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Los peluqueros “de paisaje” de avenida Zaragoza

El oficio de cortar, arreglar o peinar de cualquier forma el pelo ha tomado múltiples caminos a través de la historia, entre estos se encuentran los peluqueros que cortaban el cabello en la calle. Ayer se conmemoró el día del peluquero, la historia cuenta que un 25 de agosto del siglo XVIII un fígaro de la corte francesa hizo tan bien su trabajo que fue nombrado caballero
26/08/2017
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Texto y fotografía actual: Nayeli Reyes

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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Sobre la carretera a Puebla, ahora conocida como calzada Zaragoza, se extendían los conocidos peluqueros de paisaje o de “cuatro vientos”. En los cada vez más escasos árboles del camellón colgaban sus espejos –a veces era el retrovisor de un automóvil–, peines, cepillos, máquina de mano, navaja, piedra para afilar, un asentador de cuero para pulir la navaja y al “chambelán”, el objeto con el que esparcían agua en las cabezas de sus clientes.

“¿Con paisaje o sin paisaje?”, preguntaban a quienes solicitaban sus habilidades. Si la persona tenía para pagar, elegía el paisaje y podía observar los árboles, el paso de los carros y, si contaba con suerte, la marcha del tren ligero. Si sus pesos eran limitados, el peluquero volteaba la silla y el cliente no tenía más vista que la corteza del árbol.

“Pegaba por todos lados el aire”, de ahí que les llamaran de “cuatro vientos”, recuerda José Luis Barrera Lozano, vecino de la calzada Zaragoza. “Íbamos a la escuela, pero cuando nos iban a cortar el pelo nos atravesaban para allá, ahí me cortaban el pelo; tenían de esas maquinitas de mano, que te cortaban el pelo y su brocha con un calentador”.

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José Luis Barrera Lozano reconoce a “El Chicho”, el peluquero que aparece en esta fotografía capturada en julio de 1992 en la Calzada Zaragoza.

Mientras espera para cortarse el cabello en un puesto del tianguis de la calle Siete, en la colonia Juan Escutia, José Luis observa una fotografía de los peluqueros ambulantes que trabajaban a unos metros de ahí, y en ella señala a un hombre de gorra que se concentra en la greña de un niño, “a ése le decíamos ‘El Chicho’”, y afirma que vio el momento de su muerte: “despuesito de que hicieron lo del metro ya a la gente le costaba trabajo pasar porque [la vía] se volvió muy rápida, por eso atropellaron al señor. Traía la silla para cortar el cabello al revés, si la hubiera cargado del lado izquierdo pues no se pasa, pero como la traía del lado derecho no vio el tráiler”.

Los peluqueros de paisajito trabajaban sin electricidad; sin embargo, esto no los limitaba para preguntar al cliente si su corte iba con o sin secadora. Si se le solicitaba secadora, el especialista en melenas inclinaba velozmente al cliente sobre la avenida, para que el viento provocado por los autos que transitaban en la avenida secara su cabello.

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Fotogramas. Los peluqueros de paisaje han sido retomados en producciones como Ustedes los ricos y Los Caquitos.

En películas como Ustedes los ricos  (1948), al final de una hilera de negocios improvisados entre los árboles, se levanta una frontera inconclusa: las únicas dos paredes de la Peluquería “El paisaje”, donde un hombre sentado con vista al muro atestigua cómo su barba se diluye entre la espuma blanca y la navaja.

Asimismo, en 1987, en un capítulo del programa Los Caquitos, creado por Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito”, Édgar Vivar interpreta a “El Botija”, una persona que trabaja con las tijeras para alejarse de su pasado delictivo y ganarse la vida honradamente; “echando a perder se aprende”, responde si cuestionan sus conocimientos del oficio.

Cuando el paisaje les dio nombre

En Fantasías en carrusel (1978), René Avilés Fabila recrea en un cuento tiempos remotos, donde en la periferia de la ciudad habitaban peluqueros a quienes acudían principalmente personas originarias de zonas rurales que iban a trabajar a la ciudad. La vista que ofrecían era el paisaje de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. “El cliente siempre hacía el esfuerzo para pelarse con paisaje, de espaldas al terrible espectáculo urbano, recordando nostálgico el campo del cual provenía y el que dejó obligado por razones de miseria”, escribe Avilés.

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En 1988, los peluqueros esperaban todos los días las solicitudes de los despelucados, desde las nueve de la mañana hasta el anochecer, como también esperaban unos kioscos que su organización y las autoridades les habían prometido, con mejor paisaje y más gente.

