En su más reciente libro, Héctor Aguilar Camín argumenta que México es un país de “historia larga”, es decir, un país en el que hay una serie de constantes que no cambian, que no evolucionan, que han marcado la existencia de la nación desde hace siglos y que nos siguen acompañando en el presente.

Y tiene razón. Se pueden trazar líneas de continuidad histórica desde las civilizaciones indígenas anteriores a la colonia, hasta el día de hoy. Una de esas constantes es la violencia: ha sido altísima desde antes de la llegada de los españoles y lo sigue siendo. Otra constante que no nos abandona es la búsqueda y la esperanza de la gente en un gobernante iluminado, de quien se piensa que va a resolver todos los problemas (obviamente, eso ha acarreado tantos gobiernos autoritarios como desilusiones cívicas).

Una tercera línea de continuidad histórica tiene que ver con el reconocimiento de los héroes derrotados, dice Aguilar Camín: “No sólo preferimos a los héroes violentos. Nos gustan además los derrotados”. Ese tipo de personajes son los que ocupan el lugar más alto en el panteón de la gloria nacional. Lo que no se observa en ese mismo panteón es el reconocimiento de la patria a los empresarios que expandieron nuestra economía, a los profesores que educaron a nuestros jóvenes, a los constructores y civilizadores del país. Para ellos no hay estatuas, no hay calles que lleven su nombre.

Es el país de los cangrejos, que solamente reconoce a quien es derrotado, de preferencia violentamente derrotado. En México es más famoso El Chapo Guzmán que Jaime Torres Bodet. Se recuerda más a la cantante Jenny Rivera que al rector Javier Barros Sierra. Obtiene más apoyo popular un ex jugador de futbol acusado de violencia de género que un científico que pasa su vida aportando soluciones a los grandes problemas de la humanidad.

Eso nos lleva, en palabras de Aguilar, a “dudar de los triunfos de otros, siempre sujetos a sospecha, y a reservar para nuestra admiración la epopeya de los vencidos. Si la derrota es el ámbito de nuestra grandeza, el centro de nuestra pedagogía moral será asumirnos víctimas, caer siempre con la cara al sol”. Es evidente que esa forma de pensar (la del pueblo, no la de Aguilar Camín) no produce grandes avances, no fomenta la imaginación creativa, ni alienta el trabajo en equipo.

Las mentalidades derrotistas, la ingenua fe en los caudillos redentores, la visión desastrosa del nacionalismo añejo, han lastrado la historia, han limitado nuestras posibilidades, han carcomido los sueños de muchísimas generaciones. La revolución que hoy necesita México no es política, ni económica. Es la revolución de las mentalidades. Solamente una nueva forma de pensar, podrá permitir que el país remonte los problemas enormes (pero no nuevos) que enfrenta.

Durante mucho tiempo hemos intentado construir un país democrático: no lo hemos logrado. Hemos querido ser un país prospero: seguimos atorados en las dificultades de una nación de clase media con millones en la pobreza. Hemos luchado por ser un Estado de Derecho, pero la ley es burlada un día sí y al otro también. Los grandes proyectos modernizadores han quedado truncos. Las regresiones han estado a la orden del día: pensemos en el mucho tiempo perdido por el impacto de la crisis económica de López Portillo en los años 80 del siglo pasado. Recordemos también el desperdicio de la ilusión democrática (y del bono petrolero) por la incapacidad del gobierno de Fox para hacer que México diera un salto hacia el futuro.

¿Estamos condenados, entonces, a la mediocridad perpetua? Aguilar Camín en su libro no es demasiado optimista, pero enfatiza que la receta del desarrollo es conocida: más democracia, más crecimiento económico, empleos mejor pagados, Estado de Derecho para autoridades y particulares, instituciones sólidas, servicio civil de carrera, apertura hacia los mercados internacionales, disciplina fiscal, control del dinero público, independencia judicial.

El libro que estoy comentando se llama Nocturno de la democracia mexicana (Editorial Debate). Cierra con textos sobre la pasada campaña electoral y el triunfo de AMLO. ¿Significa esa victoria de la izquierda mexicana un rompimiento con la historia? Aguilar Camín piensa que no: se trata más bien de una regresión. Más de lo mismo, pero con otro nombre. Me parece un diagnóstico por demás atinado.

Investigador del IIJ-UNAM.
@MiguelCarbonell

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