18 | MAR | 2019
El día que Rosa Montiel Islas llegó a la Ciudad de México para, con tan sólo 12 años, trabajar y así ayudar a su familia, su padre, el señor Franscisco Montiel Burgos, la llevó de visita a la Basílica de Guadalupe. (CORTESÍA LILIANA LUNA)

La 'señorita Lili': la muñeca que definió su vida

31/12/2016
02:08
Xochiketzalli Rosas
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Esta 'Barbie' mexicana, de la marca Lili Ledy, fue la inspiración de la señora Rosa Montiel, quien en su infancia tuvo que trabajar y, por eso, cuando se convirtió en madre bautizó a su hija con el nombre de su más preciado juguete

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Rosa Montiel tenía 12 años cuando cuidaba a otros niños. Uno podría creer que ella imaginaba que jugaba a la “casita” y que aquellos infantes eran sus bebés, pero en realidad la pequeña sabía que nada de eso era un juego.

Ella es la mayor de 11 hermanos y, por esa razón, tuvo la responsabilidad de salir de su pueblo, Santa María Amajac, del municipio de Atotonilco El Grande, Hidalgo, para ir a trabajar a la Ciudad de México como empleada doméstica y niñera.

Aunque sus padres estaban de acuerdo, a la casa que llegó a trabajar en un principio no querían contratarla porque la veían muy niña. Le preguntaban si tenía muelas. Pero al ver que podía realizar las labores sin chistar: iniciar el día a las 7:00 de la mañana, lavar ropa, el baño, los trastos y trapear (hincada), la aceptaron.

Rosa recuerda que por su baja estatura, aún siendo una niña, para tender la ropa y actividades que requerían cierta altura cargaba consigo una caja de refrescos para alcanzar. Los vecinos la veían y decían que estaba muy pequeña de edad para trabajar; a ella no le importaba. Ya se había resignado.

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Fue en 1967, Rosa lo sabe muy bien porque las calles de la Ciudad se vestían de anuncios sobre las Olimpiadas. Todo aquello le impresionaba.

“Esa práctica era de lo más común: o te dedicabas a la agricultura o venías a la ciudad a trabajar. La iniciativa de venir a trabajar fue tanto de mi abuelo, como de mi mamá. Él buscó quién pudiera traerla, y ella misma quería ganar dinero, porque desde niña trabajaba en el pueblo haciendo petates”, relata Liliana Luna Montiel, hija de Rosa, en entrevista con EL UNIVERSAL.

En esa primera casa a la que llegó a trabajar ganaba 50 pesos mensuales, de los antiguos. Para ella era suficiente, ya que el vestido y el calzado corrían a cuenta del patrón. En ese hogar duró un año. Conoció a unas niñas, las hijas de la portera, con las que jugaba en sus días de descanso: los domingos. Ahí fue donde empezó a ver el más preciado juguete que nunca tuvo: la muñeca señorita Lili.

Aquella Barbie la dejó muy sorprendida, en un principio por sus colores y, años después, por el sonido que emitía el modelo que “hablaba”, le parecía magia. Señorita Lili, por ser el juguete de moda, era muy cara y por eso a Rosa le fue inalcanzable, puesto que ella no cobraba su sueldo; su padre lo recogía cada mes. Aunque ella no tenía prohibido jugar con los juguetes de los niños que cuidaba, todas las labores que realizaba le impedían que los usara.

Tiempo después, Rosa se sintió sola y regresó a su pueblo, donde por dos meses retomó el trabajo de los petates; sin embargo, no tardó en encontrar una vecina que la recomendó en otro hogar. En este segundo trabajo fue con la familia Schmidl Sigler, de origen alemán. El patrón era un ingeniero en la fábrica de Avon. En este hogar ganaba 80 pesos mensuales y cuidaba a uno de los bebés de dos meses de edad; ahí se inició como niñera.

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Se sentía más fuerte para tener más responsabilidades; fortaleza que le atribuyó a que comía mejor (principalmente salchichas y puré de papa, recuerda) y al trato de la familia, que incluso se convirtieron en sus padrinos de Primera Comunión.

En este trabajo duró 12 años, hasta antes de casarse; mientras, Rosa fue la encargada de conseguirle trabajo a sus hermanos y hermanas en la Ciudad. Su padre era muy rígido: “Los hijos para trabajar”, decía. Y ella se adaptó, por eso, no estudió siendo niña, sino hasta que sus hijos estaban mayores, en la década de los 90. En un programa de alfabetización terminó la primaria y la secundaria con ayuda de sus hijos.