Los peluqueros ambulantes surgen en la Ciudad de México en los primeros 50 años del siglo XX. En una publicación de EL UNIVERSAL de 1988 se relata cómo las personas acudían a la calzada Zaragoza para pedir el “corte a la castaña”, abultado, redondo o “corte a tijera”. Pero cuando José Luis era niño y lo mandaban al “cuatro vientos” solicitaba casquete corto o “a la brush”. En la década de los 90 también se pedía el corte a rape, “cuadrada o redonda”, “como quiera el cliente”, ofrecían los peluqueros:

–¡De a cómo el machetazo!

–¡Pos ya sabe!

–¡No sé, por eso pregunto!

–Pos mil pesos.

–Vámonos recio.

En ese entonces, las personas aguardaban su turno, rodeadas de cada vez menos árboles; se sentaban en un tubo de drenaje o en las piedras, en los dos metros de terreno del camellón, una pequeña tregua en medio del desastre citadino; esperaban rodeadas de tránsito de carros y puntos IMECA convertidos en humo, con el canto de los pájaros enmudecido por motores.

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Sobre el camellón de la calzada Zaragoza don Francisco moldea con sus tijeras el “casquete corto” en la cabeza de un niño, en julio de 1992.

Pese a los pronósticos de su extinción —primero por el funcionamiento del tren ligero y luego por el del metro— en 1992 dos peluqueros ambulantes permanecían inamovibles de su paisaje. El Metro Férreo corría sobre calzada Zaragoza desde el 12 de agosto de 1991, pero ellos agitaban sus tijeras frente a él, triunfantes, era poco el ingreso, pero muchos clientes, “ayudamos a muchas personas que no pueden costearse el corte de pelo en una de las pomposas peluquerías o ‘estéticas’”, declararon en aquella época a este diario Ramón García Méndez y don Francisco.

Estos entendidos del cabello cobraban entre tres mil y seis mil pesos (de los viejos pesos), si el corte era a navaja aumentaba el precio, también hacían descuentos especiales para familias completas: “cuando se trata de familias humildes, de niños, hasta 1,000 y 1,500 pesos les llegamos a cobrar”, afirmó uno de ellos.

Resistían en el camellón de calzada Zaragoza, con la promesa de quedarse siempre: “aunque tuviéramos dinero para establecernos en un local, no nos iríamos, pues aquí tenemos a nuestros clientes y nos gusta el lugar”; sin embargo, el paisaje se les terminó.  

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Los peluqueros de paisaje a principios de los noventa.

Cuando el paisaje se acaba

Los peluqueros de Zaragoza inicialmente estaban en Tacuba, hace 69 años. Las calles de este barrio han visto a los peluqueros ambulantes desde la década de los cuarenta. De acuerdo con el reportaje de EL UNIVERSAL publicado en 1988, algunos de ellos rentaron locales y comenzaron su negocio en regla.

Otros tantos permanecieron durante más de diez años en Calzada de La Viga, Jamaica, Nonoalco, Tlalpan, Potrero y Santa Fe. Los que se encontraban cerca del centro histórico instalaron “galerones” (casetas de tres por cuatro metros) en las calles, pero fueron retirados tres años después, por quejas de los vecinos: “Y como siempre, no faltaba el del pelo en la sopa o de repente la gente sentía pelos en la lengua, algunas veces se quejaban de picazón en el cuerpo”, dijo uno de los peluqueros entrevistados en aquel entonces.

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En 1993 se observaban peluquerías de “pasajito”, aun cuando se anunciaba su desaparición por la difusión de las estéticas y los salones de belleza A la fecha aún se pueden observar este tipo de establecimientos en zonas como Tacuba o la Merced.

Sin embargo, en Tacuba la tradición de cortarse el pelo en el exterior se mantiene. A las afueras de la estación del metro se levantan numerosos puestos en la ambigüedad de ser nómadas o sedentarios. Todos los días, especialmente los fines de semana, la multitud que transita entre las garnachas, la ropa y los productos de novedad suele tomarse unos momentos para acudir con los estilistas y peluqueros, quienes cobran desde 15 a 50 pesos, aproximadamente.

De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), un peluquero o estilista gana en promedio 32.8 pesos por hora trabajada y de cada cien únicamente cuatro personas tienen prestación de servicio médico. En tanto, el 95.5% de los ocupados trabajan en micro negocios, unidades económicas que en los servicios tienen de uno a cinco trabajadores.

La transformación de un oficio

Hace 12 años Martin Ramírez Hernández se desencantó de la profesión de contador y decidió hacerse peluquero. “Esto a mí se me daba desde muy chiquito, a mí me gustaba mucho peinar y me gustaba mucho cortar el cabello”. A su parecer, estar en la plaza de Tacuba promete una mayor variedad y cantidad de clientes que un local, pues las personas “pasan de Naucalpan, del Toreo, de todos lados”.

