Pedir una traducción mientras caminas, identificar un edificio con solo mirarlo o hacer una pregunta sin sacar el teléfono son algunas de las funciones que prometen las nuevas gafas inteligentes. Pero esa misma tecnología plantea una duda cada vez más presente: ¿qué ocurre con las imágenes, el audio y los datos que capturan mientras las llevamos puestas?
Meta lidera actualmente este mercado con sus gafas equipadas con cámara e inteligencia artificial, mientras Snap prepara el lanzamiento masivo de Specs, un modelo que integrará IA de OpenAI y Gemini.
Fátima Rodríguez, investigadora de seguridad informática de ESET, explica que "una de las particularidades que tiene esta tecnología es que la vamos a tener todo el tiempo en la cara, y tiene acceso a lo mismo que nosotros veamos y a todo lo que pase frente a nuestra vista".

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El principal riesgo aparece cuando el usuario deja de controlar manualmente la captura de información y comienza a interactuar con las gafas mediante comandos de voz o funciones impulsadas por inteligencia artificial. Rodríguez explica que "una vez que esta información pasa a través de la inteligencia artificial o de un comando de voz, ya no podemos asegurar que se quede únicamente interactuando de manera local", ya que los propios términos de Meta admiten la revisión humana de esas grabaciones.
Agrega que una investigación sobre Meta reveló que prácticamente el 100% de los usuarios corría el riesgo de que sus grabaciones quedaran expuestas, desde momentos irrelevantes hasta información bancaria e íntima. La especialista atribuye la dificultad para medir el problema a lo que ESET llama "obscurantismo": "Que es una forma en que las plataformas y los vendedores cubren el manejo de estos datos", explica.
Las preocupaciones no provienen únicamente de especialistas en ciberseguridad. Organizaciones independientes también han documentado prácticas que evidencian los desafíos de privacidad asociados con este tipo de dispositivos.
Este mismo patrón se confirmó en junio pasado, cuando la Electronic Frontier Foundation (EFF) documentó que la aplicación Meta AI, que acompaña las gafas, contenía un código capaz de convertir rostros de desconocidos en firmas biométricas para identificarlos en espacios públicos sin su consentimiento.
Aunque Meta retiró la función 48 horas después de que el hallazgo se hiciera público, la EFF advirtió que el cambio no representa un compromiso permanente, pues la empresa ya había usado reconocimiento facial antes y no ha aclarado si reactivará el sistema.
Snap no está exento de antecedentes similares, ya que la Mozilla Foundation documentó en el artículo Snap Spectacles 4.0 que esta compañía mantuvo internamente una herramienta llamada "SnapLion", que permitía a empleados acceder a información personal de usuarios (teléfono, correo, ubicación) y que fue utilizada de forma indebida para vigilar a personas.
Para personas ajenas al uso del dispositivo, el riesgo es la ausencia de un marco legal claro. "En México, como en algunos lugares del mundo, no existe una regulación como tal que le prohíba a alguien grabar, a menos de que ya esté haciendo un hostigamiento", señala Rodríguez.
El llamado shoulder surfing es otra técnica de robo de información, pero que no depende de malware ni de vulnerabilidades técnicas, sino de la simple observación visual a corta distancia. Consiste en que una persona capture, con la vista o con una cámara, datos sensibles que otra persona expone sin darse cuenta, como un PIN al usar el cajero automático, una contraseña al desbloquear el celular, o el contenido de una pantalla personal en algún lugar público.
Lo que antes requería que el atacante estuviera físicamente cerca y fuera fácilmente identificable, las gafas inteligentes pueden hacerlo de manera mucho más discreta. Gracias a sus cámaras de alta resolución, pueden registrar esa misma información con solo dirigir la mirada hacia la víctima, sin necesidad de sacar un teléfono o llamar la atención.
Para quienes usan estas gafas, la recomendación central es desactivar el reconocimiento por voz en actividades privadas y recurrir al interruptor físico antes que al digital: "Las gafas tienen un switch de hardware, con el cual se deshabilita el que se pueda hacer una grabación", aclara la investigadora.
Rodríguez también aconseja revisar el aviso de privacidad específico del producto, no solo los términos generales de la marca, para saber si los datos alimentan modelos de entrenamiento de IA.
Para el público general, se recomienda aprender a identificar cuáles modelos tienen cámara de alta resolución y observar si el LED de grabación está encendido, aunque, desafortunadamente, este puede ser cubierto deliberadamente. Ante una grabación no consensuada, la recomendación es acercarse directamente a la persona que la hace y pedirle que la detenga, ya que, sin regulación específica, esta sigue siendo la vía más inmediata disponible.
Los casos de Meta y Snap reflejan un patrón común. Ambas compañías ofrecen políticas de privacidad que el usuario puede consultar, pero esas condiciones no siempre se traducen en garantías suficientes sobre el manejo de la información que recopilan los dispositivos.
Mientras la regulación avanza a un ritmo más lento que la innovación tecnológica, la vigilancia de investigadores independientes y la presión pública seguirán siendo los principales contrapesos.
Al mismo tiempo, la discusión ya no gira únicamente en torno a si estas gafas pueden registrar lo que vemos, sino a quién controla esa información una vez que deja nuestros ojos.
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