Hace poco hice un paseo en bicicleta de 40 kilómetros en compañía de un nutrido grupo de amigos de diversas nacionalidades. Son el tipo de cosas que se pueden hacer en una ciudad que, sin querer queriendo, es una de las más “bicycel friendly” del mundo.

Es tal el número de bicicletas que hay en China, que pareciera que han estado siempre aquí. Son parte del paisaje, de la vida cotidiana. Pero, contrario a otras constantes chinas, como los palillos  o el té, las bicicletas no son inventos chinos, y de hecho su historia en este país es bastante reciente.

De hecho, la primera vez que un chino vio una bicicleta en funcionamiento fue en París, en 1866, cuando la primera delegación de diplomáticos chinos visitó Europa. Al frente de este grupo estaba un hombre llamado Binchun, que, además de sus labores diplomáticas, tenía como misión reportar al gobierno de las más recientes tendencias en desarrollo industrial, estructura administrativa y tecnología militar. Y así lo hizo. Uno de sus reportes describe un vehículo singular de dos ruedas unidas por un tubo, sobre el que la persona iba sentada, y que funcionaba gracias al acompasado movimiento de los pies.

Eran los primeros encuentros de China con occidente, y los chinos no iban a cambiar de la noche a la mañana sus ideas e inventos para aceptar los de culturas extranjeras. Ese fue un proceso muy largo y doloroso (que de hecho continúa hasta nuestros días), y la adopción de la bicicleta, no fue la excepción.

Sin duda, las descripciones de Binchun sobre el vehículo de dos ruedas causaron curiosidad en la corte de la dinastía Qing, pero no pasó de ahí.

Al mismo tiempo que algunos chinos comenzaban a viajar a occidente en aquel siglo 19, los occidentales (muchos más de los que China hubiera querido) comenzaron a viajar a China y a asentarse ahí, en territorios de los que se apropiaron de muy diversas maneras. El punto es que en estas colonias de extranjeros, ellos, los franceses, alemanes, ingleses, entre otros, llegaron con sus inventos, entre los que se encontraba, la bicicleta.

Particularmente en los puertos comerciales de Shanghai y Tianjin, la escena de extranjeros paseando en bicicleta se convirtió en algo común para los lugareños. Fue sólo cuestión de tiempo para que los chinos comenzaran a andar en bicicleta. Al principio, por supuesto, sólo aquellos con dinero suficiente como para comprar semejante artefacto, porque había que importarlo. Ese y otros como los gramófonos, las sillas de ruedas, las cámaras fotográficas y otras cosas que estaban causando furor en Europa y de las que los chinos se enamoraban apenas les echaban la vista encima.

Por si fuera poco, a finales del siglo 19, un trío de ciclistas británicos visitó China, específicamente Shanghai, e hicieron un tour, en bicicleta por supuesto, por toda la ciudad. Eso avivó el furor por este medio de transporte entre gente de todas las edades y condiciones sociales. Pero todavía se mantenía como un artículo de lujo, las bicicletas seguían siendo más caras en China que en sus países de origen (por lo general Estados Unidos, Inglaterra o Alemania), aunque ya no se importaban sólo bicis de carreras, sino también de ciudad.

Esta situación de la bicicleta inaccesible para el pueblo raso continuó hasta bien entrado el siglo 20. Era 1930 y muchos chinos todavía no habían visto una bici en sus vidas, porque si bien el vehículo era tremendamente popular en los puertos y ciudades con asentamientos extranjeros, en el interior del país, nadie conocía la consabida bicicleta. Pero fue precisamente en esa década cuando comenzó la industria china de las bicis, con fábricas en Shanghai y Tianjin, por supuesto (las compañías importadoras pasaron a ser fabricantes), al igual que en la portuaria ciudad de Shenyang. Por fin, las bicicletas se hicieron más baratas y accesibles para más gente.

Pero no fue sino hasta el triunfo de la Revolución Comunista, en 1949, que se impulsó la industria de la bicicleta en serio, el gobierno apoyó la construcción de los vehículos a tal punto, que las pequeñas fábricas se convirtieron en fabricantes a nivel nacional, se les daba preferencia en el uso de materiales que estaban racionados, y el crecimiento de esta industria alcanzó cifras del 57 por ciento anual.

Y por supuesto que la bicicleta fue tomada en cuenta a la hora de la planeación urbana de muchas ciudades.

Gracias a ello, hoy todos los que vivimos en Beijing podemos hacer paseos como el que hace unos días pude disfrutar en compañía de un nutrido grupo de amigos de diversos países. Porque todas las grandes avenidas de la capital china cuentan con carriles para bicicleta. Nosotros pedaleamos por placer, pero la mayoría de la gente usa la bici como verdadero medio de transporte: le adaptan sillitas atrás, para llevar a los niños, le atan bultos en la parrilla, le llenan la canastilla, que da gusto. Y claro, nadie usa casco (yo sí, muero de terror si no me lo pongo).

Es particularmente favorita de los estudiantes. Wudaokou, la zona universitaria de Beijing rebosa de bicicletas a todas horas, y se puede comprar una hermosa, sin cambios de velocidades, con el cuadro bajo para cruzar la pierna por enferente, canasta y rodada 24, por el equivalente a 500 pesos.

El chiste es que la bicicleta es el medio perfecto para recorrer y disfrutar Beijing. Por sus calles, ya sean grandes avenidas o angostos callejones, hay siempre recovecos por descubrir, tienditas en las que curiosear, y de pronto, sin querer, puede uno topar de frente con un río, un puente o una puerta antigua, que le arrancan a uno la sonrisa y le hacen decir bajito “¡gracias!”

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