Aún no han abierto todos los puestos semifijos, al otro extremo de la plaza, bajo un puente vehicular, Raúl, peluquero desde hace 30 años, pasa la máquina a un hombre inmóvil que con su mirada parece clavar el espejo a su superficie. En la plaza Raúl paga por el uso de suelo. “Haga de cuenta que es de uno porque es más factible para pagarlo”, además tiene más libertad que en otros empleos: “uno no tiene presión con los horarios, puede hacer otras cosas, ya después me vengo para acá, por lo regular por las tardes, después de mediodía”.

El ruido de su máquina de peluquero se pierde entre los motores que pasan, los pelos caídos esperan su funeral sobre los azulejos que delimitan el espacio del puesto. Su peluquería sólo tiene dos paredes; sin embargo, no ofrece paisaje, “ahora sí que con el ruido que hacen los carros…”, explica entre risas.

Raúl forma parte de las poco más de 316 mil personas que se dedican al oficio de arreglar el cabello en México, cifra estimada por el INEGI, en un estudio publicado con motivo del día del peluquero y el estilista en 2016.

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Los fines de semana Liliana es más solicitada. Ofrece cortes por 40 pesos el más barato, si el cliente quiere “grecas” en su corte, éstas cuestan de 10 pesos en adelante.

A unos metros trabaja Liliana Guadalupe Castillo, quien lleva siete años en la plaza, ella estudió para convertirse en estilista hace más de 20 años, pero inicialmente sólo cortaba el cabello a su familia. De acuerdo con el INEGI, este es un oficio predominantemente femenino, pues 85 de cada 100 especialistas en corte de cabello son mujeres. “Viene mucha gente que trabaja en obras, señoritas que trabajan en casas, es mucha más la afluencia, y digo tal vez si me voy y lo pongo en mi casa no gane lo mismo que aquí”, afirma. 

Liliana recuerda a los peluqueros de paisaje a través de las anécdotas que su padre le contaba, una vez lo tusaron: “‘sí está barato, pero te chingan’, así decía”. Desde hace más de 20 años ya no los ve, “dicen que por la calzada Zaragoza todavía hay uno, dicen que pone su espejo en el árbol”.

La belleza nómada de la calle Siete

En la calle Siete todos los días se instala el recuerdo errante de los peluqueros de paisaje de Zaragoza. Con una lona que empieza en un árbol y termina en un pequeño altar a la Virgen de Guadalupe, María Columba Gallardo Ordaz ofrece a los paseantes sus servicios de estilista con vista al tianguis de chácharas. 

“Yo aquí tengo ocho años y aquí todo el mundo me dice ‘póngale cuatro vientos’ y que quiere corte con paisaje o sin paisaje”, señala que la gente de la zona está muy arraigada a la tradición del peluquero ambulante.

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La “güera” continúa con el oficio que aprendió de su madre en la calle Siete.

Ella empezó a trabajar en el tianguis sin conocer a los peluqueros de paisaje, pero, al igual que ellos, llegó a colgar su espejo de un árbol, sin más que una silla prestada y una mochila cargada de tijeras, a trabajar sobre piso de tierra; “clientes de ellos todavía me dicen ‘maestra’, ya gente más joven me dice ‘Mari’, como me llamo, a mi hija [también estilista] le dicen ‘la güera’”.

Antes de establecerse en el tianguis, María trabajó en varias peluquerías cercanas, donde afirma que se instalaron algunos peluqueros del camellón. “Los pasaron para acá a las accesorias, casi cuando hicieron lo del metro”, eran tres locales, dos de los cuales ahora son carnicerías y la última comparte negocio con un baño público y ya no pertenece a su dueño original. 

María recuerda que conoció a uno de los maestros de Zaragoza, quien, aunque cambió el changarrito por un negocio fijo, continuó deambulando por las calles: “era chaparrito, así, bien chiquito. No me acuerdo cómo se llamaba, siempre andaba bien tomado […]. Decía ‘ahorita vengo, maestra’, primero abría el negocio, yo llegaba, se iba no sé si a tomarse sus cervezas, sus pulques, regresaba y ya venía con su guitarra y traía músicos como los que hay aquí, muchachos con guitarra que andan ahí cantando; a él le gustaba mucho, a mí me dedicó mucho la canción esta de ‘Gema’”.

Los tradicionales peluqueros de paisaje de la Ciudad de México se han convertido en un rumor, algunas personas afirman haberlos visto hace tiempo, en fechas imprecisas, en panoramas inexactos; no obstante, aún existen artesanos del cabello que, quizá sin saberlo, mantienen viva la herencia de aquellos peluqueros nómadas. El oficio se ha transformado.  

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Paisaje que ofrecían los peluqueros desde el camellón de la calzada Zaragoza.

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El maestro atiende un corte “sin paisaje” por el que cobra cuatro pesos.

Fotografías antiguas: Archivo fotográfico EL UNIVERSAL.

Fuentes: Hemeroteca EL UNIVERSAL, cifras del INEGI. 

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