Cuando cambiar es bueno

Sara Sefchovich

Cuando estaba en campaña, Andrés Manuel López Obrador prometió muchas cosas que una vez electo ya no dice y otras que seguramente cuando esté en funciones ya tampoco dirá ni hará. Porque la vida real requiere ajustar promesas, ideales, enojos.

Más de uno se ha quejado y hasta burlado de esto, pero yo lo aplaudo, porque algunas de esas promesas eran francamente terribles.

Permítanme decirlo así: como ciudadana, me da lo mismo si quiere o no vivir en Los Pinos. Ya Lázaro Cárdenas, cuando llegó a la Presidencia, se salió del castillo de Chapultepec donde acostumbraban vivir los mandatarios y se inventó Los Pinos y no pasó nada. También me da lo mismo si quita o no al Estado Mayor Presidencial como responsable de su seguridad, pues de todos modos tendrá a otros que lo cuiden, eso es inevitable. O si vende el avión del Ejecutivo, si le rebaja sueldos a los funcionarios, si les dice a los gobernadores que sus representantes en los estados siempre no van a tener las funciones que había dicho que tendrían, si le cambia los nombres a las cosas (contribuciones por impuestos, bienestar por desarrollo social. Cuando Tatiana Clouthier iba a ser subsecretaria le pusieron de Participación ciudadana, democracia participativa y organizaciones civiles. Para cuando entró su sucesora ya se llamaba Desarrollo democrático, participación social y asuntos religiosos), porque nada de eso nos afecta.

Pero en cambio, me da mucho gusto que se dejó de pelear con los empresarios, porque ellos tienen en sus manos la economía del país y todos necesitamos de sus productos y servicios, y que de hecho, todo parezca indicar que en la economía habrá continuidad y cuidado de lo que ya se ha conseguido, lo cual es importante para crecer y para la estabilidad social.

Y que haya cambiado con respecto al Ejército. Después de los insultos al secretario de Defensa y de las promesas de mandar a los soldados de regreso a los cuarteles, anunció que Ejército y Marina se quedan para combatir a la delincuencia, pues como él mismo dice, no hay nadie más que pueda hacerlo, nuestras policías son incapaces, indisciplinadas y corruptas. Pero además, y esto es lo más importante, porque eso significa que escuchó a los ciudadanos que lo piden, y que viven situaciones de terror como ésta que me contó por correo electrónico un lector: “Antier un comando armado entró a este municipio y calle por calle fueron asaltando, golpeando y disparando a cuanto ciudadano encontraron, mataron a los policías colgándolos de los semáforos y destruyeron todo a su paso. Por más de 36 horas no sabíamos si podíamos salir de nuestras casas o no, no entraba ni un auto ni podía salir, no hubo gasolina ni abastos, ni tampoco bancos”. Como diría Alejandro Hope, la escena bien puede ser Reynosa, Tampico, Matamoros o Nuevo Laredo en Tamaulipas, pero también podría ser en Michoacán, Nuevo León, Veracruz, Guerrero, Chihuahua, Coahuila, Sinaloa, Edomex, Guanajuato, Puebla. Por eso me parece excelente que haya reconocido que lo poco que se ha hecho para defendernos de los narcos, huachicoleros y otros delincuentes, lo han hecho el Ejército y la Marina y son los únicos que lo pueden seguir haciendo.

Falta ahora que se eche para atrás en otras promesas de campaña, como la de no terminar el Nuevo Aeropuerto o la de no subir los precios de la gasolina, pues las dos nos significarían problemas muy severos a largo plazo. O la de despedir a montones de personas en las instituciones públicas, lo cual no solo dejaría el trabajo sin hacer, sino que lanzaría al desempleo a mucha gente, algo injusto y peligroso. O la de eliminar los tan necesarios seguros de gastos médicos. Y otras más.

Así pues, qué bueno que el presidente electo no cumpla todo lo que prometió. Habla bien de él que las necesidades reales sean más importantes que cumplir promesas que se hicieron al calor de la búsqueda de votos.

 

Escritora e investigadora en la UNAM. [email protected]
www.sarasefchovich.com

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