Traicionando a Meade

Alfonso Zárate

“¡Háganme suyo!”, exclamó con humildad el hombre. Y el Señor dispuso que así fuera y en señal de aceptación le mandó a Eurviel, el profeta que venía de La Tierra Prometida a la que, sin embargo, había dejado en condiciones lastimosas: mujeres asesinadas solo por el hecho de ser mujeres, pobreza intocada, corrupción desbordada…

 

“Háganme suyo”, repitió el hombre. Y esta vez el Señor le envió a Rubén, que venía del norte, de la tierra que había hecho suya su hermano Humberto y que, desde entonces, sería conocida como Coahuila de los Moreira.

 

El rito de la iniciación, tan viejo como obsoleto, se cumplió en los primeros días. Si, como decía don Adolfo El Viejo, la política era el arte de comer sapos sin hacer gestos, José tenía que aprender a tragarlos y sonreír. ¿O acaso creería que a partir de su ungimiento todo sería miel sobre hojuelas? ¿Que ahora podría escoger por sí y solo ante sí a sus apóstoles? No, pronto aprendería que a toda dación la acompaña una contraparte. La hermandad no le entregaría la expectativa de poder sin nada a cambio. Tendría que probar que estaba dispuesto a cumplir su encomienda: ser el supremo sacerdote de una congregación que, decrépita y todo, aún conservaba una gran porción del poder terrenal.

 

Lo primero fue cumplir el ritual: “la visita de las siete casas”. Acudir con reverencia a pedir el apoyo de los patriarcas de las tribus originarias, aunque hoy resultaran apenas un remedo de lo que fueron. El templo donde en otro tiempo residían los sacerdotes que representaban a los jornaleros, se había convertido en un mausoleo dedicado a los fundadores, especialmente, al anciano Fidel. Todavía se mantenía allí, para probar su decadencia, la estatua que en los últimos tiempos se había erigido para glorificar en vida a Joaquín, el patriarca de ropaje y manos exquisitas que —como lo revelaron los llamados Papiros del Paraíso—, había acumulado una enorme e ilegítima riqueza.

 

Guardianes del dogma, los responsables de confeccionar las epístolas de José, lo escribían, para que las repitiera como propias, alabanzas al Señor que se iba, al que por sus excesos, el populacho enardecido había estado a punto de expulsarlo del templo.

 

La liturgia exigía respeto al pasado, eso explicaba porqué había arrancado su peregrinaje en una de las comunidades más alejadas y pobres, donde había aceptado —aunque se sentía extraño, incluso grotesco— ser ataviado según los usos de ese pueblo. Y mientras el ungido advertía, quizás convencido: “No permitiré que lleguen talegas de fortunas mal habidas a ensuciar mi cometido”, en una provincia del norte, la más extendida, se llevaba a cabo el proceso contra Alejandro, acusado de usar enormes riquezas mal habidas para comprar la voluntad de la gente, aunque había fracasado en el intento.

 

Lo que llevaba recorrido José en sus primeros días: el arranque triste, deslucido, de su nuevo andar, parecía explicarse, sobre todo, porque encontraba un pueblo frustrado e irritado ante las promesas vanas y los pobres resultados de quienes habían ofrecido que vendrían años de vacas gordas.

 

Pero también porque las congregaciones resucitaban prácticas manidas. Los acarreados no lograban contagiar entusiasmo y el elegido no seducía ni convencía. La perorata de quien había estado acostumbrado a hablar ante los ricos y poderosos, resultaba tan distante para la gente común acostumbrada a las parábolas.

 

José era percibido como ajeno, como el elegido para dar continuidad a un reino que entregaba malas cuentas y frente a eso, permanecía una duda entre los hombres de buena voluntad: ¿sería capaz de apartarse de todo esto que parecía representar? José predicaba en el desierto, porque al parecer, quienes lo rodeaban simulaban amarlo, pero en realidad, servían a otro Señor.

Posdata. Observando los spots, los ritos y los personajes que acompañan a José Antonio Meade, parece que algunos de los miembros de su equipo tienen o una notoria ineptitud o están allí para ensuciar la campaña.

 

¿Será capaz este hombre que ha transitado con discreción por altísimos cargos públicos de someterse a los viejos usos del poder y seguir tragando sapos sin hacer gestos? ¿O encontrará la manera de asumir una identidad propia, de poner distancia, sin romper, con una caterva que termina en la ruina moral pero que no está dispuesta a irse del todo?

 

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.
@alfonsozarate

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