Cuando los “niños” de la rosca de Reyes eran de porcelana

Mochilazo en el tiempo

Los muñecos de la rosca han sido testigos de la historia desde sus escondites en el pan, para algunos son de mala suerte, para otros tantos son señal de buena fortuna y hasta les diseñan diminuta ropa

Texto: Nayeli Reyes

Fotografía actual: Antonieta Ramos

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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Desde el momento en que el panadero esconde en la masa los diminutos niños de plástico, para algunos mexicanos se escribe una historia de terror con até y frutos secos, ya que, según la tradición, quienes los encuentren en sus rebanadas de rosca de Reyes deberán comprar tamales para todos el Día de la Candelaria, el 2 de febrero.

Sin embargo, para algunos otros la rosca de Reyes no sólo significa convertir la quincena en tamales, por ejemplo, Dominga Montoya recuerda que cuando era niña cada 6 de enero se hacía una fiesta: su madre era la anfitriona de una reunión en la que amigos y familiares compartían esta delicia panadera en la casa donde creció, en Tenopalco, Estado de México.

En ese entonces este pan guardaba en sus entrañas sólo dos o tres muñecos y, para que el gasto se repartiera entre más personas, la madre de Dominga solía comprar en la confitería algunos dulces con forma de haba, diseñados especialmente para agregarse al bizcocho por debajo.

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Dominga acomoda cerca del nacimiento pequeños infantes plastificados que encuentra. Foto: Nayeli Reyes

De acuerdo con el investigador Aurelio González, en México la natividad de Cristo se asocia al Día de Reyes: “en la ‘Rosca’, pan dulce, se introduce una figura, originalmente de porcelana o cerámica, conocida como ‘el muñeco’ o ‘el niño’. Se ha querido ver en esto un símbolo del niño Jesús que tuvo que ser ocultado después de su nacimiento para escapar de la persecución de Herodes”, escribe en su libro México tradicional: literatura y costumbres.

Esta tradición llegó al actual territorio mexicano desde España hace cerca de 400 años, se colocaba en la masa  un haba, como “símbolo del embrión real, es decir, la realeza del Niño Dios”, afirma Sonia Iglesias, autora del libro Las fiestas tradicionales de México.

Dominga explica que las personas que encontraban las habas o muñecos se convertían en padrinos del Niño Dios y se comprometían a llevar tamales y atole el 2 de febrero para desayunar en la casa de la persona que compraba la rosca, su madre, quien además continuaba el festejo con una comida por la tarde: mole, barbacoa, pozole o lo que se pudiera.

Era tan serio el compromiso tamalero que algunas personas, al descubrir al chiquillo en su pedazo de pan, lo secuestraban en su boca hasta que las miradas hambrientas se despistaban y podían esconderlo en otro lugar, también había casos desesperados, “luego veíamos que se lo pasaban…con atole, claro, antes eran más chiquitos”, recuerda Dominga. Hace cuatro décadas que ella vive en la Ciudad de México, ahora el Día de Reyes sólo se reúne la familia porque ya no hay dinero para fiestas como las de antes.

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EL UNIVERSAL ILUSTRADO recreó en una caricatura los desesperados episodios del Día de Reyes. 8 de enero de 1928.

Las tradiciones también son alcanzadas por las crisis económicas, en 1987, por ejemplo, las quejas sobre los altos costos del pan de Reyes en la Ciudad de México llegaron a la pluma de Carlos Aviña, reportero de EL UNIVERSAL; según los panaderos de ese entonces las materias primas eran muy caras: “la harina tenemos que comprarla, ya que no se encuentra subsidiada para elaborar las roscas”, afirmó uno de ellos.

En aquella época los panaderos consideraban que la costumbre de la merienda de Reyes se mantenía arraigada en estratos económicos acomodados, ya que el resto apenas comería algunos bizcochos, “ahora se elaboran roscas que alcanzan costos hasta de 8 mil pesos, sofisticadamente adornadas y con varios muñecos de plástico escondidos”, escribe Aviña.

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En 1988 los panaderos decían que, pese a la crisis económica, las ventas no bajarían, gracias a sus mejores clientes: los oficinistas, “quienes no desaprovechan oportunidad para hacer reuniones para festejar cualquier cosa”, publicó Eugenia Calleja en esta casa editorial.

Cuando el Niño Dios era un haba
 
 

El “roscón” –llamado así en España– se cree que está relacionado con los festejos que el pueblo romano hacía en honor del dios Saturno, donde se repartían entre plebeyos y esclavos bollos redondos con higos, dátiles. “Ya en el siglo III, existía la costumbre de poner en el interior del pan un haba seca, y al que la encontraba se le nombraba rey de los saturnales, nombramiento que tenía un tono humorístico y duraba uno o dos días”, escribe González.

El historiador Luis Weckmann expone que al menos desde el siglo XIV en la corte de Navarra, España, los pequeños partían el 6 de enero un pastel que tenía en su interior un haba, quien la encontraba era proclamado “Rey de la Faba” y, sin importar su clase social, recibía durante un año homenajes y regalos.

