Donald Trump probó ayer por primera vez el sabor de la derrota legislativa, un duro revés para su joven administración que deja tocada su Casa Blanca. El batacazo a su plan de reforma de salud, que incluía la tan deseada derogación de la Ley de Salud Asequible de su predecesor (mejor conocida como Obamacare), fue un fracaso estrepitoso, una humillación que deja en evidencia las carencias no sólo del magnate, sino también del liderazgo republicano en el Congreso.

No sirvió de nada aplazar un día la votación, ni el ultimátum de la Casa Blanca a los legisladores de que o aprobaban la reforma de Trump o se mantenía la Obamacare, ni las ofertas y concesiones que estaban dispuestos a ceder. Cerca de 40 congresistas republicanos se negaron a votar a favor de la iniciativa presidencial.

A pocos minutos de que se hiciera la votación en la Cámara Baja, y a sabiendas de que no tenía los votos necesarios, el presidente de la cámara, Paul Ryan, fue al Despacho Oval a entregar las malas noticias a Trump. Acordaron retirar la ley de inmediato, bajar la cabeza y aceptar la derrota.

El propio Trump fue el encargado de anunciar la rendición. Lo hizo llamando a dos reporteros, uno del Washington Post y otro del New York Times, periódicos a los que ha criticado duramente. Lo hizo cuando todos los congresistas estaban sentados en sus curules dispuestos a votar respecto de lo que el mandatario ha llamado “desastroso” Obamacare.

“Nos hemos quedado muy cerca, a pocos votos”, lamentó Trump desde el Despacho Oval. “Hay mucha gente que no se da cuenta de cómo era de buena esta ley”, criticó.

Las señales no eran buenas desde hace días. Las dificultades para seducir a los ultraconservadores y a los moderados, dos facciones con intereses antagónicos, era una utopía, y más con el estrecho margen de tiempo marcado. Además, el plan de Trump era tremendamente impopular (sólo 17% de los estadounidenses le daba su apoyo), algo que dificultaba aún más convencer a congresistas indecisos.

Fue así como se llegó al día de la muerte de la Trumpcare. La ley no volverá al legislativo en un tiempo y la Obamacare, que justo ayer cumplió siete años de haber sido aprobada, seguirá en vigencia “en el futuro previsible”, reconoció Ryan. (…) Todos, y me incluyo, necesitaremos tiempo para reflexionar cómo hemos llegado a este momento”, indicó el legislador.

Además de la derrota en poder político, Trump incumple su primera gran promesa de campaña. Acabar con Obamacare fue pilar de todas las campañas electorales de los republicanos desde su entrada en vigor hace siete años. Trump y sus acólitos habían prometido derogar y sustituir Obamacare “el primer día” de su gobierno. Según un recuento de la cadena CBS, lo prometió al menos 70 veces en público en los últimos cinco años. A pesar de su fama de “negociador”, no consiguió cumplir.

Y eso que, según dijo el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, Trump “se dejó la piel” por la ley, y habló con 120 congresistas para tratar de convencerlos. Sin éxito.

La respuesta de los demócratas no se hizo esperar. “Hey, republicanos, no se preocupen. Esta herida la cubre Obamacare”, tuiteó el senador Robert Menéndez. En el hemiciclo, algunos congresistas demócratas vociferaron: “¡Voto! ¡Voto! ¡Voto!, hurgando más en la herida.

La líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, no ocultó su satisfacción ante la prensa. “Es un día histórico (…) Una victoria, lo que ha pasado es una victoria del pueblo estadounidense”, aseguró.

Trump, lejos de aminorarse, intentó modificar el discurso tratando de vender la derrota como algo positivo. “Esperaremos a que Obamacare estalle”, “no será bonito”, dijo el presidente, quien se mostró dispuesto a trabajar en una ley “que será mucho mejor” con los demócratas, a quienes culpó de la derrota, aunque más bien fueron los republicanos, particularmente el conservador Freedom Caucus, quienes se negaron a alinearse con el mandatario.

Trump había definido esta lucha en términos de los que estaban con él y los que estaban en su contra. Ayer fue claro: “Hemos aprendido mucho, hemos aprendido mucho sobre lealtad”.

Dispuesto a pasar página rápido de esa mácula en su mandato, el presidente adelantó la que será su próxima guerra: la reforma fiscal.

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