De “bromas” a insultos

Estudiosos analizan el fenómeno en que individuos o grupos utilizan expresiones “no adecuadas” para agredir a los demás

Ilustración: ROSARIO LUCAS
Cultura 26/12/2016 04:34 Dalia Cristerna / Clínica de periodismo Actualizada 05:22
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Clínica de Periodismo

Durante los últimos meses se han viralizado en Internet y en medios de comunicación videos en los que se observa desde transeúntes hasta funcionarios utilizando expresiones consideradas como “no adecuadas”. El fenómeno no es nuevo, sin embargo especialistas advierten que ha ido en aumento la presencia de discursos de odio, insultos y agresiones verbales en contextos públicos. ¿Qué es lo que ha pasado en nuestro país para que cada día la violencia verbal sea más evidente y comentada? Tres estudiosos de la relación de la lengua con la sociedad hablaron con EL UNIVERSAL para exponer sus ideas en esta situación: Luis Fernando Lara, lingüista e investigador de El Colegio de México; Claudio Lomnitz, escritor, antropólogo y profesor de la Universidad de Columbia, y Felipe Garrido, director adjunto de la Academia Mexicana de la Lengua.

Más de una noticia aparentemente divertida o graciosa ha atrapado la atención de miles de personas. Por ejemplo: “El funcionario tal llamó gorda a una señora en la calle”, “Lady tal insultó a todo un cuerpo de policías”, “Lord tal le gritó a una mujer en la vía pública”. Mañana tras mañana las agresiones verbales parecen estar a la orden del día y, en algunos casos, se han tomado medidas.

El 29 de marzo de este año, la Federación Mexicana de Futbol (FMF) lanzó la campaña “Abrazos por el futbol”, en la que aparecían los 22 seleccionados mexicanos exponiendo su desacuerdo hacia la discriminación, en respuesta al controversial grito de “¡Ehhhhh, puto!”, que poco a poco se fue haciendo más recurrente en los encuentros a partir del Mundial de 2014. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la FMF por evadir otra multa por parte de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) —la cual cobró 395 mil pesos a los tricolores como castigo por el alarido—, ese mismo día, durante el partido contra Canadá, todo el Estadio Azteca se llenó de una voz al unísono que recurrió al intimidante grito en contra del arquero oponente.

En el encuentro que la NFL realizó en la Ciudad de México, los aficionados no perdieron la oportunidad de mostrar una vez más que la emoción y la colectividad del mexicano rompen más que barreras de entretenimiento: se alejan de la cotidianidad lingüística y utilizan la lengua para agredir a otros.

Los deportes no son el único terreno donde esto sucede, en junio pasado, el gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez, alias El Bronco, comentó que “a las gordas no las quiere nadie”, días después aclaró que se refería a las adolescentes embarazadas; lo característico de este caso es que Rodríguez es conocido por utilizar habla cotidiana en su gubernatura como una estrategia de cercanía con los neoloneses.

El asunto central es el siguiente: ¿es correcto utilizar expresiones que prototípicamente son familiares en situaciones públicas? Al respecto, Luis Fernando Lara comenta: “En todas las lenguas del mundo hay palabras ofensivas que no son gratuitas sino que las sociedades las han creado precisamente como herramienta para insultar. Creo que en muchos casos un insulto dicho en el momento adecuado resuelve muchos problemas, al revés de lo que todo mundo piensa de que deberíamos prohibir todos los insultos, pues no, es una manera de ser de la sociedades, no conozco un solo pueblo en la tierra que no tenga palabras para insultar”.

Del mismo tema, Felipe Garrido dice que no es en las palabras donde se encuentra la carga insultante o agresora, sino en la intención a la enunciación. “Los vocablos en sí mismos no tienen ninguna carga, la carga se la da el hablante y hay muchas palabras que igual pueden servir para insultar a alguien que para manifestarle cariño; de manera que la idea de que si eliminamos ciertas palabras del lenguaje vamos a acabar con la desigualdad es una discusión absurda. Debemos dejarnos de preocupar tanto si se usa o no determinada palabra y ocuparnos más de la intención de los hablantes, no es el uso sino la intención”.

