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Morelia, Mich.—La evaluación no libra los grandes retos que vivimos al frente de un aula, como ver a los niños que viven en la pobreza y que por esas condiciones tienen que abandonar los salones de clases, dice Ángela Alvarado, quien ha dedicado más de 30 años a la labor docente en el estado.

A las afueras del Centro de Convenciones de Morelia, Ángela narra con voz entrecortada que la pobreza ha sido el peor enemigo de la educación en México.

Baja la mirada, mueve la cabeza de un lado a otro y reitera que a lo largo de su carrera ha comprobado que “el hábito no hace al monje”, y que si bien la evaluación magisterial es un proceso que se respeta, hay otros factores que enseñan al maestro a dirigir un grupo.

“Tenemos que ser más sensibles y humanos ante una realidad. No podemos cerrar los ojos ante ese problema”.

Acompañada de su esposo, un hombre mayor con similar número de años al servicio educativo y un bastón con el que apenas se sostiene, la experimentada maestra aseguró que lo que los formó fue la responsabilidad y el amor por la docencia. “¿He llorado?... sí, y muchas veces, porque dígame qué se le puede exigir en aprovechamiento a un niño que lleva días sin comer, sin zapatos, con ropa desgarrada y que sus padres no tienen trabajo. Eso es lo peor de una realidad en las escuelas y que las autoridades no quieren ver”, reprocha Angelita como le llaman sus alumnos.

No soporta recordarlo y hace una pausa. Aprieta la mano de su esposo y respira. Voltea a ver el cuadro de policías federales que están a su lado y reprueba la forma en la que fueron convocados los docentes y el desarrollo de la jornada.

“Esto no beneficia a los niños. Deberían utilizar a estos gendarmes para que les lleven de comer y garanticen la seguridad para que los padres de familia tengan empleo”, considera.

Su rostro es de tristeza y frustración: “Las autoridades deberían de ir a las escuelas también a revisar cómo trabaja cada maestro, si lleva su planeación, si lleva su material, si controla a sus niños y ahí es donde se ve quién es un verdadero maestro, no la custodia de policías”.

No quiere hablar más. Está cansada, pero hace un llamado al magisterio en general y a las autoridades: “El profesor debe pensar en sus alumnos, en los niños, y que el gobierno de más capacitación a los maestros para que puedan enfrentar, sin que se convierta en un calvario, esta evaluación”, remata.

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