En la tierra de las alpacas

Moray. La zona arqueológica se distingue por sus terrazas circulares. (Foto: iStockPhoto)
Destinos 22/11/2015 00:05 Diana Briseño Actualizada 10:23

Un viaje al Valle Sagrado de Perú. Terrazas escalonadas desafían los abismos de las montañas andinas y un mercado tradicional estalla en colores

El tren Vistadome hace un recorrido hasta el pueblo de Aguas Calientes, donde inicia el ascenso a Machu Picchu. (Foto: Especial)

El tren Vistadome hace un recorrido hasta el pueblo de Aguas Calientes, donde inicia el ascenso a Machu Picchu. (Foto: Especial)

Las salinas de Maras son alrededor de 3 mil pozos distribuidos en terrazas. (Foto: Fabio Lammana)

Las salinas de Maras son alrededor de 3 mil pozos distribuidos en terrazas. (Foto: Fabio Lammana)

Tambo del Inka es el único hotel que tiene estación privada de tren. (Foto: Cortesía Tambo del Inka)

Tambo del Inka es el único hotel que tiene estación privada de tren. (Foto: Cortesía Tambo del Inka)

Pisac es conocido por su mercadito artesanal; el domingo es el mejor día para visitarlo y se conservan los bordados y tejidos de alpaca y vicuña. (Fotos: iStockPhoto)

Pisac es conocido por su mercadito artesanal; el domingo es el mejor día para visitarlo y se conservan los bordados y tejidos de alpaca y vicuña. (Fotos: iStockPhoto)

URUBAMBA, Perú.— Las leyendas quechuas cuentan que el Valle Sagrado es la proyección del cielo, sus montañas representan las constelaciones y su río sagrado, el Urubamba, es el equivalente a la Vía Láctea. Aquí nació su imperio y los incas, sus emperadores, mandaron edificar majestuosas ciudades como Machu Picchu.

Inicié mi camino en Cusco. No sé si fue solo sugestión, pero a los 3 mil 300 metros de altura, comencé con los achaques del soroche. Mis amigos me lo habían advertido: “ Uy, seguramente te va a dar mal de altura”.

En la ciudad andina es común que los viajeros padezcan náuseas, dolor de cabeza y cambios en la presión. Los más delicados sangran de la nariz. No eran las condiciones en las que quería permanecer, así que me enteré de la existencia de las sorojchi pills y “santo remedio”. Las cápsulas funcionaron casi a la perfección: solo me quedó un poco de pesadez en el cuerpo.

Mi destino era Urubamba, pueblo que se ha ganado la atención del mundo por su ubicación en el corazón del Valle Sagrado. Es ideal como punto de partida para conocer los sitios más atractivos de la región, como Pisac y Moray.

No soy la mayor entusiasta de los viajes por carretera, pero la emoción me distrajo de las curvas del camino, tal parecía que viajaba sobre una enorme serpiente de asfalto.

Valió la pena. Durante el trayecto se alzaban impresionantes montañas, una tras otra. Parecían no tener fin. Eran las cordilleras central y oriental de los Andes.

En las laderas, pude observar terrazas escalonadas que descendían como escaleras para gigantes. Algunas estaban en buen estado, perfectamente delineadas; otras, en ruinas. Estas construcciones antiguas forman parte del patrimonio histórico de Perú.

Urubamba es un pueblo conocido como “la perla de Vilcanota”, por sus bellos paisajes. Junto con Pisac, Yucay y Ollantaytambo, conforma el territorio sagrado quechua. Es una zona rica en tradiciones vivas y patrimonio cultural ya que se calcula que alberga más de 300 sitios arqueológicos. El poblado tiene algunas de las tierras más fértiles de Perú y sus productos, como el maíz, son los de mayor demanda en el país andino.

El mercado tradicional
Pisac fue una explosión de colores en mis ojos. Recorrí fascinada las calles empedradas de este pueblo andino, abrazado por el Valle Sagrado, hasta llegar al mercado. Era domingo, el día en que llegan los campesinos de los alrededores a ofrecer sus productos: cientos de especies de papas, maíces que van del blanco al morado y la quinua, muy de moda por su alto contenido proteico. El grano más costoso, por calidad y porque es el “más bonito”, lo produce Urubamba. Los ancianos aún comercian por medio del trueque, pero es una tradición que está desapareciendo. Lo hacen a escondidas porque les apena no tener dinero.

En algunos locales encontré los chullos originales, esos gorros con orejeras tejidos a mano, de lana o alpaca, que no tienen nada que ver con los que he visto en Coyoacán o en la Ciudadela de la ciudad de México. También vendían monederos, muñecas, blusas. Todo en colores vivos de esos que alegran el ánimo.

La plaza central estaba llena de puestos ambulantes. En el suelo, las mujeres colocaban sobre sus mantas los textiles elaborados por ellas mismas. Fue imposible resistirme a un poncho de alpaca. Suavecito. Lo que pagué por él fue el equivalente a 150 pesos.