Diversas justificaciones a los tropiezos expresivos mencionan que, por ejemplo, decirle “panzona” a una mujer puede ser un gesto cariñoso si se tiene cierta cercanía y confianza; lo mismo podría suceder con otros términos como “joto” o “puto”, que de ser utilizados íntimamente podrían no resultar insultos; sin embargo, en el ideario colectivo son voces cuya finalidad inmediata es agredir. Grupos en contra de la desigualdad de género y la discriminación se han pronunciado a favor de las sanciones a la Selección Mexicana pues consideran que dentro del contexto de divertimiento también hay una manifestación homofóbica.

“Este problema tiene que ver con los contextos públicos. Antes del Mundial (2014), el grito de ‘puto’ ya se escuchaba en el estadio de los Pumas, pero tenía un efecto simpático, sin afán homofóbico, pero cuando sacas una cosa así y la metes en un foro internacional, lo descontextualizas, no puedes imaginar que todo mundo comparte contigo el uso de palabras que son denigrantes. Por ejemplo, la palabra 'nigger' de un blanco hacia un negro se usa en contexto racial, al interior de los grupos de negros se usa esa palabra sin intención de insultar, pero son sensibles a quien los dice y frente a quien se los dice. La agresión evoluciona en el momento en que empiezas a moverlo en un foro público”, señala Claudio Lomnitz.

Otro ejemplo es lo sucedido con Nicolás Alvarado, quien utilizó dos términos considerados violentos en la cultura mexicana: “naco” y “joto”. Las opiniones están divididas. “Cualquier persona tiene derecho a utilizar las palabras que quiera, y tiene derecho a insultar a quien quiera y como quiera en el ámbito privado; en el ámbito público el asunto cambia radicalmente porque cuando uno elabora un discurso público en lo que tiene que estar pensando es precisamente en sus interlocutores, que no son amigos, sino que son un conjunto de individuos desconocidos a quienes yo cuando hablo les tengo que guardar respeto y esa es la primera regla de lo que llamo una ética del hablar”, dice Lara.

Comenta también que los espacios públicos en los que navegan estos discursos no son sólo eventos, también existe el problema a un nivel informático, en donde las redes sociales y la apertura a la crítica hacia cualquier tipo de contenido permiten la aparición de discursos de odio. “En las redes sociales la lengua se ha empobrecido muchísimo, se envían tantas cosas con tantas faltas de respeto, que no sólo se expone la falta de información, sino que es un gran aviso de que lo que se tiene que mejorar radicalmente es la educación cívica”.

Los especialistas coinciden en que el problema y la solución radican en el campo de la educación de los ciudadanos. “La primera educación que nos falta es la de la casa; es ahí donde comienzan la violencia, el lenguaje insultante, las agresiones que nos hacemos y que a veces pueden tomar dimensiones monstruosas. Resulta curioso que todo inicie en los lugares donde deberían educarnos y protegernos. En instituciones como la escuela o la iglesia también nos enseñan a maltratar, insultar y odiar a quienes no piensan como nosotros”, comenta Garrido.

Lomnitz dice que “también los medios de comunicación deben servir para informar sobre esta problemática. Es necesario cambiar de hábitos y reflexionar sobre nuestro entorno como parte de una expresión pública; es necesario hablar de esto en la prensa y discutirlo, no para perseguir sino para considerar soluciones pertinentes”.

Estamos frente a una situación colectiva de falta de ética verbal y educación cívica, por lo que el aprendizaje no debe ser sólo en escuelas, sino que debe comprenderse desde cualquier espacio. Los hablantes olvidamos que el respeto es también parte de la comunicación; los mensajes contienen una carga emocional, el mal uso de ciertas voces en contextos públicos evidencia las carencias expresivas que tiene un grupo social, pero también exhibe la necesidad de repensar las relaciones humanas y sus manifestaciones a través de la lengua. No se trata de dividir entre lo “bueno” o lo “malo” sino de delimitar circunstancias de pertinencia para emplear ciertos términos.

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