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1968: el enemigo en casa

03/10/2018
04:14
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Han pasado 50 años de la noche triste de Tlatelolco y la consigna resultó cierta: el 2 de octubre no se olvida. Pero, como es natural, cada quien se ha ido construyendo sus recuerdos para acomodar alguna particular versión de la realidad, con el resultado de que se habla mucho más de lo que se dice en torno a uno de los capítulos más importantes de la transición mexicana hacia la democracia.

La matanza en la Plaza de las Tres Culturas es el punto de referencia central para muchos, pero no fue un hecho aislado ni un accidente provocado por las ansias de poder de algunos integrantes del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, como la leyenda cuenta. Fue la consecuencia natural e inevitable de una política de cerrazón, mano dura y represión del entonces presidente, que nunca entendió ni el fondo ni las formas del desafío que le planteaban los jóvenes estudiantes mexicanos.

El México de finales de los 50 y principios de los 60 era el de la aparición y crecimiento de las clases medias urbanas. El milagro económico mexicano después de la Segunda Guerra Mundial dio crecimiento económico sostenido, baja inflación y estabilidad cambiaria, permitiendo a los sucesivos gobiernos la creación de aquello que Octavio Paz famosamente bautizó como el ogro filantrópico, que no admitía mayores disensos pero que mantenía una fachada democrática y progresista, que otorgaba protecciones a cambio de la obediencia y el voto de sus ciudadanos. Con eso y la no reelección, que permitía un cierto grado de rotación y movilidad política y social, fue que el Partido de la Revolución se mantuvo en control absoluto durante casi seis décadas, hasta 1988.

Es en ese entorno de estabilidad y relativa prosperidad que se gestan primero movimientos de protesta, ya fueran sindicales (ferrocarrileros, maestros, médicos), campesinos (incluyendo brotes de guerrilla con solida base social en Guerrero, Morelos y Oaxaca) y eventualmente el estudiantil del 68. Los encargados de responder a estos primeros reclamos de apertura y libertades fueron Adolfo López Mateos primero, Gustavo Díaz Ordaz después, y posteriormente y en distinto grado Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo.

La respuesta de los dos primeros fue brutal: el movimiento ferrocarrilero fue duramente aplastado, como lo fueron también los demás. Sobre la mano dura de López Mateos y Díaz Ordaz no queda duda. Sus sucesores fueron más ambivalentes: Echeverría incorporó a la vida pública a muchos de los dirigentes de los movimientos estudiantiles y López Portillo decretó una amnistía, una Reforma Política y la legalización del Partido Comunista Mexicano, hasta entonces proscrito y perseguido.

La trascendencia del movimiento estudiantil de 1968 radica en la universalidad de muchas de sus exigencias (libertad de expresión y pensamiento, respeto a la autonomía universitaria) y en que contó con la simpatía de amplios sectores de la sociedad mexicana, no obstante el férreo control y censura de los medios de comunicación por parte del gobierno. Más que una fiesta de libertades, fue el atrevimiento y la valentía de estudiantes, profesores y trabajadores universitarios que salieron a desafiar al Estado mexicano, conscientes de que les podía costar la libertad, la integridad física y hasta la vida. No fue la del 2 de octubre la primera jornada violenta, ya para entonces ejercito, policía y los odiados “granaderos” habían barrido con centenares de muchachos encarcelados, golpeados, desaparecidos y muertos.

Desde el mismo sistema surgieron voces condenando la violencia y la represión. Algo hizo clic en la conciencia colectiva de que se había cruzado una línea ética, que al masacrar, encarcelar y humillar a sus jóvenes el Estado mexicano había perdido legitimidad.

Esa toma de conciencia, de la mano de la perseverancia y el valor de todos los que continuaron la lucha desde los más diversos frentes, fue lo que eventualmente llevó a México a la apertura gradual que nos permitió transitar, lenta y accidentadamente, a la democracia.

La negra noche del 2 de octubre no fue en vano.
 

Analista político y comunicador

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica.
 

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