Crónica. Se adelanta Santa... y llega al Senado

Reciben desde baratijas hasta corbatas de diseñador; nadie recuerda que los presentes deben reportarse
De pronto, las redondas mesas de trabajo se llenaron de regalos para los senadores. (JUAN ARVIZU)
09/12/2016
02:21
Juan Arvizu y Alberto Morales
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Santaclós ha llegado al Senado y, aunque su trineo no pudo bajar en el helipuerto (no sirve), en camionetas de reparto, carros, motocicletas, bicicletas y a pie llegan los obsequios para los senadores, y los que ellos mismos se dan.

Estos son los días en los que “los diablitos andan sueltos”; no los demonios de la política, sino esos equipos de traslado de carga, que recorren pasillos, suben por escaleras y elevadores con sus cargamentos.

Llevan tarjetas en las que todos se confiesan adeptos de la felicidad. El obsequio que ha sido la novedad son las gelatinas, que regala la senadora de Martha Palafox (PT), y que ha llamado la atención general, pues en ese postre está incluido el rostro de cada senador, su nombre, los colores de su grupo y el escudo del Senado. Hay que comérselo pronto.

A unos les cuesta poco el obsequio: unos regalan dulces con moñito y dan muestra de que ese gesto es una obligación local; en esa línea están los chocolates, muéganos, en tazas con algún grabado; frituras, botana provista de su mexicanísima salsa Valentina o Búfalo. Otros regalan libros, corbatas, artesanías de sus estados.

Los mezcales y tequilas llevan la delantera sobre coñaques, vinos de mesa, las sidras y rompopes y la rareza, las champañas, los grandes canastos con licores, y entre más costoso sea el regalo se adivina que viene de fuera de esta Villa de los Parabienes en la que la escasez y estrechez de medios materiales no tienen espacio.

El alud de la felicidad y abundancia se les viene encima desde el lunes, y hasta en las sillas y muebles de oficina con ruedas los colaboradores de los senadores llevan los múltiples regalos al sótano 1, donde estacionan las camionetas con blindaje “F”, de fuero de los senadores.

Los espacios de trabajo de los colaboradores de los senadores, a la puerta de las oficinas, hacen las veces de bodeguita, y en escritorios y en el piso se acumulan los presentes, ya sea de un colega legislador, de un secretario de Estado o hasta de un gobernador.

En las mesas redondas de trabajo, donde tantas veces trabajan los senadores para aterrizar dictámenes y acuerdos, la magia de Santaclós ha causado que desborden, literalmente, los regalos, que los acumulen unos sobre otros, en tanto es posible despejar el área.

Hay regalos que ya se sabe que van a llegar, como los buñuelos de Ernesto Cordero Arroyo, del PAN, que son una delicia, recuerdan quienes los han probado. Sin duda, un presente bueno, bonito y barato.

Ascensión Orihuela, priísta de Michoacán, es productor de zarzamora y envía a cada colega una pesada caja del fruto, que es calidad exportación.

Quien ama los quesos comparte de sus tipos y marcas favoritos, y de la región de donde vienen; los norteños ponen el sello con los lácteos de su tierra o de carne seca, los sureños regalan artesanías o bolsas de café gourmet.

Por ahí van los colaboradores David Monreal con el obsequio de fin de año, ya tradicional, que incluye un saco de frijol, del mejor del mundo. Ya han sido repartidos los mezcales del rancho del papá de Ismael Hernández Deras.

Hay casos en que a las puertas de las oficinas de los senadores llegan enviados con el obsequio de frascos de 250 mililitros con alguna conserva y un moñito chiquitito, proporcional al obsequio.

Más baraturas, pero de inferior calidad, por ejemplo, la que envió un funcionario del Senado a sus jefes, los legisladores: una charola de pewter, o algo por el estilo, cubierta con palomitas de maíz.

Cuando los políticos de primera fila regalan algo no convencional obligan a que los intérpretes de los halagados se pongan a trabajar. ¿Qué decir del puño de dulces y una lupa que envió a cada uno la senadora con licencia y gobernadora de Sonora Claudia Pavlo-
vich? Queda como enigma.

Lo que sí aterriza es la flotilla de aviones a escala que Aeroméxico ha enviado a contados senadores. Las piezas valen lo suyo, y una de las aeronaves encuentra su hangar en la recepción del coordinador de los priístas, Emilio Gamboa Patrón.

Lo que llega en celofán se transparenta y se ve en los elevadores: latas y frascos de ultramarinos, dulces diversos, chocolatines y hasta piezas de reproducción de obras de arte prehispánicas que nadie aprecia, pero que comparten relumbrón con los mármoles blancos y negros del Senado.

Lo que no se ve, que llega cerrado en bolsas con ilustraciones alusivas a la temporada y que muestran los moños más finos, corresponden a corbatas, pañoletas, accesorios de marcas de prestigio, dígase Salvatore Ferragamo, Louis Vuitton, que los colaboradores seleccionan entre lo mejor.

Nadie recuerda la obligación de informar sobre los presentes que se reciben y el control que algunos pueden llevar de manera puntillosa sólo es útil para que el jefe envíe de regreso esa tarjetita que dictan los buenos modales con el agradecimiento por el regalo recibido.

Pero las descargas de regalos sobre las oficinas de los senadores de la República no acaban todavía. La siguiente semana y hasta el jueves podrá constatarse que “los diablitos andan sueltos”.

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