En la cárcel se vive más seguro, o eso pareciera

Carlos Vilalta

La verdad es lo opuesto de la mentira y uno normalmente piensa que la cárcel es un lugar indescriptible. Esto último, es mentira. La cárcel sí es un lugar descriptible. Otra cosa es poder saber, en los hechos, lo horrendo que es vivir en una. Es especial para algunos.

En esta nota, voy a darle un recorrido estadístico (no especulativo porque para eso ya tenemos a muchos comediantes) de cómo se vive al interior de un centro penitenciario en México. Se sea procesado o sentenciado. Aquí usaré el término “cárcel” por brevedad, y además no le hablaré de las condiciones de vida materiales, sino de la “calidad” de la convivencia social. En particular, le comentaré brevemente sobre el nivel de la delincuencia y sus características al interior de las cárceles. Sobre cómo se vive la delincuencia entre sospechosos y entre delincuentes condenados. Como es costumbre, utilizaré información válida para que vea que no me saco los datos de la manga. En este caso, utilizaré la Enpol 2016 y la Envipe 2018, ambas de INEGI. Y como esto no es una novela de misterio, le adelanto la conclusión central de la nota: por difícil que sea de creer, la mayoría de la gente en la cárcel vive más seguro que nosotros en la calle. Pero en apariencia. Lo aparente no es siempre lo real o verdadero.

Lo primero que comento es lo que está más relacionado con la conclusión, y es que los reclusos en cárceles mexicanas no parecen vivir tan asustados como lo estamos los que vivimos aquí afuera. Yo sé que le sonará absurdo, pero le aseguro que según los datos de la Enpol de INEGI, sólo uno de cada 3 reclusos reporta vivir inseguro. Esto es llamativo porque el 50% de los que vivimos en libertad vivimos con inseguridad en nuestras colonias o localidades de residencia. Y este nivel de inseguridad sube al 70% si nos referimos a nuestro municipio.

Ciertamente, siendo que “entre gitanos no nos leemos las manos”, cabe la posibilidad de que un criminal no se sienta tan inseguro viviendo entre comunes. Pero un dato que debatiría lo anterior, es que su tasa de victimización no es muy diferente a la de los que vivimos en libertad. Por ejemplo, sabemos que en 2016, el 28% de los reclusos sufrió un robo y el 6% sufrió una extorsión. Sinceramente esto no está nada mal, considerando que la tasa de victimización por robo fue del 20% y de extorsión fue de casi 8% fuera de la cárcel (en 2017). Ok, sí hay más víctimas de robo al interior de la cárcel, pero no tantas más. Y reclusos extorsionados, inclusive hay menos. Además, una ventaja que ellos tienen es que nosotros sí podemos ser víctimas de secuestro, y cada vez somos más desde 2015 (ver: http://geocrimen.com/secuestros-mala-peor/).

Pero, y aquí empiezan las dos caras de Jano a asomarse, y es que lo que sí parece estar fuera de control en las cárceles es el número de robos que las víctimas tienen que sufrir: 5 robos por año, en promedio. Esto no es poco. Y de extorsiones lo mismo: a 5 por año, en promedio. En otras palabras, y este es un mensaje para los que están aquí afuera sintiéndose más rudos que el promedio, es que si ahí adentro los agarran para ser las víctimas de moda, en “promedio” ya valieron. Porque para los que vivimos afuera y hemos sido víctimas de un robo (ej. yo este año y muy posiblemente usted también), lo único salvable de la situación es que es poco probable que vayamos a ser víctimas de un 2do robo el mismo año, y mucho menos probable ser víctimas de 5 robos.

Pero la mala calidad de la convivencia social en las cárceles no termina aquí. Otra mala es que el 87% de sus ladrones, y el 72% de sus extorsionadores, fueron sus propios compañeros de celda. O sea, que se conocen, y además por nombre. Por lo que para algunos reclusos, eso de dormir tranquilo, es cosa del pasado.

Y le cuento otra. Ésta una ironía con verdadero efecto para burla. En la cárcel, a los sentenciados por robo les roban más. El 47% de los victimarios por un robo en la calle, han pasado a ser víctimas de un robo en la cárcel, en al menos una ocasión (versus el 37% de los sentenciados por otro delito). Y las extorsionadores, misma historia. Al 48% los han extorsionado en al menos una ocasión. No cabe duda que el karma existe y lo hace con un dejo de indisimulada crueldad.

En este preciso sentido, igual que el dios Jano, el Karma también tiene sus dos caras. Y ya voy concluyendo con esto: cierto es que cada quien habla como le va en la feria, pero si hay alguien a quienes les va como en feria, es a los criminales expolicías (en especial a los federales). Para ellos, su prepotencia se convierte en tragedia, y el mal karma, en golpes. Literalmente. Porque no hay un grupo de personas dentro de la cárcel a los que se les insulte, empuje y golpee más, con o sin objetos contundentes, que a ellos. ¿Y sus mayores victimarios quiénes son? Pues ya lo sabemos. Sus mismos compañeros de celda. Tal y como era de esperarse.

Cerrando ideas. Si bien menos reclusos en cárceles mexicanas dicen sentirse inseguros en comparación a los que vivimos aquí afuera, y si bien son victimizados en cifras similares a nosotros, la realidad es que además de la enorme tristeza que debe provocar vivir entre cuatro paredes, por varios años, la calidad de su contexto social es deplorable. Como dijo Smith sobre el Herodes de Tirso de Molina, es que aquél, Herodes, no sabía que era esclavo de la fortuna sin ley. Es lo mismo con los reclusos. Sabiendo que lo que les viene es malo, no pueden prevenirlo, y menos detenerlo. Por eso pareciera que vivir en la cárcel es más seguro. Pero sólo pareciera.

Investigador y Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI-3). Centro de Investigación en Ciencias de Información Geoespacial (CentroGeo). Twitter: @cjvilalta
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