La “rifa de los compadres” era una práctica que se realizaba también en esta fecha, durante la convivencia en torno a la antes llamada “torta de reyes”. Luis Aguilar publica en 1991 en las páginas de este diario un recuento de esa actividad ya extinta en ese entonces: se ponían los nombres de los invitados en dos sombreros, uno para hombres y otro para mujeres, los que salían al azar de cada uno formaban las parejas de compadres que se comprometerían a realizar la fiesta de la Candelaria, a veces así nacían noviazgos.

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Anteriormente se introducían de uno a tres muñecos de porcelana en la masa de Reyes, ahora son de plástico y, según el tamaño, pueden tener más. Foto: Mercado Libre.

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Hoy existe una abundante variedad de figuras para rosca en México, aunque el de mayor difusión es el muñeco tradicional. Foto: cortesía.

De acuerdo con Rafael Villasana, propietario de la tienda de antigüedades Versallitos, a partir del siglo XVIII y hasta la mitad del XX se usaron en México muñecos de porcelana o cerámica en la masa enroscada, por su negocio han pasado varias de estas piezas, sin embargo, no son coleccionables y casi no son buscados por la clientela.

“Antes de introducir el muñeco de porcelana en la rosca, Tita lo observó detenidamente”, escribe Laura Esquivel al dedicar un capítulo a la tradición de Reyes en Como agua para chocolate, donde la protagonista hornea el bizcocho mientras recuerda que cuando era niña y tenía la suerte de encontrar el único muñeco lo apretaba contra sí para pedirle un deseo.

El plástico llegó a las coronas horneadas con el tiempo, Moldes y Maquilas de Plástico CCOMSA, por ejemplo, comenzó a fabricar muñecos de polietileno en 1991, cuatro años después de fundarse. Rodrigo Acosta, encargado del departamento de ingeniería de la empresa, afirma que vieron en ese mercado una oportunidad, pues tenían la tecnología para hacer nuevos modelos. 

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Primer molde de muñeco de la reyes usado en CCOMSA, con él se hacía el modelo tradicional. Foto: cortesía.

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Al menos en CCOMSA hay siete modelos de niños, también reyes magos, nacimientos y hasta figuras de tamales, atoles y casas (para asignar los roles del elemento con el que cada persona cooperará en el festejo de la Candelaria). Fotos: cortesía.

Estos niños dioses no nacen en Navidad, sino en julio, mes en el que en los pasillos de la fábrica se sacan los moldes para concebirlos, Acosta afirma que el polietileno desplazó a la porcelana principalmente por el costo, la demanda y la creatividad. Hoy en día la figura es resistente al calor y no se deforma en tanto se hornee totalmente dentro de la masa.

Un vestidito para el niño
 
 

Cuando Isabel Campos era niña el amor por las roscas de Reyes era tanto que le provocó una indigestión, aunque en aquel entonces el sabor era otro, recuerda que eran insípidas, tenían menos fruta y no tantos complementos como ahora que la figurilla escondida a veces debe compartir espacio entre la nata, el queso untable o crema de avellana con los que se rellena.

Con este pan ella festeja con sus compañeros del hospital simultáneamente el Día de Reyes y el de la enfermera, su profesión. Desde hace 30 años Isabel ha guardado todos los pequeños que se han asomado en su rebanada, “si le sale a uno muñequito pues tiene que vestirlo y guardarlo porque es como suerte para uno durante el transcurso del año”, afirma.  

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El muñeco de plástico más antiguo que tiene Isabel es de 1986, comenzó a vestirlos por iniciativa propia, para encomendar a sus hijas al Niño Dios, pues dice que se preocupa mucho porque viven en un país muy violento con las mujeres.

Durante toda su vida, la madre de Dominga Montoya también guardó a estos habitantes de la masa y les diseñaba ropas. “Era muy mujer mi madre, ella hacía vestidos, tenía mucha curiosidad para hacer los vestiditos”, recuerda Dominga. Algunas personas los colocaban en una canasta con flores, al lado del niño Jesús del nacimiento, para acompañarlo, “los llevaban a misa, eran niños dioses”, explica.

La colección que guardaba su madre desapareció entre las mudanzas y Dominga ya no siguió con la tradición de vestirlos. Cuando se parte la rosca algunos dejan a los infantes de plástico por ahí, ya sin preocuparse del compromiso de los tamales, a ella no le gusta verlos tirados, si ve uno perdido lo guarda, pero sus bisnietos los toman para jugar y finalmente se pierden.

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En la colección de Isabel están un par de figuras de porcelana, los cuales consiguió en el negocio de antigüedades de su esposo.

Fotografía antigua: Archivo EL UNIVERSAL

Fuentes: Archivo Hemeroteca EL UNIVERSAL; entrevista con Dominga Montoya, Isabel Campos y Rodrigo Acosta; Aurelio González (1947), México tradicional, literatura y costumbres, México: Colmex; Sonia Iglesias (2009), Las fiestas tradicionales de México, México: Selector. 

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