Nada como una crisis generada por una guerra a miles de kilómetros para recordarnos que estamos insertos en un sistema económico interconectado y vulnerable, con impactos no lineales sobre los mercados locales y, sobre todo, sobre las personas. A la incertidumbre económica se suman hoy la escasez hídrica, los eventos climáticos extremos y la fragilidad de nuestro tejido social.

¿Cómo sobrevivir como empresario en un entorno cada vez más desafiante? Hay quien piensa que, ante esta coyuntura, el camino es mantener estructuras mínimas y extraer lo que se pueda de clientes, proveedores y empleados, esperando "regresar a la normalidad". El problema es que esta es la nueva normalidad, y exige un enfoque diferente.

La economía mexicana se basó mucho tiempo en extraer: sueldos bajos para ser competitivos, recursos naturales y energía baratos, un cumplimiento de reglas apenas al mínimo indispensable y una visión de corto plazo "por si las cosas se ponían feas". Una visión moderna de la economía ya no perdona ese modelo. Los recursos son finitos, los impactos climáticos son imprevisibles y el talento ya no se queda donde no hay propósito ni capacitación constante.

Pasar de lo extractivo a lo regenerativo es el único camino para que una empresa sea resiliente. Si no regeneras tu entorno, eventualmente no tendrás comunidad que te compre, empleados comprometidos ni recursos para producir.

En este contexto, han surgido distintos marcos que buscan traducir esta transición en prácticas empresariales concretas. Uno de ellos es el de las Empresas B, un movimiento de compañías que colocan el impacto socioambiental como pilar de valor estratégico.

Hoy son más de 10 mil empresas certificadas a nivel mundial (y más de 100 en México) que entienden que su futuro está intrínsecamente conectado al de sus comunidades y al contexto institucional en el que operan. Sus estándares, recientemente reformulados, reflejan esta evolución hacia una visión más sistémica de los negocios.

Más allá del movimiento en sí, estos estándares pueden leerse como una herramienta, no como una lista de deseos, sino como una hoja de ruta de gestión de riesgos y planeación estratégica. Al exigir requisitos mínimos en acción climática, circularidad, trabajo justo y gobernanza, ayudan a la empresa a identificar sus puntos ciegos y ajustar su rumbo.

No se trata de hacer el bien de forma aislada, sino de construir un blindaje sistémico: una empresa que paga salarios dignos reduce su rotación en un mercado laboral escaso; una que gestiona su huella hídrica asegura su operación ante la sequía.

Es pasar de una postura reactiva a una arquitectura diseñada para absorber choques externos. En esa misma lógica, también se vuelve estratégico que las empresas participen en el fortalecimiento del entorno en el que operan, incluyendo el ámbito de política pública.

Pero la resiliencia es solo el punto de partida. Este enfoque coloca a las empresas en la vanguardia estratégica. Al operar con un radar de 360 grados, estas organizaciones detectan tendencias, desde nuevas preferencias del consumidor hasta regulaciones globales, mucho antes que el resto del mercado.

Me atrevo a decir que este modelo de empresa es la palanca que México necesita para transitar hacia una prosperidad real. Al adoptar esta visión, el sector privado puede dejar atrás la economía de subsistencia para convertirse en un ecosistema de valor compartido.

Empresas sólidas crean comunidades resilientes, y estas son el único suelo donde los negocios prosperan a largo plazo. De hecho, son cada vez más los enfoques que coinciden en entender la rentabilidad no como un fin aislado, sino como el combustible que sostiene, precisamente, el entorno que hace posible el negocio.

*Consejera de Sistema B en México

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