Tras su boda, a finales de los 70, regresó a Hidalgo, donde se dedicó a las labores del hogar y a sus hijos: dos varones y dos niñas. Cuando nació la primera mujer, en 1998, todos le decían que era muy bonita: “Parece muñequita”. Aquella frase le recordó a Rosa el anhelo de la infancia, cuando no podía jugar con la muñeca Lili: “Al fin ya tengo a mi muñequita”, dijo y por eso decidió llamar a su hija con el nombre de la Barbie: Liliana. Su muñequita Lili.

 

La reinvención de la Barbie

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En la década de los 70, una empresa de juguetes mexicana, llamada Lili Ledy, alcanzaría el éxito (aunque existía desde 1950) gracias a las grandes marcas estadounidenses que le brindaron las licencias para producir las figuras de sus principales juguetes: Barbie, DC Comics, Marvel, Thundercats, Star Wars y Transformers.

La muñeca Barbie fue tan exitosa que, cuando se terminó la licencia de tres años, se creó la versión mexicana. Tressy, que era el nombre de la muñeca con licencia, fue cambiado en México por el de señorita Lili. Así, la primera señorita Lili fue hecha por Lili Ledy en 1967. Esta muñeca tenía el mismo cuerpos de las muñecas estadounidenses, sólo la pintura de la cara era diferente.

En la actualidad, estas piezas que cazan los coleccionistas alcanzan precios de miles de pesos, porque son consideradas extrañas por sus acabados rústicos y sus colores en tonos más opacos, ya que las figuras y aditamentos eran idénticas a los originales provenientes de las fábricas de EU.

Al cerrar Lili Ledy, se terminó con la producción de juguetes bajo un sello de manufactura mexicana.

 

Rompiendo la tradición

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Liliana tiene 28 años y el 3 de agosto pasado recibió la Medalla al Mérito Universitario Gabino Barreda, otorgada por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), por obtener el mejor promedio de la generación en la licenciatura de Informática que estudió en la máxima casa de estudios; la carrera la terminó en 2014.

No es la primera vez que Liliana recibe una distinción de este calado, en 1999, en el último año de gobierno del entonces presidente Ernesto Zedillo, obtuvo un reconocimiento de manos del primer mandatario luego de su participación en la Olimpiada del Conocimiento Infantil. Ella iba en la primaria. La felicitación, más una semana de paseo por el entonces Distrito Federal, fue el regalo que ganó por haber sido una de las estudiantes más sobresalientes de cada estado, en su caso representando a Hidalgo.

De aquel evento, su madre atesora las gráficas enmarcadas en la pared de su hogar en Santa María Amajac, donde Liliana vivió hasta los 14 años.

En la capital de su estado no sólo se alejó de la “tradición” que le tocó vivir a su madre y muchos niños, de salir del pueblo para emigrar a Estados Unidos o a la Ciudad de México para trabajar; también descubrió una de sus grandes pasiones: la fotografía, luego de trabajar un tiempo en la Fototeca Nacional del Estado.

“No sé ni cómo salí de ahí. Las máximas aspiraciones de los hombres eran salir a Estados Unidos; para las mujeres era casarse con un hombre que hubiera emigrado. Creo que por mis tías que se quedaron a vivir en la Ciudad no encajé con eso. Mis hermanos y yo estudiamos la secundaria en el municipio; luego en Pachuca y luego en el DF”, relata Liliana.

Poco a poco se fue alejando de aquel destino en el que no conoció a los Reyes Magos ni a Santaclós, pues sus padres nunca le obsequiaron juguetes en esas fechas.

En la actualidad, Liliana trabaja en Fundación Televisa, donde realiza una base de datos de las colecciones fotográficas del archivo de esta empresa; además, colabora en proyectos editoriales y exposiciones.

Con su hermana, desde hace casi tres años, renta un departamento en la Narvarte, sitio al que precisamente llegó su mamá a trabajar cuando era una niña. Su madre, cuando la visita, le dice que nunca imaginó que regresaría a la misma colonia, pero ahora a un espacio que sería de su propiedad, como lo es la casa de sus hijas.

Después de conocer la historia de su nombre, Liliana buscó un poco de la historia de la muñeca. Y aunque su madre nunca tuvo entre sus manos una muñeca Lili Ledy, que en la actualidad resulta casi imposible conseguir, Liliana dice que supo la importancia de ese preciado objeto para su madre y para su propia historia.

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