Balance de la 4T en transición

Hernán Gómez Bruera

Un presidente que quiere avanzar 12 años en seis ha convertido estos meses en la transición más vertiginosa de nuestra historia. Ha sido una fase de ensayo y error que le han permitido a López Obrador mantener a su base social movilizada, consolidarse en el centro gravitacional de la política en México y neutralizar a sus opositores. El balance de este periodo necesariamente presenta claroscuros. Aquí un apretado diagnóstico de aciertos y errores:

1. Lo que estuvo muy bien: El énfasis en una política de austeridad y reducción de sueldos de altos funcionarios, la redistribución masiva de recursos hacia programas sociales universales; el intento de marcar una nueva forma de hacer política sustentada en la participación cívica y la movilización social (a pesar de las mal organizadas consultas); el anuncio de reducir la publicidad oficial en un 50% así como de establecer criterios objetivos y transparentes para distribuirla; la ampliación del derecho a la salud de las personas LGBT; la iniciativa para despenalizar la mariguana; la presentación anticipada del gabinete y gabinete ampliado.

2. Lo estratégicamente necesario: la relación cordial con Donald Trump, haberse sumado y cooperado con el proceso de negociación del nuevo tratado comercial con EU y Canadá; la creación de un consejo asesor de empresarios que representa a algunos representantes de la “mafia del poder” y permite mejorar la interlocución con una parte del empresariado; la formación de coordinaciones territoriales y delegaciones estatales que permitiría al Estado mexicano recuperar presencia en el territorio y bajar políticas con mayor eficiencia.

Probablemente la cancelación de Texcoco también resultó estratégica en la medida que marcó simbólicamente la autoridad estatal sobre los poderes fácticos y liberó recursos de una iniciativa que podía llevarse hasta el 40% del gasto en infraestructura.

3. Las cosas que están bien, pero se hicieron mal: La forma de organizar las dos consultas, en tanto podría desprestigiar la propia democracia participativa que AMLO busca impulsar; la propuesta de regular las comisiones bancarias, presentada por Monreal en un momento inoportuno; la reducción de personal de confianza y de oficinas públicas hecha con guillotina en lugar de efectuarse con bisturí (una reingeniería institucional apropiada); la organización de los foros de pacificación sin una metodología adecuada que politizó innecesariamente a una comunidad muy sensible.

4. Las cosas que están a todas luces mal: La boda de César Yáñez, por el simbolismo que representa un despliegue público de ostentación por parte de uno de sus más cercanos colaboradores; la política de seguridad de Alfonso Durazo, rodeado como está de figuras que representan el pasado; la pésima forma en que se integró el fideicomiso para ayudar a las víctimas de los sismos y la respuesta que tuvieron frente al escándalo el presidente electo y la militancia de Morena.

5. Lo que no gusta, pero seguramente cualquier otro gobierno haría: Pienso principalmente en la estrategia de seguridad que mantiene al ejército en las calles y legaliza su actuación. En defensa del gobierno electo hay que decir que, en la circunstancia actual, el PRI o el PAN hubieran optado por una estrategia similar, sino es que peor.

6. Lo que está fuera de toda racionalidad: La mal llamada “descentralización” de las secretarías de Estado (más bien una relocalización) que, de concretarse, hará perder tiempo valioso en organizar mudanzas en vez de concentrarse en arrancar programas y políticas. Pareciera una ocurrencia también organizar una consulta para perdonar a los ex presidentes y cancelar las inspecciones del SAT.

7. Los errores de comunicación: Los anuncios cruzados entre distintos integrantes del gabinete y la forma en que se anunció la primera consulta. El reciente anuncio de “perdón a los corruptos” también podría ser un error de comunicación. Ciertamente, perseguirlos activamente pondría al primer gobierno de izquierda en pie de guerra y lo llevaría a consumir todas sus energías en pleitos interminables. Sin embargo, el planteamiento debió quedarse en lo que AMLO dijo durante la campaña: no voy a perseguir con motivaciones políticas, pero dejaré que la justicia haga su trabajo. No lo hizo en su más reciente declaración, con lo que pareciera ofrecer un pacto de impunidad, donde además olvida que nadie puede indultar a quien no ha sido sentenciado.

En suma, se celebran algunas cosas, preocupan otras.

Lo que preocupa y debe cambiar: Un estilo de gobernar que consiste en abrir demasiados frentes de conflicto sin elegir adecuadamente las batallas; una tendencia a formular anuncios de forma apresurada sin que sea realmente necesario; una falta de coordinación entre los futuros funcionarios que a veces compiten entre sí en lugar de cooperar. Preocupa también que no se perfile claramente un jefe de gabinete o una Secretaría de Gobernación capaces de poner orden y ejercer interlocución con los actores políticos. Pareciera que si “el licenciado” no dispone no se mueve nada.

Lo que se celebra: La determinación para recuperar el valor de la política; la narrativa de separar el poder económico del poder político, posicionada en los hechos a partir de la cancelación de Texcoco; la apuesta a reconstruir al Estado luego de años de abandono; un discurso que politiza las desigualdades y las convierte en un tema del debate público. No menos importante, la forma en que ha logrado neutralizar a sus adversarios y evidenciarlos tal cual son: parte del pasado, defensores del status quo, democráticos en apariencia, pero autoritarios en la sustancia.

Frente a esta larga lista, cabría preguntarse ¿qué han hecho los opositores además de dormir plácidamente todas las noches?

Investigador del Instituto Mora
@HernanGomezB
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