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Los buenos deseos

Sara Sefchovich

Tengo una amiga que cuando a alguien le diagnostican una enfermedad terrible o incluso terminal siempre dice “No te preocupes, todo va a estar bien, es cosa de pensar positivamente”.

Por lo visto es un modo de reaccionar bastante usual. En los días de fin de año, el vicario general de la diócesis de Cuernavaca dijo: “Vamos a insistir con las autoridades que se tomen acciones concretas y que las instituciones verdaderamente trabajen por la paz”. Un funcionario del partido Morena convocó a las autoridades a procurar justicia y garantizar la paz y la tranquilidad. Un grupo de empresarios pidió que se olviden las rencillas. Varios comentaristas de los medios pidieron que no haya tanta deshumanización y se amortigüe el odio profundo.

¡Qué maravilla que quieran todo esto, que recomienden todo esto! ¡Qué maravilla escuchar esas palabras! ¿Qué haríamos sin ellas?

Supongo que a nadie se nos había ocurrido que sin esas palabras la paz no puede llegar. O, dicho de otro modo, que la paz solamente llega si esos personajes pronuncian esas palabras, como la salud sólo llega si se piensa positivamente, aunque se ignoren los diagnósticos médicos o la realidad nacional de delincuencia y violencia.

Pero, ¡ay!, sólo son palabras vacías, buenos deseos que hacen sentir a quien los emite que está haciendo lo correcto, pero que no sirven para nada.

Y no porque las palabras no sirvan, al contrario, sirven y mucho, pero depende cuáles palabras, en qué contextos y dichas por quién. Soltadas así nada más para decir lo que debería ser, es puro discurso vacío. Y de esos discursos, estamos llenos.

El IMSS paga anuncios carísimos para decirles a las personas que se alimenten correctamente y hagan ejercicio, o las autoridades de Protección Civil para decirles que tengan cuidado con la pirotecnia o la Policía para avisarles que extremen precauciones para que no les roben. No se ponen a pensar ¿cómo puede alimentarse bien alguien que no tiene los recursos, o cómo realmente acabar con la pirotecnia en una sociedad que la desea, o cómo puede cuidarse de que no le roben alguien que vive en este país? Dicho de otro modo: ¿de qué sirven esas recomendaciones?

Yo por lo menos, ya me cansé de que me estén diciendo que urge reconstruir el tejido social, fomentar el diálogo y la convivencia, pensar críticamente. Puro rollo. Ya me cansé de que cualquiera use, aunque no vengan al caso, las palabras equidad, inclusión, respeto a los derechos humanos, cuidar el medio ambiente, transformarnos. No porque eso no sea importante, lo es y mucho, pero no creo que a muchos de los que las dicen les interese que eso realmente suceda. Ni siquiera me creo el discurso de que todos queremos la paz, porque a muchos no les conviene la paz. Como no les conviene que se acabe la corrupción o el huachicoleo o el tráfico de drogas y personas o la delincuencia o que mejore la educación o que se respeten las leyes.

Pero es fácil pretender que sí. Es fácil recetarnos cosas como éstas: “Para vivir juntos y seguir siendo al mismo tiempo diferentes, respetemos un código de buena conducta, las reglas del juego social, para asegurar el respeto de las libertades personales y colectivas, institucionalizar la tolerancia”

Rob Riemen, el más célebre de los moralistas de hoy, dice: “¿Qué es lo que los hombres y mujeres de bien deben hacer para convertirse en los ingenieros de una nueva civilización?” Y da la receta: “Para que nuestra sociedad recupere su integridad emocional e intelectual, se requiere, por sobre todo, de mujeres y hombres libres pero también autónomos. Con una mente independiente y que realmente se ocupen de cultivar el bien común”.

“Las rosadas perspectivas” como dice Luis Fernández Galiano, “la redención posible” como dice Beatriz Sarlo, los hermosos deseos tan difíciles de rebatir, tan impecables desde un punto de vista racional y moral, pero imposibles de llevar a la práctica.


Escritora e investigadora en la UNAM.

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