Uno de los dichos más conocidos del teórico Joseph de Maistre es aquél que pregona que cada nación tiene el gobierno que se merece. La frase lapidaria se podría reducir a la defensa básica e infantil de “tú lo serás multiplicado por mil” toda vez que un gobernante eficaz, sensato y honesto sería -siguiendo esta máxima- reflejo claro de una nación de tales virtudes. En cambio, un gobierno impreciso y turbulento hallaría raíz en una sociedad del mismo talante. A la frase habría que aderezarla con que, cuando se trata de democracia, la mayoría acabaría siendo eso a lo que el gobierno se parece.

Aterricemos esta frase relativamente gastada, querida ciudad, en lo nuestro. A un año de la elección presidencial del 2018, seguimos en un diálogo franco de sordos. Cierto es que el ejecutivo nacional persiste en el discurso que polariza y divide a México en dos: los de antes y los de ahora, los pecadores y los justos, los neoliberales y los transformadores. Más allá de que discutamos lo absurdísimo de tan arbitraria generalización y agrupamiento, vendría siendo hora de que nosotros mismos abandonásemos tan insoportable dialéctica y pensáramos en lo que sigue. Claro que ese “nosotros” tendría que precisarse, para abandonar el terreno de la generalización y lo ambiguo. Tendrá que llegar el momento en que académicos, funcionarios, empresarios, trabajadores, organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación, opinadores y analistas, estudiantes y parientes dejemos de criticar la polarización sin hacer algo por despedazarla.

Comienza la carrera electoral en Estados Unidos para perfilar un candidato demócrata que le pudiera arrebatar al presidente Trump un segundo término. Dentro del análisis de discursos y estrategias de campaña, hay una idea que podría resonar hasta nuestras latitudes: en tanto los demócratas se empeñen en denostar ferozmente la figura del presidente Trump, lo único que conseguirán es avivar el entusiasmo de quienes ya forman parte de sus simpatizantes, de los votos que ya tenían asegurados. Pero ese discurso polarizado y antagónico se estampa en seco en los oídos de quienes llevaron al presidente actual a la victoria. En tanto el partido demócrata no encuentre el discurso que no sólo convenza a quienes ya están convencidos, sino que comience a sembrar la semilla de la duda en quienes no comulgan con sus ideas, los esfuerzos en campaña tendrán un efecto reducido.

Acaso podamos aprender algo de quienes estudian así la carrera electoral estadounidense. Mientras tildemos de chairos y zombis a quienes defienden ciertas acciones del timón de la 4T o etiquetemos de neoliberales, fifís y traidores a quienes critican el desempeño gubernamental hasta ahora, estaremos relegados a tener un gobierno tendiente a la polarización, a sabernos tan divididos como para pensar en ese punto medio donde converjan las virtudes de esas dos manadas ficticias.

Reconozco en ambos bandos -porque en realidad no son tan diferentes- gente brillante con ideas tanto valientes como ingeniosas para resolver a punta de políticas públicas los problemas que asfixian a este México. Podrá rayar en el romanticismo pensar en el desvanecimiento de esas fronteras auto impuestas y la unidad como un país que se sabe listo para exigir el gobierno no sólo a la altura de los desafíos que tiene delante, sino a la altura de una sociedad que pasa de las discusiones estériles y estereotipadas. Una a la que le tiene sin cuidado el sistema de partidos que ya no representan casi a nadie.

A diferencia de Estados Unidos, México todavía tiene en un horizonte lejano la próxima elección presidencial, pero habría que comenzar a pensarnos como una sociedad menos dividida, más inteligente y preparada para inventarnos el gobierno que nos merecemos.

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