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American Honey: belleza americana

Por momentos musical, por momentos moderno Bonnie & Clyde, por momentos documental, American Honey es el largo, intenso, colorido, oscuro, violento recorrido por la llamada América profunda.
02/12/2016
09:19
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Firme como un predicador
Libre como la hierba
No podía esperar para irse
Pero no estaba lista para salir
Tan inocente, pura y dulce
miel americana

American Honey.

 

 

En el género de las road movies, lo que importa no es el destino, sino cómo el viaje mismo cambia a los personajes que lo viven. En American Honey, la nueva cinta de la británica Andrea Arnold y primera de su filmografía rodada en Estados Unidos, sucede lo contrario: el camino no cambia a la dulce y guapa Star (Sasha Lane, a quien la directora descubrió en una playa de Panama City durante spring break), sino que este viaje en carretera -desde Kansas City hasta el norte de Dakota- pondrá a prueba una y otra vez su determinación a no dejarse contaminar por el entorno adverso y miserable que la rodea.

 

La película inicia con Star hurgando en la basura por comida acompañada de dos niños (sabemos que no son sus hijos, pero la película nunca explica por qué está ella a cargo) cuando una camioneta llena de adolescentes pasa a lado. Se trata de una caravana de chicos que van de puerta en puerta vendiendo revistas, todos ellos regentados por Krystal (la actriz y modelo Riley Keough, quien además es nieta del mismísimo Elvis Presley) quien les ofrece comida, transporte y una habitación de motel para quedarse en las noches a cambio del 80% de lo que ganen de la vendimia.

 

Fiesta, alcohol, drogas y un paseo por las carreteras de Estados Unidos, la vida no parece ofrecerles mejores oportunidades a estos jóvenes pero, siendo adolescentes, esto es más que suficiente. Star deja a los niños a cargo de la madre de estos y se une a este pintoresco grupo, pero no por las razones obvias: la chica se ha enamorado a primera vista de Jake (Shia Labeouf, en el papel más honesto y mejor ejecutado de su carrera) el segundo al mando de Krystal y quien enseña a los principiantes el arte de endulzar el oído o mentir con historias falsas a aquellos a los que pretendan vender revistas (“hago esto por que mi padre murió en la guerra”, “estoy pagando mis estudios”, “es un concurso de la escuela”).

 

Por momentos musical, por momentos moderno Bonnie & Clyde, por momentos documental, American Honey es el largo, intenso, colorido, oscuro, violento recorrido de un alma pura (Star) en medio de la llamada América profunda, aquella de los barrios más paupérrimos hasta los suburbios de gente blanca y cristiana más racista, los extremos sociales que supuestamente votaron por Trump.

 

Como una auténtica fuerza de la naturaleza, Star cruzará el pantano de la miseria, del machismo, del racismo y de la propia juventud sin rumbo que la rodea, que se conforma con algo de alcohol, drogas y el 20% de sus ganancias. En el terror de una vida sin futuro, Star se mantiene firme (sin un falso sentido de la moral) en su idea de ser una mujer tremendamente honesta, con el mundo y consigo misma. Por eso no le importará seguir en este viaje con tal de estar a lado de Jake (aunque sea el amante de Krystal), ni le interesará recurrir a la mentira para vender las revistas, usará en todo caso el candor honesto de su sonrisa franca apelando siempre a la solidaridad. Congruente consigo misma y con lo que siente, tampoco le importará llegar a cierto límite con tal de demostrar su lealtad a Jake.

 

La directora se apoya fuertemente en un soundtrack (que va de rolas de hip-hop hasta Mazzy Star pasando por Bruce Springsteen), pero no cae en el facilismo de volver esto un video musical. Cuando la música suena es porque hay un medio físico que la reproduce. Empero, es imposible no cantar, y la película entonces -por instantes- se torna en una especie de musical donde las canciones se vuelven un coro que acompaña y refuerza lo que se ve en pantalla. Hace mucho no se veía un uso tan orgánico de un soundtrack.

 

La naturaleza de esta historia nos remite de inmediato al cine de Harmony Korine (Gummo, Spring Breakers) o de Larry Clark (Kids), pero a diferencia de aquellos, Andrea Arnold no hace de esto un show de explotación adolescente ni una lección de moral, no le interesa ser sórdida ni amarillista. Lo suyo es la cámara al hombro, el closeup sostenido, pero no el brochazo gordo y reduccionista del "drama social". Star es la belleza en medio de la podredumbre, y nadie como Andrea Arnold sabe retratar a la flor en medio del pantano con tal fuerza, entusiasmo y honestidad.

 

Una de las mejores películas del año.

 

@elsalonrojo

@Filmsteria

 

Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.
 

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