Sobre la influencia de la marihuana en la actividad sexual se ha dicho todo. Que la gente se inhibe, que se desinhibe, que es neutral. Que la cannabis provoca y mejora la experiencia. Que reduce los niveles de testosterona a la mitad y afecta la libido masculina. Que la supresión de la hormona en todo caso no es significativa y no impacta el drive. Que puede favorecer o perjudicar, aumentar o disminuir el apetito y la actividad sexuales. Que conecta a las personas. Que las aísla y ensimisma. Que prolonga las erecciones y la satisfacción. Que no: sólo altera la percepción del paso del tiempo. Que potencia la energía sexual, aumenta la sensibilidad al tacto y maximiza el placer erótico. Que todo lo contrario.

Se habla de amantes que, en el trance, se elevan tanto que ni siquiera llegan a la cama. Que huelen y saben a mota. Que nada más no alcanzan el orgasmo, se ponen extremadamente sentimentales o filosóficos o beligerantes. Que no terminan lo que comienzan, sean discusiones, sea una mera frase. Que dan vueltas y vueltas y no se concentran.

Y se habla de otros amantes que se permiten relajarse. Que, si sobrios tienen sexo dos veces por día, bajo los efectos de la marihuana pueden alcanzar seis o más. Se habla de orgasmos que se prolongan incluso cuando el compañero ya se quedó dormido. De mujeres que cargan con su propia de dotación de marihuana para que les garantice sexo placentero. Que se mojan desde el primer toque. Que los penes de sus parejas parecen enormes y duros aun cuando su tamaño sea promedio. Que es garantía lograr uno o más o una serie de orgasmos vaginales y que de los clitoridianos mejor ni hablar. Que las discretas se sublevan y las de por sí escandalosas enloquecen. Que son mucho más proclives a practicar sexo oral a sus compañeros y hasta disfrutar y alcanzar el clímax en el 69. Que el sexo mediocre se vuelve bueno. Y el bueno, grandioso. Y el grandioso, exorbitante.

Vaya disparidad de reacciones. . .

En su estudio Marihuana and sex: A critical survey, Ernest L. Abel advierte, que si bien el consumo de mariguana no afecta significativamente los niveles de testosterona, sí tiene un efecto adverso en la producción de esperma. Por su parte, en el reporte Cannabis and Sex: Multifaceted Paradoxes, Sidney Cohen relaciona las altas dosis de cannabis con la incidencia de disfunción eréctil: ésta suele ser tres veces más alta en quienes la consumen a diario.

Las diferentes cepas de cannabis afectan el cuerpo de forma distinta: ya lo relajen, ya lo estimulen… Otro factor que interfiere es la sensibilidad de cada individuo.

La relación entre el sexo y las drogas es histórica y universal y es también objeto de estudios numerosos y actualizaciones constantes. Además de la dosis, la cepa elegida y la propia sensibilidad, otros aspectos pueden tomarse en cuenta: la cultura y el contexto en que se consume la droga.

La marihuana puede creerse un afrodisíaco en una relación formal o casual para estimular la actividad sexual y potenciar placer. También puede consumirse en aras de la experimentación y la búsqueda de sensaciones diferentes: algo propio del ser humano. Puede ser un disparador para desinhibir el comportamiento sexual y reducir el autocontrol, de tal forma que, según la coyuntura y el escenario social donde se consuma, aliente la actividad sexual de manera no completamente consciente. De aquí que una de las preocupaciones principales es que las personas ‘’bajen la guardia’’ y realicen actividades que quizá no harían en sobriedad.

Para bien y para mal. Las disfruten o las sufran.

Hay una cita del doctor Mario Bejos que me gusta mucho:

‘’Usamos sustancias tóxicas, legales o ilegales, líquidas, sólidas o gaseosas, por dos razones principales: la primera, para descubrir, la segunda, para encubrir lo que no podemos digerir de la realidad.’’

Un pene pequeño. Nuestro propio deseo -- socialmente castigado y, por tanto, reprimido. Manejar la ansiedad. Mejorar una experiencia mediocre. ¿Ninguna de las anteriores?

Tanto la marihuana como el alcohol son agentes que liberan y pueden favorecer el atrevimiento y ayudar a vencer la vergüenza, si bien su ‘’promesa’’ no es convertirnos en máquinas de sexo, como en el caso de la cocaína. Dicho sea de paso, al cómico irlandés Dylan Moran siempre le ha llamado la atención que a la gente le sorprenda cuando hay escándalos en cuartos de hotel que involucran a políticos, prostitutas y cocaína… ‘’¿Qué esperaban encontrar en vez de cocaína, yogurt?’’.

Se abrió el debate, que no el libertinaje, puntualizó el Presidente, a propósito del aval que la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) concedió al amparo que permitirá al grupo SMART cultivar y fumar mariguana con fines lúdicos.

De pronto se me ocurre que los primeros que tendrían que considerar la legalización de la mariguana son los malos amantes y quienes sufren por las mismas razones. En vez de tanto oponerse, podrían otorgarle el beneficio de la duda y ponerse un poco más re-creativos.

Pero, volviendo al tema, claro que el lado menos amable de la relación entre drogas y sexo, además del daño al sistema nervioso y la capacidad eréctil o los riesgos de inapetencia e impotencia sexual, es cuando la pérdida de conciencia y la falta de autocontrol conllevan a tener actividad sin protección y el peligro de adquirir enfermedades e infecciones de transmisión sexual.

Otro inquietud es que practicar sexo bajo la influencia de sustancias puede propiciar situaciones de alguna manera riesgosas como involucrarse simultáneamente con más de un compañero sexual sin usar condón, compartir agujas, recibir dinero a cambio de sexo. . . De ese tamaño los miedos y las realidades.

También es de temerse el comportamiento sexual de algunos cuando el poder y la necesidad económica están relacionadas: hay que ver qué se meten ciertos perseguidores y censores del uso de la mariguana y demás drogas y cómo se comportan y las circuit parties que arman mientras nadie los ve.

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