negocio”, él respondió con un “sí”. Al principio, sólo había un salón chico, ahora se pasea, con Rosita y Estrellita (sus canarios), entre las mesas de cinco grandes espacios.

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Rosita posando para salir con su mejor ángulo en la fotografía.

Juan Velásquez dice que llega a hacer cerca de 50 a 100 suertes en un día y las propinas varían: le han dado desde cinco hasta 200 pesos, por esto y algunas cuestiones más, no iría a las calles a continuar su trabajo. En promedio, puede llegar a ganar al mes cerca de 6 mil pesos, trabajando sólo los fines de semana.

Quizá la decisión de mudarse de las vías públicas a una cantina y la contratación de espectáculos exclusivos fue acertada, pues las facilidades en las calles se han complicado: el 27 de junio de 2017 se realizó una reforma a la Ley de Protección de Animales del Distritito Federal, donde en su artículo 5, fracción VII se estipula lo siguiente: “Todo animal de trabajo tiene derecho a una limitación razonable del tiempo e intensidad de trabajo, a una alimentación reparadora y al reposo”. En el artículo 25, en la fracción II, se menciona la prohibición de los espectáculos con animales en la vía pública.

Por esto, Miguel Ángel no ha tenido dificultad, pues su trato hacia ellos siempre ha sido bueno. “Nunca he tenido problemas con alguien por la seguridad o inconformidad de los animalitos, salvo una vez, cuando una persona dijo que no le parecía esto que hacía con los pajaritos, pero al platicarle cómo los educaba y los trataba, me pidió disculpas pues él no conocía el trasfondo de este oficio”.

Agrega: “La ley de protección para los animales no ha influido en mi trabajo porque esta marca qué es el maltrato animal, cuando alguien ve que un animalito está en malas condiciones, y yo lejos de eso, los tengo súper cuidados, pues son los que nos dan de comer. Al menos yo no he recibido, por parte de nadie, quejas o reclamos al respecto, al contrario, me felicitan por conservar las tradiciones mexicanas. Afortunadamente, este oficio es una costumbre noble de hace muchísimo años, en la cual no se maltratan a los animales”.

Por su parte, Juan Velásquez y Marcos Vargas no han tenido problemas por realizar sus mini shows en el restaurante ni en la calle, respectivamente, pues mencionan, nunca han maltratado a los animales, por el contrario, los cuidan.

Antes que trabajadores, “Copetes” y “Canelo” son parte importante en la vida de su entrenador. Los tres son compañeros de trabajo, quienes dan alegría y sorpresas a las personas: “El lazo entre mis animalitos y yo siempre ha sido muy fuerte, somos una familia. Aquí (en la No. 20 Cantina) me los han intentado comprar. En una ocasión, un cliente árabe me quiso dar 25 mil pesos por una de mis aves, no se lo vendí porque ese dinero yo me lo puedo ganar trabajando, y además yo no sabía para qué lo quería y si lo iba a cuidar bien. Jamás los he vendido desde que me dedico a esto”.

Los tres entrenadores de mencionadas aves coinciden en que se está perdiendo el oficio de enseñar a los canarios a pronosticar el futuro de las personas. Por ejemplo, Marcos Vargas Ortiz, transmitió su gusto por esta actividad a sus hijos y una de ellas lo aprendió; Burgos menciona que también le ha enseñado a su hijo la labor del futuro y canarios, pero que son pocas las personas con este interés.

Ante este escenario, Miguel Ángel cuenta cómo alguna vez estuvo a punto de hacer una asociación para preservar esta tradición, pero “al juntar a mis compañeros para decirles que no cobráramos y sólo trabajáramos en los restaurantes recibiendo propinas (para continuar con este trabajo), no quisieron”. Por último, Miguel Ángel puntualiza que el preservar este noble y bello oficio es cuestión de quienes aún lo ejercen.

Foto antigua: Libro Chapultepec, editado en 1988.

Fuentes: Con información de Daniela Mazatle y Juan Carlos. Entrevista con entrenadores de “pajaritos de la suerte”: Miguel Ángel Burgos, Juan Velásquez y Marcos Vargas Ortiz. Ley de protección de animales del Distritito Federal. Archivo EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

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