Formar juristas hoy es un desafío. El mundo que creímos racional y predecible se resquebraja. En el ámbito internacional, se debilitan instituciones, se cuestionan reglas y se relativizan los derechos humanos. En México, persisten altos niveles de impunidad, el debido proceso se vulnera con frecuencia y la prisión preventiva termina muchas veces sustituyendo a la presunción de inocencia. Vivimos uno de los momentos más críticos para el estado de derecho en décadas.
Hay quienes piensan que debemos ver con nostalgia los tiempos en que prevalecía la razón sobre la ignorancia, la justicia sobre la impunidad. Sin embargo, me niego a aceptar que la historia ha decidido caminar hacia atrás. Como recuerda Fareed Zakaria, todo gran avance liberal —desde las revoluciones de los siglos XVII y XVIII en adelante— ha provocado su propio contragolpe reaccionario; y hasta hoy ningún contragolpe ha conseguido invertir, en el largo plazo, la dirección del avance. Lo que vivimos no es el fin de un orden: es la fricción —dolorosa, pero conocida— de una transición. Esto no es un optimismo cómodo de quien espera, con los brazos cruzados, a que las cosas se arreglen solas. Es el optimismo de quien sabe que las cosas se arreglan cuando uno se arremanga la camisa.
Hoy, el mensaje que tenemos la obligación de transmitirle a las nuevas generaciones de juristas es muy claro: luchar por un Estado de derecho, cumplir con la ley, defender la independencia judicial y respetar el debido proceso. Esa es la enseñanza que un profesor de la Facultad de Derecho no puede abandonar, por más que el viento sople en contra, por más que nos digan que el caos, la arbitrariedad o la anarquía son la nueva normalidad. Si no lo decimos nosotros, desde la cátedra de la Universidad Nacional, sinceramente no veo desde dónde más vaya a decirse. No puede ser una aspiración decorativa: tiene que ser una práctica cotidiana.
Pero más importante que la materia que enseñamos es el modo en que nos conducimos. Lo que el alumnado va a recordar de nosotros, dentro de veinte o treinta años, no son los artículos de la ley, código o tratado internacional que expusimos. Es la forma en que los tratamos. Las tres cosas más importantes que podemos enseñarle a una nueva generación de juristas no se aprenden en ningún cuerpo normativo: son la humildad, la empatía y la decencia.
La humildad, porque —como recuerda Michael Sandel— lo que tenemos no es del todo nuestro. Estamos en deuda con los maestros que nos formaron, algunos de ellos hoy ausentes; con los colegas que nos corrigieron en privado y nos respaldaron en público; con los alumnos que cada año nos enseñan más de lo que creen. El mérito se convierte en un tirano cuando lo olvidamos. Agradezco a la Doctora Venegas que me haya permitido pagar una parte de esa deuda y rendir hoy un reconocimiento a mis abuelos y a mis padres. Todos fueron profesores normalistas; mi padre, Guillermo Ramirez, además, Profesor Emérito de esta Universidad, dio clases durante más de sesenta y seis años. Dedicaron su vida entera a la enseñanza. Ellos representan la pasión y el compromiso que todos los días aspiro a alcanzar.
La empatía, porque el Derecho que se ejerce sin ella se convierte muy pronto en un instrumento de daño. La empatía es una forma de atención sostenida: la disciplina de mirar a otro ser humano el tiempo suficiente para verlo de verdad. Y enseñarla hoy es ir contra la corriente. Vivimos en un entorno digital diseñado para premiar la indignación y suprimir el matiz, para convertir cada desacuerdo en una guerra tribal y cada adversario en un enemigo. Educar, en medio de ese ruido, juristas capaces de escuchar, de dudar y de ver al otro como persona es, en sí mismo, un acto de resistencia.
Y la decencia, porque hacer lo correcto —simplemente lo correcto— suele ser el camino más largo, el más complicado y, casi siempre, el menos rentable a corto plazo. Pero es el camino que distingue al jurista del simple operador del Derecho. Es el que nos permite mirarnos al espejo, año tras año, sin esquivar la mirada. Y es el único que justifica una vida dedicada al Derecho.
A las maestras y maestros gracias por defender, en silencio y todos los días, la idea de que el Derecho importa hoy más que nunca. No vinimos a esperar tiempos mejores. Vinimos a formar a quienes los harán posibles.
* Profesor por oposición de la Facultad de Derecho de la UNAM. Presidente del Colegio de Profesores de Comercio Exterior de la UNAM
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