En mi camino encontré un localito que ofrecía empanadas de queso recién salidas de un horno rústico, calentado con madera. Llena de dicha pude devorar un par. Por suerte, disfruté la gloria antes de ver salir de otro horno el platillo típico de la región andina: el cuy. Ese tierno roedor peludo y rechoncho termina su corta vida en una bandeja, con sus pequeños dientes a la vista y los bigotes rostizados. Justo al lado, estaban los criaderos.

Pisac está debajo de una montaña, en cuya cima se ubica la zona arqueológica del mismo nombre. Vista desde arriba tiene la forma de una perdiz, un ave muy común en esta zona. Ahí se resguarda el sistema de andamiajes mejor conservado de todo el valle. Estas terrazas eran usadas por los quechuas para sembrar en las alturas, donde se sentían seguros ante el ataque de otros pueblos.

A media hora de Pisac, se localiza otro sitio arqueológico, fotografiado por viajeros de todo el mundo. Moray es famoso por sus terrazas o andamiajes circulares. Los comparan con enormes huellas digitales que tienen una profundidad de hasta 100 metros.

Hay una teoría que explica su función: un laboratorio donde los indígenas probaban la clase de cultivos que podrían cosechar. Cada nivel recreaba un clima y altitud diferente. Se trata de una obra de ingeniería avanzada para su época, si tomamos en cuenta que las construcciones se encuentran a 3 mil 500 metros sobre el nivel del mar.

En Moray hay 12 andenerías, gran parte bien conservadas. Para otros arqueólogos se trata de un observatorio astronómico, donde también se estudiaban los cambios en el clima.

El recorrido puede continuar hacia las salinas de Maras, a unos 20 minutos. El paisaje se pinta de blanco y de tonalidades cremosas. Son alrededor de 3 mil pozos (parecen pequeñas albercas de forma cuadrangular), distribuidos en terrazas. De esa manera los indígenas lograron canalizar el contenido de un ojo de agua. El líquido se almacena y se evapora con el calor del sol para obtener sal. La instalación sigue funcionando y el acceso está permitido a los curiosos.

En Urubamba, la arquitectura moderna del hotel Tambo del Inka destaca entre las sencillas casitas que se distribuyen por el pueblo, ubicado en el departamento de Cusco.

Su personal con orgullo me platicó que han recibido personalidades de la realeza inglesa y sueca y una que otra estrella de Hollywood.

En sus cálidos interiores, la decoración incluye artesanías locales: tapetes bordados y muebles de madera tallada. Los enormes ventanales me dejaban ver el caudal del río Urubamba que corría con fuerza.

Mi habitación tenía salida a un jardín con vista a las montañas y a un pico nevado. Se respiraba el aire puro y había un ambiente de tranquilidad entre el silencio. Después de dormir un par de horas, llegué al Kiri Bar, donde la bartender me dio a probar el pisco sour, un coctel cuyo origen es reclamado por Perú y Chile. Se elabora con pisco (un aguardiente de uvas) y jugo de limón.

En Tambo Inka –que pertenece al grupo de hoteles de gran lujo, Luxury Collection- se organizan catas de cocteles macerados: mezclas de frutos o hierbas con pisco. Los hay de manzanilla, maíz morado y muña.

A la hora de la cena pedí alpaca con salsa de chocolate. Muchos me vieron con cara de horror. Pero yo no me podía ir de Perú sin probarla. Era suave y jugosa, en contraste con su sabor fuerte, parecido al cordero. Esto se equilibraba con la salsa, espesita y dulce. Mi cara de satisfacción animó a mis compañeros de mesa para pedirme una probadita.

Esa noche dormí como un bebé. A través de la ventana vi uno de los cielos más estrellados de toda mi vida.

Tenía una gran curiosidad por probar el té de coca. Se sintió como algo prohibido. Por un rato me quedé a la espera de alguna reacción extraña. En Perú es normal consumirlo. En la región andina hay puestos y tiendas que venden las hojas en bolsitas. Lo tomaban los quechuas por sus efectos parecidos a los del café: es energizante y, se dice, tiene propiedades analgésicas. En el hotel me dieron a probar también el té de muña. Ambos, me explicaron, ayudan a calmar el mal de altura.

El fin de mi historia en Perú fue Machu Picchu. Un recorrido en el tren Vistadome, de la empresa Perurail me llevó al pueblo de Aguas Calientes, donde inicié el ascenso a la montaña.

A pesar de la desmañada, el paisaje enmarcado por los Andes me mantuvo despierta todo el camino. El río Urubamba acompañó las vías por todo el trayecto. De vez en cuando se ven osos de anteojos a la caza de un pez, pero yo no tuve suerte.

El tren hizo una parada en Ollantaytambo, a casi ocho kilómetros de Urubamba. Ollantaytambo, me contaron, es uno de los pueblos más bonitos del Valle Sagrado. Mi estancia de 10 minutos en la estación, solo me alcanzó para ver las tres cápsulas plateadas del Skylodge Adventure, un hotel fuera de lo común, situado a 400 metros de altura, al que se accede escalando. Ahí mismo hay una vía ferrata y un circuito de siete tirolesas (naturavive.com).

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